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Quiénes evalúan la opción militar para Venezuela

 

Las opciones de la comunidad internacional para forzar la salida de Maduro se agotan.  Sin duda vendrá un endurecimiento de las mismas incluyendo las sanciones petroleras. Pero la necesidad de cambiar a un régimen que oprime a sus ciudadanos se está articulando con la necesidad de eliminar un peligro para la región e incluso para los EE.UU. y entonces la opción militar toma vigencia.

Aunque la  comunidad internacional apuesta por una salida electoral, la intransigencia del régimen está poniendo sobre la mesa nuevas opciones y no solo se trata de endurecer y expandir las sanciones sino de evaluar seriamente la intervención militar.

Los buenos, los malos y los feos

La oposición se encuentra dividida entre los que creen que  la salida es electoral y estos a su vez se dividen entre los que sostienen que hay que buscar la calle para presionar por esta salida y los que simplemente prefieren ver “el cadáver del enemigo pasar”. Entre estos últimos   están los que piden la renuncia de Maduro como condición previa a las elecciones y los que se dedican a prepararse para la próxima elección, que no se sabe cuándo será, y dicen estar dispuestos  a presionar por mejores condiciones, sea en la calle o por medio de negociaciones. Claro, estas son categorías no excluyentes. El otro grupo existente es el que pide como un mantra, la aparición de una “intervención humanitaria”.

La intervención

Para estos últimos la única salida es convencer a los EE.UU. y alguno de los países vecinos que la situación es insostenible y que la única opción que queda es una intervención armada a la cual eufemísticamente llaman “intervención humanitaria”.  Categoría que existe como posibilidad en el Consejo de Seguridad (CS) de la ONU y que se ha aplicado. Incluso,  anterior a la ONU ya han habido casos que se han catalogado  de esta forma, el más famoso fue  el de Francia en Siria ( Libia) en 1860 cuando interviene por las masacres de cristianos.

Actualmente, “intervención humanitaria” proviene del concepto, desarrollado originalmente por Canadá, de “responsabilidad de proteger”. Esto en términos internacionales es una intervención militar para detener la masiva violación de  los derechos humanos en un país.   Esto ha sido aplicado, a través del Consejo de Seguridad, en  Libia, Côte d’Ivoire, Yémen y Sudán del Sur en 2011  y Siria en 2012. En realidad, si vemos las situaciones actuales de esos países,  no son muy alentadores los resultados.

¿Ya hay intervención?

La comunidad internacional ya ha tomado una posición activa en relación a la crisis venezolana. Técnicamente no ha habido una intervención  en el sentido de que no hay presencia de tropas o funcionarios internacionales o de otros países en territorio venezolano, pues el régimen no lo ha consentido. Pero como consecuencia de la estampida migratoria que ahora suma varios millones de venezolanos desplazados, la comunidad internacional ha hecho presencia en las fronteras de los países colindantes con Venezuela. Incluso ha habido movilizaciones de tropas hacia esa fronteras, por ahora basadas más en la necesidad de proteger a los desplazados venezolanos que otra cosa.

Hay que recordar que en noviembre pasado hubo operaciones militares conjuntas de Perú, Colombia, Brasil e incluso EE.UU. donde el tema del manejo de la crisis humanitaria, claramente expresada en migraciones, estuvo presente.

También está el peligro de desestabilización que esa migración produce en esas fronteras e incluso en el todo el país receptor. Con respecto a la frontera, baste recordar que crecientemente los grupos guerrilleros colombianos, las FARC no desmovilizadas, que son un grupo creciente e importante, así como el ELN, además de las organizaciones criminales trasnacionales incluyendo los narcotraficantes, están activamente reclutando venezolanos, para no hablar de venezolanas que son sometidas a la trata de blancas.

Opciones internacionales, hasta el momento

La posición de la comunidad internacional ha variado en el tiempo, de la aceptación del chavismo como gobierno, hasta su repudio. Este ha sido un proceso lento que se ha articulado con los cambios en América Latina, es decir la resaca de la “marea rosada”, o la desaparición de los gobiernos cercanos al Socialismo del Siglo XXI, y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Para Venezuela, el primer paso fue la intervención de Unasur en 2014 frente a las manifestaciones  que se extendieron por casi medio año, donde se probó por primera vez el diálogo.  Posteriormente, en la OEA se intentó aplicar la Carta Democrática Interamericana al régimen chavista, aunque solo se logró que se reiniciaran unas negociaciones a fin de ir a elecciones limpias, aunque luego se terminó señalando públicamente que en Venezuela había una dictadura o mejor dicho una “alteración” del hilo constitucional.

