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Earle Herrera. Mis cuentos con Sevillano

 

Mis cuentos tienen mucho que ver con los cantos de Jesús Sevillano. Esta historia literaria y musical comenzó frente a una máquina de escribir portátil, en un cuarto de pensión en Santa Rosalía, en la Caracas que emergía de los increíbles años 60, con su Vietnam heroico, su Sierra Maestra, su Marilyn exangüe, su movimiento hippie, sus Beatles, su Alfredo Di Stefano secuestrado aquí por mi pana Máximo Canales y un joven de Guanipa que se metió en un cuarto de pensión de Candilito a Tablita con la insólita pretensión de ser escritor, como si esas esquinas fueran propicias para tal despropósito.

Alguien me había regalado un grabador del tamaño de un ladrillo para mis prácticas de radio en la Escuela de Periodismo (de la UCV, ojo) y un cassette usado con unas canciones que pensaba borrar grabando cualquier dislate académico o ñángara. Pero al pulsar un botón brotó una  voz que detuvo mi ecocidio musical. El  intérprete le cantaba a una boca que era “como  una flor, linda, fresca, roja y pura”. Me paré en seco. Ocurre que por ese tiempo yo andaba enamorado de una boca así. Dejé rodar el cassette hasta la última canción de  quien luego supe era Jesús Sevillano.

Pedro Duno leyó un texto mío que publiqué en algún pasquín de la renovación universitaria y me aseguró que eso era un cuento, algo que afortunadamente no me creí. Pero en secreto, me puse a   perpetrar “relatos”. Ponía  el cassette de Sevillano y con la maquinita en las rodillas, sentado en la desvencijada cama de la pensión,  llamada hiperbólicamente por la dueña napolitana “residencia estudiantil”, me hundía en las más disparatadas ficciones, jaloneado sin misericordia entre abismadas lecturas de Borges y el drástico realismo socialista. Así  pergeñé mis primeros de cuentos, con la voz de Sevillano sustrayéndome de los  alborotos, juegos de azar y peleas de la pensión, donde convivíamos cuatro estudiantes, dos obreros, tres desempleados, dos magos,  una quiromántica, un guardia nacional, un agente secreto y cinco putas.

Desde entonces, cada vez que escribo ficción, me llega la voz lejana de Jesús. Y cada vez que oigo alguna canción de su voz, me provoca escribir algo. Esta historia por él desconocida, se la dedico a mi amigo el cantor, Jesús Sevillano.

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