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Earle Herrera: Valentía que da miedo

 

El terrorismo, además de muertes atroces, busca provocar pavor, desmoralización, pánico: terror, pues. En era de la comunicación, la difusión de sus crímenes persigue esos efectos. Si sus víctimas no exteriorizan tales sentimientos, las grabaciones no sirven. Todo lo contrario. Es el riesgo que corre cuando ejecuta una masacre con transmisión en cadena nacional, en tiempo real.

El magnicidio frustrado del 4 de agosto buscaba no solo la muerte del presidente Maduro, la primera combatiente, el alto mando militar y los cabezas de los poderes públicos, sino aterrorizar a todo el país y desmoralizar a los millones de chavistas. Habían aprendido de la Carmonada, cuando se acuñó la advertencia de que todo 11 tendría su 13. Esta vez se aseguraban de que el 4 de agosto no tuviera su 5.

La imagen de los cadetes rompiendo fila por orden superior para no ser blanco fijo de los terroristas, no les servía, aunque les quedó como consuelo mediante la manipulación de lo que haría cualquier tropa ante un ataque inesperado: protegerse. A los magnicidas y a los medios que tenían la información (confesión de parte), les interesaba la reacción en la tarima presidencial. El valor, la serenidad y el coraje de sus potenciales víctimas los decepcionaron.

El antecedente más cercano lo tenemos en el comandante Chávez. Desde su secuestro en Fuerte Tiuna el 11A hasta su prisión en La Orchila, con reclusión en Turiamo, lo pusieron bajo cámaras para grabar cualquier signo de debilidad. Incluso no dejaron de hacerlo en el helicóptero que lo trasladó a la isla que Pérez Jiménez hizo famosa. Los nerviosos eran sus cancerberos. Chávez les hablaba, los increpaba y hasta los aconsejaba. La palidez barnizaba el rostro de los verdugos.

El 4 de agosto la Guardia de Honor se portó con el mismo honor que lo hizo el 13 de abril, cuando recuperó Miraflores y restituyó en su cargo al presidente Chávez. Igual el alto mando y los titulares de poderes públicos. Digno de destacar fue el aplomo del presidente Maduro y la primera combatiente, Cilia Flores. Su serenidad y valentía bajo el ataque terrorista los enaltece ante su pueblo y nos enorgullece, además de tener aterrados a sus fallidos magnicidas, a los de aquí y a los protegidos allende las fronteras

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