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Alberto Barrera Tyszka: La lengua suelta

 

Nos ha costado mucho entenderlo. La devaluación del lenguaje tiene un efecto tan devastador como la devaluación de la moneda.  Una de las consecuencias más perversas y trágicas de la auto proclamada “Revolución Bolivariana” tiene que ver con las palabras. Chávez legitimó la mentira desde el inicio de su vida pública. Fundó su práctica política bajo el concepto de que se puede decir cualquier cosa, de cualquier manera, en cualquier momento. Nada importa. Hablar solo es una rutina más del espectáculo.  La palabra no tiene otro compromiso que el escenario. Esa es su función, su único sentido. Que la lengua solo sea una danza.

Esa herencia, que los venezolanos hemos padecido hasta la locura, empieza ahora también a mostrarse con enorme despliegue en el exterior. A medida que se ha internacionalizado el conflicto, también el poder se ha visto obligado a exponer sus procedimientos más allá de las fronteras.  Ya la región comprende que uno de los problemas cruciales con el gobierno de Venezuela es la palabra ¿Cómo se puede dialogar, debatir o negociar, con una gente que no tiene palabra? ¿Acaso es posible?

Un veloz y rasante recorrido sobre el tránsito que ha realizado la retórica oficial, a propósito del reciente flujo migratorio,  podría servir como ejemplo.  Contra todos los informes y declaraciones de Organismos Internacionales diferentes, desde la ONU hasta el Consejo Noruego para Refugiados; desafiando todas las imágenes y reportajes de una inmensa y variada cantidad de medios y de plataformas de comunicación; el oficialismo se ha empeñado en sostener que el movimiento migratorio es un espejismo, que es mentira, que no está pasando. Diosdado Cabello, en un ataque de audacia sorprendente, llegó a sugerir que todo era un actuación, un montaje a lo Cecil B de Mille, una película de proporciones desmesuradas, con la producción de distintos países, en diversos territorios y la participación de miles de extras.

Lo primero que dijeron fue que la realidad no era la realidad. Que todo lo que estaba pasando era una ficción. Otro embrujo de los medios.  Lo segundo que dijeron fue que la realidad sí era la realidad pero, en el fondo, no era tan realidad. El canciller Arreaza se engarzó en un extraño giro de detalles semánticos para tratar de explicar que los venezolanos que buscan refugio no pueden ser considerados refugiados.  Delcy Rodríguez reconoció que había un flujo migratorio pero dijo que era absolutamente normal. Nicolás Maduro fue un poco más allá: añadió que los venezolanos salían del país con los bolsillos llenos de dólares.  Solo le faltó decir que era un flujo feliz, que quienes salen del país son  los tá barato dame dos bolivarianos.

Pero lo tercero que dijeron fue que la realidad era aun más realidad que la realidad.  Y entonces apareció Jorge Rodríguez explicando cómo todo es, en verdad, al revés. Miren cómo los venezolanos quieren desesperadamente regresar a su tierra, vean cómo este gobierno de justicia y de paz defiende a sus hijos pobres y explotados por los crueles, déspotas e insensibles países vecinos. De negar radicalmente la crisis, en un tris, de pronto, el gobierno saltó a exigir indemnizaciones y a anunciar demandas internacionales.  El flujo que antes no existía ahora existe y es un peligro que la valiente revolución está conjurando

De esta manera, repentinamente un mismo hecho  puede en el discurso oficial: a) no ser real, b) ser  real pero no tanto: solo es un invento mediático del enemigo, c) ser real pero no de esa manera. Se trata de una exageración con ánimo conspirativo, d) ser real pero está siendo alevosamente mal interpretado. Ocurre totalmente lo contrario, e) todas las anteriores. Mezcladas y al mismo tiempo. Cada domingo, en su programa, José Vicente Rangel intenta nuevamente untar el circo discursivo con algo de supuesta lógica revolucionaria.

Todos estos mecanismos retóricos no responden, como algunos piensan, a la improvisación de las élites, no provienen del delirio o de la estupidez. Por el contrario, se trata de un plan muy bien pensado y ejecutado.  La lengua suelta no es un desorden: es un método.  Es una adulteración fríamente razonada. Estamos ante un gobierno que también ha saqueado al lenguaje, que ha despojado a las palabras de su condición ética, que funciona sin ninguna responsabilidad con respecto a lo que dice.

Es un diagnóstico que debe completarse, como contra partida, con el minucioso ejercicio de censura que el poder aplica sobre el periodismo. Toda la campaña de persecución que el gobierno ha desatado en contra de del site armando. info, solo delata la fragilidad oficial frente la búsqueda de cualquier verdad.  Cuando el oficialismo no logra devaluar la noticia, entonces la prohíbe.  Cuando no puede impedir que exista, trata de impedir que se pronuncie.  Cuando no puede convertir el lenguaje en una mercancía, entonces, delatando la complicidad de los tribunales y de las instituciones, impone el silencio.

Resistir: hablar de lo que pasa. Decir las cosas como son, con todas sus letras. No callarse. Repetir el nombre de los muertos. Repetir el nombre de todos los presos. Hablar de los que se fueron, hablar de los que se quedan.  Hablar del país aunque duela, aunque canse. Pronunciar las heridas. Preguntar en voz alta quién coño es Alex Saab.

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