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Ángel Daniel González: Sobre la “burguesía revolucionaria”

 

El ministro de Tierras, Wilmar Castro, de quien dijera el presidente Maduro que es el “ideólogo” del programa económico del Gobierno, realizó una disertación en su programa de televisión sobre el papel de la burguesía en la transformación y liberación de Venezuela. El ministro basa su elaboración en la lectura del capítulo titulado “Situación de la burguesía” del libro Venezuela violenta, escrito por Orlando Araujo en 1968. Los planteamientos allí realizados tienen al menos dos problemas. El primero es la desafortunada frase con la que Castro cerró su planteamiento: “Debemos ir a la construcción de esa nueva burguesía, de una burguesía revolucionaria, transformadora, que alcance los estadios de liberación económica de nuestro país”. Y el segundo es la conclusión general que se intenta extraer del análisis hecho por Orlando Araujo hace 50 años.

Sobre la primera cuestión, es al menos desafortunado utilizar la frase “burguesía revolucionaria”. Tal vez si hubiese utilizado otro adjetivo la polémica generada sobre esta afirmación no hubiese tenido lugar, o al menos no hubiera tomado la dimensión que tomó. Una burguesía revolucionaria sencillamente no existe en el capitalismo desarrollado actual, y menos en nuestro país, donde la burguesía ha demostrado que su papel en la historia no sale del espacio colonial que le asignan los poderes geopolíticos internacionales. La frase resulta entonces un perfecto oxímoron.

Esta confusión no es nueva. Y ha sido aprovechado por oportunistas en distintas épocas. En todos los casos, se trata de malas interpretaciones de las palabras de los propios Carlos Marx y Federico Engels, quienes en el Manifiesto del Partido Comunista, amén de otros escritos, hacían referencia al referido papel revolucionario de la clase burguesa. Pero al leerlos directamente se hace evidente que se referían al papel que jugó la burguesía en la época de su auge, del auge del capitalismo, al echar abajo la dominación de las formas económicas, sociales y políticas, feudales para instaurar formas novedosas, las modernas formas capitalistas y liberales. Pero, al tiempo que “revolucionaban” la sociedad europea para dejar atrás estas formas medievales también se aseguraron de establecer un nuevo régimen de dominación y explotación, bajo su poder. Es ilustrativa la manera en que describen Marx y Engels este papel en el Manifiesto, donde dicen que la burguesía “sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación”.

En cuanto al segundo problema, de las palabras de Castro se entiende que existe una intención de convocar a los empresarios nacionales que producen en el país a unirse, junto al Gobierno y al pueblo, al desarrollo de una economía productiva venezolana. Algo que intentó hacer el presidente Chávez en no pocas ocasiones. Echa mano del análisis de Orlando Araujo en el referido libro para hacer notar que dentro de la burguesía en Venezuela puede existir un factor que asuma una postura “nacionalista”, aunada a una “toma de conciencia” de que sus intereses coinciden con los de quienes desean independizar la economía, en este caso el Gobierno Bolivariano y las fuerzas socialistas del país. El error pudiera estar en asumir que la descripción hecha por Araujo en 1968 puede al menos parecerse a una descripción de la burguesía venezolana del 2018.

Ante esto hay que decir que Orlando Araujo, en el propio texto citado, hace aclaratorias que previenen las posibles confusiones que su análisis de la burguesía venezolana de hace 50 años pudiere generar. Explica que la burguesía de aquel momento se dividía en dos grupos: una burguesía “estéril”, importadora, comerciante y banquera, y una burguesía “productiva” o “nacional”. De esta última Araujo advertía que era “de reciente data” y que no tenía “una fisonomía definitiva y precisa”. Y señala directamente: “Es necesario tener presente este hecho a fin de no caer en apreciaciones subjetivas ni en la fácil ilusión de una burguesía revolucionaria (…)”. Además, agregaba que existía un tercer grupo, “una especie de empresario híbrido que participa por igual de la condición de importador y de productor y cuya conducta social y política refleja la incertidumbre de su ambivalencia”. Pudiéramos decir que esta última es la clase que se consolidó en Venezuela y desplazó a aquella incipiente “burguesía productiva” que Araujo veía con potencial para desarrollar una economía de acuerdo a los intereses nacionales. Para no dejar duda, expresa: “Sería idealista esperar que esta burguesía adopte gestos heroicos que pongan en peligro sus intereses todavía precarios”.

Araujo hacía una fotografía, como el nombre del capítulo indica, de la “situación” de la burguesía venezolana en el momento de realizar el análisis. Refería que la burguesía “productiva” libraba una batalla gremial con la burguesía “estéril”, que venía de mantener estrechos lazos con la dictadura perezjimenista y que logró consolidar su poder y su hegemonía en la “era democrática” estrechando lazos con Rómulo Betancourt. La conclusión de Araujo es que la burguesía productiva debía asumir un papel avanzado frente al empresariado estéril y unir sus propios intereses a los intereses de “las vanguardias políticas del país” para formar “parte de un proceso nacional cuya dinámica se proyecta hacia etapas más avanzadas de nuestra evolución social”. Ese era el cuadro de la burguesía que Araujo veía en 1968.

De ahí a decir que hay que “construir una burguesía revolucionaria” hay un oscuro trecho. Medio siglo ha pasado y el mundo entero no es igual al del momento en que se escribió el libro en cuestión. Por supuesto, tampoco Venezuela es la misma. Con Chávez se recorrió un camino largo de movimientos, luchas y experiencias en lo económico, social y político. Y la burguesía de este país no ha hecho más que abalanzarse violentamente contra los intereses del pueblo, ha puesto a la gente a pasar hambre como estrategia con fines políticos y se ha opuesto visceralmente a todo lo que suene a Revolución. Ahí está Fedecámaras y su papel en estos últimos 20 años. La burguesía es más rentista que nunca y cada vez produce menos. Esa clase “productiva” que Araujo veía con optimismo me parece que no existe. Y si lo que se quiso decir es que hay que fabricar una “nueva clase” que sea a la vez burguesa y revolucionaria, está demás decir que el absurdo resultaría al menos sospechoso de algún encubrimiento.

@ÁngelDanielCCS

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