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Oscar Henrrique Fuenmayor: Elogio de la poceta

 

Existe un solo lugar en el mundo donde usted puede realizar todas sus fantasías, donde  se puede, en solitario, recrearse con todas las ocurrencias que le vayan aterrizando en su hiperinflacionado cerebro y sin tener que preocuparse porque alguien pueda estarlo viendo, ni siquiera la policía política del Estado, al menos por ahora. Allí, hasta  más de una vez al día en aquellos tiempos que quizá no volverán, millones de venezolanos teníamos diariamente la mayor suma de felicidad posible resolviendo las urgencias culinarias del cuerpo y hasta las  del alma.

Precisamente en ese lugar, santuario para el recogimiento y la meditación, se encuentra la poceta ─silencioso testigo de las aventuras y desventuras de nuestro régimen nutricional en la Venezuela de hoy─ la cual nos acompaña en el soñar con los ojos abiertos o cerrados, o con  la mirada extraviada si fuere el caso,  con la fantasía que nos permitirá alejarnos aunque sea un poco de la especulación desatada, el transporte público y demás calamidades apocalípticas que nadie acierta a resolver.

Allí todos tenemos derecho a evadirnos de la cruel vida que estamos llevando, y experimentar, desde una fantasía erótica en la que somos campeones del kamasutra o, simplemente, que usted es otra persona y  que vive en otro país donde no existe un programa de recuperación, crecimiento y prosperidad económica que le está poniendo flaco y arruinándole lo que todavía le queda de humanidad. Piense en lo que usted quiera, la imaginación es el límite; inspírese con la idea de que en el país pronto surgirá un alternativa democrática distinta al PSUV o la MUD que barrerá con estas dos grandes  franquicias. Dele ahí rienda suelta a su espejismo y sueñe que alimentos y medicinas están a su alcance y que un simple resfriado no representa una marcha sin retorno a la eternidad. Mientras se sienta en la poceta a ver si algo sale –ya que no es mucho lo que entra– permítase dejarse arrullar por su fantasía creadora y divague en alguna experiencia gastronómica en la que están presentes los huevos y la carne. Si está dispuesto a tener poco menos que una alucinación, goce con la idea de que vive en un país con estabilidad de precios y sin corrupción.

Debe ser por estas felicidades de la imaginación que muchas personas pasamos demasiado tiempo en el baño. El baño y su poceta son espacio importante de la vida en familia,  símbolo de los buenos tiempos en que la frecuentábamos porque así lo demandaba la naturaleza y nuestra alimentación.

Pero no todo el mundo ve la poceta con tanta distinción. Mientras que el Pueblo Venezolano la asocia a un trabajo digno para luchar el pan cada vez menos nuestro de cada día, el Presidente Maduro la tiene cogida con las pocetas como si fueran algo malo  y se expresa con cierto desprecio del trabajo que tiene que ver con limpieza. Casi asegura  que lavar pocetas es degradante para quien lo realiza y podría deducirse la poca valoración que le tendrá a quién lava la poceta de su baño, en el que a no dudarlo él mismo también se encierra a fantasear conque su gestión ha sido un éxito total para la vida, pasión y miseria de los venezolanos.

Me pregunto qué le pasará al Presidente Maduro que suele insistir de manera tan denigrante acerca de las pocetas. ¿Es que no ha sido feliz en el baño? Se da el caso de que muchas personas y, hasta en los animales se ve, que no les agrada pensar en algún sitio porque les trae algún recuerdo ingrato o doloroso. Una vecina de mi comunidad sufre de hemorroides constantemente y de solo pensar en que tiene que entendérselas con la poceta se engrincha.

¡Con nuestras pocetas no se metan!

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