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Rafael del Naranco: Un sentimiento

 

Desde el  mismo instante  en que nos recordamos nosotros mismos en el torbellino de la subsistencia, siempre hemos pensado que el suicidio es una propuesta hacedora, un estremecimiento – aún siendo trágico – del alma.

Don Miguel de Unamuno, cristiano recio, terco y heterodoxo, jamás lo hubiera aprobado debido a la cognición de mantener resistente el espíritu y la lucha de Don Quijote, es decir, la misma embriaguez de la existencia misma.

De “Memorias de Adriano” – antes  “Meditaciones” de Marco Aurelio, y ahora,  cercano a la madurez plena  “Memorias de ultratumba” –  el último arrebato honesto ante de ingresar en la fosa, de Francois René de Chateaubriand –  sustraigo  el recuerdo caliginoso a conciencia del doblamiento del propio del tiempo,  el cual nos empuja a entender un texto cuya razón es trenzar un itinerario puntual, a manera las nubes o las sombras (sicut nubes…quasi nave…), es decir, la mortaja de la que  solemos estar revestidos al ser el único envoltorio  palmario que germinó al principio de la ajustada  aurora de la vida.

La primera frase de  la autora de “Cuadernos del Norte” ubicada  en la conciencia de emperador Adriano, años antes de saber  si  terminaría el libro, ha sido una frase  desangelada garrapateada en un cuaderno escolar de rayas en  1934.

El andaluz de Bética está solo  – más que eso, solísimo – mientras mira los astros subido a la atalaya de su melancolía interior.

Recuerda en esos instantes dubitativos a  Catón el viejo, el hombre de la guerra del Cartago  cuya sabiduría le hizo comprender los designios necrománticos de los arcanos del nirvana y saber que nadie es un destino, sino un fin perecedero.

Y así se habló para  poder escuchar su propia voz entrecortada y adolorida:

“Empiezo a percibir el perfil de la muerte”.

La Parca que divisa al trasluz no es un mal presagio – en Antioquia conocerá Antínoo, su imberbe amante, y sabrá cómo la pasión es el olvido del yo sobre  arras de tierra – sino la conclusión de profusas melancolías.

Aquí  la Yourcenar, igual a Feuerbach, comprendió que el mundo se construye de espacio y tiempo marcado  a rajatabla sobre la  propia duermevela que nos marca de manera fatalista  los pasos a seguir.

Aún así el sublime  Adriano llegó mucho más lejos, ya que llegó a saber, cuando salió de consultar a su médico Hermógenes, que uno solamente se desvanece de su propia naturaleza cuando se va descomponiendo,   como la arenilla en el tic tac de un reloj,  dentro de una esfera de cristal de Murano antes que ese vidrio existiera.

Considerables años después, Martin Heidegger, el hombre adherido al Nacional Socialismo de Hitler, anunciaba  el fin de la filosofía y el humanismo con el   galimatías de  una frase: “Todo ser es el ser. Y el ser es el ser”.

Cuando esa expresión   se elevó,  nos vimos obligados a  entregarnos a otros miedos a sabiendas que toda inteligencia humana  se estrellaría sin compensación en medio del itinerario sanguinario llamado El Holocausto.

El sentimiento infausto del titulo de esta cuartilla, más que un rotulo, es un mendrugo de dolencia clavado en la comisura impalpable del alma.

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