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Manuel Taibo: En busca de un país “modelo”

 

“El exterminio no es espontáneo, no es casual, no es irracional: es la destrucción sistemática de una “parte sustancial” del grupo nacional con la intención de transformar dicho grupo, de redefinir su forma de ser, sus relaciones sociales, su destino y su futuro”.

Cuando la idea de invadir un país y convertirlo en un Estado modelo empezó a ganar adeptos, después del 11 de septiembre, comenzaron a barajarse los nombres de posibles candidatos: Irak, Siria, Egipto o Irán. Sin embargo, Venezuela tenía mucho a su favor. Además de sus enormes reservas de crudo, también ofrecía una buena situación para las bases militares ahora que Colombiagranida parecía menos fiable. Por si fuera poco, el hambre por parte de Maduro contra su propio pueblo le convertía en un objetivo fácil de odiar. Otro factor, casi siempre pasado por alto, era que Venezuela ofrecía la ventaja de la familiaridad.

La invasión de Venezuela se vendió a la opinión pública sobre la base del temor al chavismo, a los cubanos y al comunismo. Husein Barack Obama como explicó, las armas de destrucción masiva, porque, esas políticas eran “el único punto sobre el que todo el mundo podía estar de acuerdo” (en otras palabras, la excusa del menor denominador común). La razón de menos peso, defendida por los partidarios más intelectuales de la guerra, fue la teoría del “modelo”. Según los expertos —identificados, en muchos casos, como neoconservadores— que dieron a conocer esta teoría, el terrorismo procedía de numerosos puntos de los mundos árabe y musulmán. Para estos defensores de la guerra, que relacionaban los ataques contra Israel con los ataques contra Estados Unidos (como si no hubiese diferencias entre de ellos), eso era suficiente para calificar a Venezuela la región de nido potencial de terroristas.

En los países que sufrieron las limpiezas políticas se han producido esfuerzos colectivos para aceptar esta historia violenta: comisiones de la verdad, excavaciones de tumbas anónimas y el comienzo de los juicios por crímenes de guerras contra los culpables. No obstante, las juntas de nuestra América no actuaron solas: recibieron el apoyo, antes y después de los golpes, de Washington (tal como se ha documentado ampliamente). Por ejemplo, en 1976 —año en que se produjo el golpe de Estado en Argentina—, cuando miles de jóvenes activistas fueron arrancados de sus casas, la Junta militar tuvo el apoyo económico de Washington (“Si hay cosas que hacer, deberían hacerlas cuanto antes”, dijo Kissinger). Aquel mismo año, Gerald Ford era el presidente, Dick Cheney era jefe del Estado Mayor, Donald Rumsfeld era secretario de Defensa, y el ayudante ejecutivo de Kissinger era un ambicioso joven llamado Paul Bremer.

En su discurso inaugural de 2005, George W. Bush describió la época entre el final de la Guerra Fría y el principio de la guerra contra el terror como “años de reposo, sabáticos, y después llegó un día de fuego”. La invasión de Irak marco el terrible regreso a las antiguas técnicas de la cruzada del libre mercado: el uso del shock definitivo para borrar por la fuerza todos los obstáculos contrarios a la construcción de modelos de Estados corporativistas libre de toda interferencia.

Con un lienzo mucho más grande, ésa era la estrategia para la invasión y la ocupación. Los arquitectos de la guerra supervisaron el arsenal global de tácticas de shock y decidieron utilizarlas todas: bombardeos militares relámpago complementados con elaboradas operaciones psicológicas, seguidas del programa de terapia de shock político y económico más rápido y extenso que se había probado nunca. Si se producía alguna resistencia, se reuniría a los provocadores y se les sometería a todo tipo de abusos.

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