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Gloria Cuenca: César Arbelaéz; Maestro, terapeuta, amigo

 

Para, Isabel, Carmen, Carolina, con afecto:

Conocí a César Arbelaéz cuando joven. Vivía en Roma. Recién caída la dictadura de Pérez Jiménez, la democracia nos envolvía. Hicimos una asociación de amigos venezolanos-italianos. Un entusiasmo maravilloso nos contagiaba a fines del invierno romano. Participó gente trascendental en la vida venezolana del siglo XX. César estudiaba para cantante lírico. Una extraordinaria voz de barítono, la suya. Mi único hermano Raúl, (Q.E.P.D.) era su amigo y lo estimaba.

Una tarde, César llegó a nuestra casa con dos amigos, uno de los cuales era médico, y nos contó en qué circunstancias había visto a Raúl: no había forma de explicarlo; había perdido la razón. Mientras mi madre, atribulada, buscaba qué hacer; ¡por fin! a mí, se me abría la consciencia y aceptaba lo que no había querido, ni ver, ni aceptar, la enfermedad mental de mi adorado hermano. César asumió la solución del problema y logró hospitalizarlo. Esto ocurrió gracias a la humanidad del amigo, que hace unos días se nos adelantó, hacia la otra dimensión. Mi padre estuvo en Roma, supo de la solidaridad recibida, hizo una promesa: “Nunca olvidaré ésto. Tendrá mi agradecimiento y el de mis hijas por siempre”. No olvidámos aquel gesto de amistad.

Pasaron años. Una revolucionaria comunista, como era – lo que tantas veces he contado- con la vida inmersa en la política. Hasta que me decepcioné, comprendí y cambié. Después del 2do viaje a China, como he narrado, me salí del grupo de la utopía cerrada. Comenzaron entonces a atormentarme miles de cuestiones a las que no sabía dar respuesta. Supe de César. Era ya un prestigioso psicólogo y profesor de la Ucab.

Inicié mi entrenamiento en Análisis Transaccional en el Instituto Eric Berne dirigido por el Dr. Luis Maggi Calcaño. César era maestro. Sus explicaciones claras, contundentes y fáciles a nuestro entender lo hicieron uno de los grandes. De allí, pasé a ser su paciente en los Grupos de Terapia que con acierto, rectitud y mucha serenidad dirigía. Más de 2 décadas estuve allí. ¡Que de aprendizajes! ¡Qué procesos de crecimiento! También Adolfo, mi esposo, mis hijos y mis nietos, fueron sus pacientes. ¡Dios lo tendrá en el Cielo! Está en buena compañía. Nos seguirá ayudando desde su privilegiado lugar con el mismo afecto, no tengo dudas. (Q.E.P.D.)

@EditorialGloria

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