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Rafael del Naranco: Sobre la libertad

 

No  podemos negar que  estos cortos párrafos  posean,  en la calina de nuestro  espíritu, una   profunda remembranza hacia Venezuela, tierra de gracia que nos abrió sus puertas ofreciéndonos  paz, trabajo y libertad   durante un largo tiempo de nuestra  larga existencia,  y ahora, lejos de ella, en un pliegue del mar Mediterráneo,  rumiamos aquellas hermosas dichas.

A ella le ofrecemos  estas  palabras sueltas sobre la libertad.

Henri Charles de Clérel, vizconde de Tocqueville, cinceló un pensamiento al que nos unimos: “Pienso que yo habría amado la libertad en todos los tiempos; pero me siento inclinado a adorarla en la época en que vivimos”.

Y el temible Robespierre, al que tanto temía y a la vez adulaba  Fouché gritaba: “Huid de la antigua manía  de querer gobernar demasiado; dejad a los municipios el derecho de organizar sus propios asuntos, en una palabra, devolved a la libertad de los individuos todo lo que se les ha arrebatado ilegítimamente”.

Corría el final del siglo XIX  faltando  algunos años para encontrarnos con las páginas de “Extraterritorial”,   a cuyo autor, George Steiner, uno lo recuerda en el discurso pronunciado al recibir en la ciudad de Oviedo el “Premio Príncipe de Asturias” en Comunicaciones y Humanidades 2001.

Vino a su recuerdo aquel tiempo grumoso del pasado siglo. No era nueva la  luz alargada sobre los muros, y con todo  coexistía el respeto al ser humano y la certeza de ser portadores de valores inconmensurables enraizados sobre la propia esperanza tan necesaria en toda  época.

Años después llegaría la barbarie sobre  una cruz svástica  y el horror inundaría  el horizonte de millones de personas  hasta hacerles preguntar al cielo protector la razón desmesurada del tal agónico calvario.

Sin la libertad de pensamiento y acciones, cuya base es la escritura, el grito  y la palabra, la humanidad estaría en los albores de la Baja Edad Media.

Y si hoy algunas naciones y no otras (miró adolorido hacia Venezuela) están en medio de un progreso de valores sostenidos, es porque hombres y mujeres imbuidos de coraje han abierto rendijas con sus propias manos entre los años más oscuros, para enseñarnos la luz de la emancipación.

En sus escritos “On libeerty” – “Sobre la libertad” – John Stuart Mill escribió: “… Los déspotas tampoco niegan que la libertad sea excelente; sólo que no la quieren más que para sí, y sostienen que todos los demás son indignos  de disfrutarla”.

Esas expresiones que  Venezuela hoy soporta no deben obligarnos a  poner rodilla en tierra: Vivir  en democracia   es hacerlo con riesgo a tratarse de una forma de civilización que por su inestabilidad exige, más que ninguna otra, pensamiento, análisis, reflexión y decisiones.

Añadamos coraje.

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