Dado que todo lo anterior no funcionó, se  creó el Grupo de Lima (GdL).  Mientras esto sucedía, los EE.UU, por impulso de los republicanos en el Congreso y luego con Trump en la Casa Blanca, comenzaron a imponer sanciones individuales a funcionarios venezolanos por corrupción, relaciones con el narcotráfico/ terrorismo, lavado de dinero y actividades anti democráticas.  Asunto al que se incorporó Canadá.

El cuarto paso fue lograr que el Grupo  de Lima explícitamente decidiera no aceptar ni las elecciones para la creación de la Asamblea Constituyente, ni  ninguna de sus decisiones así como tampoco las elecciones de presidente de mayo de 2018, donde se eligió a Maduro para otro período a partir de 2019.  De allí el Grupo de Lima  no ha podido avanzar mucho, más allá de las denuncias, aunque ha logrado reunir a los Ministros de finanzas con los Cancilleres para estudiar la imposición de sanciones más colectivas o al menos de más países.

Con lo anterior, se ha logrado concretar mecanismos de coordinación entre varios países, pero como apoyo a las sanciones de EE.UU. y Canadá. Para el Grupo de Lima, el próximo paso debería ser imponer sanciones colectivamente o al menos que el número de países que lo hacen se incremente.  Otro proceso que apenas ha empezado, es el desmantelamiento de organizaciones regionales como Unasur y la ALBA, con las salidas de Colombia y Ecuador.

Sanciones petroleras

Como vemos los EE.UU. ha sido pionera de las sanciones hacia el “pranato” que nos gobierna tanto en sanciones hacia individuos, como en sanciones financieras.  Estas últimas prohíben a la banca y a los ciudadanos y compañías norteamericanas negociar nuevas emisiones de deuda y  bonos por parte del gobierno de Venezuela, incluyendo PDVSA.  Las próximas sanciones que pudieran tomar los EE.UU. serían la imposición de sanciones petroleras.

Las críticas a una eventual sanción petrolera contra Venezuela,  son por una parte las referidas al contexto venezolano. En este sentido se argumenta que impactarían directamente en la población la más pobre. El contraargumento es que peor las cosas no se pueden ponese y que el que realmente está empeorando la situación de manera descarada y brutal es el propio régimen; baste ver las medidas económicas recientes.

En cuanto a EE.UU., se argumenta que esta medida afectará negativamente el precio de la gasolina y podría poner en peligro alguna de las pocas refinerías de la costa del Golfo en Texas, que todavía no han migrado hacia otras fuentes, pues un tercio del petróleo venezolano se refina allí.

Por el momento, el embargo o paralización total del comercio de hidrocarburos con Venezuela, llamada “opción nuclear”, pudiera no darse aún y se estarían buscando acciones intermedias como la de prohibir la venta de petróleo liviano y disolventes necesarios para poder transportar y vender el petróleo pesado de la Faja del Orinoco.  Es decir, quedan algunas cartas antes de lanzarse a la “opción nuclear”. Claro, todas estas sanciones son en el fondo una manera de presionar para que el régimen permita una transición hacia la democracia.

¿Una invasión?

Cuando se habla de invasión ya el asunto no es de presionar para que Maduro deje el poder, sino que se trata de sacarlo.  Y esto debe darse en otro contexto. Un contexto geopolítico donde EE.UU. y la región perciban al régimen venezolano como un peligro real.

La Casa Blanca ha vuelto a insistir que todas las opciones están sobre la mesa. Y se sabe que el más proclive a lanzar una invasión es el propio presidente, quien ha tenido que ser persuadido de no hacerlo varias veces.  Trump lo ha dicho públicamente, él quiere resolver el asunto de una manera “fuerte y rápida”.

Se sabe que hace un año, Trump preguntó a los entonces secretario de Estado, Rex Tillerson, y asesor de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, que dado a que Venezuela  es una amenaza a la seguridad regional, ¿por qué EE.UU. no puede invadir?, como reportó Asociated Press . También se supo que esto lo ha consultado con varios presidentes latinoamericanos y que incluso lo planteó en la cena privada que tuvo con estos presidentes en Nueva York con motivo de la Asamblea General de la ONU.

Ahora las cosas han cambiado. El secretario de Estado es Mike Pompeo y el asesor de Seguridad Nacional es John Bolton, dos personas con otra visión de lo que hay que hacer. Pompeo tiene una aproximación geopolítica al asunto. Le preocupa que Venezuela caiga en el caos – asunto que no está muy lejos de ocurrir-  pues según declaró “Los cubanos están allí; los rusos están allí, los iraníes, Hezbollah están allí. Esto es algo que tiene el riesgo de llegar a un punto muy negativo, por lo que EE.UU. debe tomar esto muy en serio “.  Bolton es otro “halcón” que entre otras cosas quiere imponer una línea más dura contra Cuba y por supuesto contra Irán, países aliados del régimen de Caracas.

