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Manuel Taibo: Los defensores de los derechos del pueblo; “adormecen su conciencia”

 

Lo que hace falta un pueblo y sus valores tradicionales para criar a un niño “correctamente”.

Según esos principios “anarquistas” de la burguesía, es falsa y está podrida, la base del Estado capitalista y, con ello, todo nuestro social, de ahí que debemos rehacer todas las mejoras, todas las reformas del sistema de gobierno, ya sean democráticas, filantrópicas, pacifistas o revolucionarias, porque las consideramos inútiles e insuficientes. Ninguno parlamento, y menos aún una revolución, son capaces de librar a la nación de ese enemigo que se llama la Fuerza; si una casa tiene los cimientos hundidos no hay por qué apuntalarla y sostenerla; mejor es abandonarla y construirse otra.

El Estado de EE.UU. que, descansa sobre la base del poder, de la fuerza, que no se apoya en la fraternidad; por eso, está condenado infaliblemente a derrumbarse y todos los remiendos sociales o liberales sólo sirve para prolongar su agonía.

Lo que hay que variar no es precisamente las relaciones entre el pueblo y el gobierno, sino que hay que cambiar el modelo en sí: en vez del poder del estado, lo que ha de dar unión a la comunidad ha de ser un impulso interno de fraternidad. Mientras esa fraternidad no logre sustituirse a la forma actual, forzosa, que una el pueblo, una verdadera moralidad, más allá del Estado, más allá de los partidos, una moralidad que resida en lo más hondo de la conciencia individual. Como que Estado burgués es sinónimo de Fuerza, un pueblo de ética no puede identificarse con el Estado.

No hay que dejarse engañar por la suavidad evangélica llena de fraternidad de sus predicaciones, ni por el tinte de humildad cristiana que pone en su dicción: crítica social es completamente enemiga del pueblo; toda su energía va dirigida conscientemente a lo mismo. Desde que conocimos la falla de los cimientos de nuestra civilización, es decir, que todo nuestro orden social no descansa en la fraternidad, sino en la brutalidad y en el dominio de unos sobre los otros, dirigió en seguida todo su furor dialéctico, toda su enorme potencia ética, en redoblados ataques, contra el orden social.

Así como, en su crisis, con toda impaciencia se quiso apropiar de una fe, y como quien se cambia de traje, convertirse de la noche a la mañana en una cristiana y en un sumiso, ahora, quieren educar al pueblo, pretende que en un santiamén crezca todo un bosque: Toda nuestra existencia es un sinsentido.

La revolución de la no resistencia; una sumisión espiritual. No avisa y exhorta a que evitemos el creciente conflicto de la desigualdad de las clases sociales iniciando la revolución voluntariamente, desde arriba, interiormente, y evitando así que la revolución se haga desde abajo. El rico debe renunciar a su riqueza; el intelectual, a su orgullo; el artista, a su torre de marfil, y aproximarse al pueblo con un espíritu de comprensión; debemos domar nuestras pasiones y fustigar nuestra “personalidad animal” y, en vez del ansia de adquirir, hemos de desarrollar en nosotros el placer de dar.

¿A quién podemos ayudar si ni siquiera podemos ayudarnos a mí mismo? De día en día me perdemos más y buscamos un sentido, una explicación para soportar esta vida insondable, y hablamos con aire de impotencia acerca de la verdad para engañarnos a nuestro “yo”, ahora vengan a gritarnos, ¿enseñamos la vida?

—Si hemos ganado algo en profundidad de sensibilidad, si sentimos más decisión en reconocer los problemas de nuestro tiempo, o los eternos problemas del pueblo, si sentimos más trágicamente, más severamente, más implacablemente su presencia ante nosotros, en busca de una nueva verdad.

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