El peligro venezolano

Si bien es cierto que, EE.UU. no invadiría si no entiende que el régimen es un “clear and present danger” para su país y que los cubanos manejan muy bien eso de retar al imperio sin pasar esa raya roja, el régimen en su torpeza puede configurarlo y lo viene haciendo en varios ámbitos, creando esa sensación de peligro que se necesita para que se dé una invasión.

Los elementos que suman hacia ese aspecto comienzan a apilarse. Comencemos señalando el argumento de que EE.UU. no podría permitir otra Cuba en el continente y al momento tiene dos en gestación: Venezuela y Nicaragua. Y esto como producto de una acción coordinada internacionalmente (Foro de San Pablo/ Rusia/ Irán/ China)  se vuelve importante pues estos dos regímenes  pueden terminar desestabilizando una región que siempre se ha considerado el patio trasero de los EE.UU.

Otro elemento es la necesidad de los EE.UU. de reconquistar los espacios perdidos y ganados por los otros dos imperios, como China y Rusia. La relación con Irán y el terrorismo islámico es otro tema que preocupa en el norte, en especial en este momento de tensión entre ambos países.   Tampoco hay que descartar lo advertido por Tillerson en su viaje por la región cuando dijo que la delincuencia trasnacional organizada es una amenaza para la región. Ni tampoco el resurgimiento de las guerrillas en la frontera colombo venezolana con bases protegidas en Venezuela y alimentadas por los migrantes venezolanos. Así como el aumento del papel de Venezuela en el narcotráfico, el lavado de dinero y otros acciones delictivas internacionales. Sin olvidar el impacto desestabilizador de la estampida migratoria.

Todas esta cosas pueden ir sumando frente a la imposibilidad de hacer que el régimen permita una apertura electoral creíble.  En este sentido ha declarado uno de los senadores que más influencia han tenido en Trump: Marco Rubio. Señaló que al reunirse con Bolton, éste asomó la posibilidad de una intervención militar. Y recientemente declaró: “Durante meses y años, quería que la solución en Venezuela fuera una solución no militar y pacífica, simplemente para restaurar la democracia”. Y agregó, “creo que las Fuerzas Armadas de los EE.UU. solo se usan en caso de una amenaza a la seguridad nacional. Creo que hay un argumento muy fuerte que se puede hacer en este momento, que Venezuela y el régimen de Maduro se han convertido en una amenaza para la región e incluso para los EE.UU. ”

¿Invasión?

Aunque sobran los motivos para ello, una “intervención humanitaria”, que la decida el Consejo de Seguridad de la ONU o la OEA, o incluso del Grupo de Lima, no es un escenario muy probable. Pero tampoco es descartable que se dé un escenario como el de República Dominicana (1965) donde la iniciativa la toma EE.UU. a la cual posteriormente se unen otros países y luego la OEA la condona e interviene a manera de coordinar la transición. Aunque públicamente varios gobiernos latinoamericanos han insistido que esa no es una opción, hay mucho en juego.  Por cierto que, el presidente Lyndon B. Johnson al ordenar la intervención la justificó diciendo que  no quería otra Cuba en el Caribe. ¿Déjà vu?

Aquí el tema no es quien se impondrá militarmente – por cierto olvídense de Cuba en esta ecuación militar, no se atreverá a intervenir abiertamente – sino cómo se dará la ruptura del aparato militar criollo y la transición en términos de la oposición, así como la condiciones de salida del ejército norteamericano (rules of engagement).  Otro tema crucial es cómo la comunidad internacional se repartirá el pastel; es decir cómo y cuándo se producirá la inversión extranjera en el país y quiénes y con cuánto participarán. Asunto de vital importancia para el desarrollo de este empobrecido país.

Internacionalmente no hay dudas que Rusia y China, aliados al régimen, armarían un zafarrancho en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero no intervendrán físicamente. A fin de contrarrestar eso, no hay que descartar que Trump llegue a algún acuerdo previo sobre el asunto. Aquí hay mucha tela que cortar desde las sanciones impuestas por EE.UU. a cada uno de ellos, hasta el tema de Ucrania, pasando por el petróleo, CITGO  y las inversiones en Venezuela. Para muchos analistas es a ese nivel donde finalmente se decidirá el destino de Venezuela. Lo que no nos saldrá gratis.

 revista Zeta

 

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