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Pedro R. García: Reflexión del tiempo político venezolano I

 

“El verdadero tesoro del hombre es el tesoro de sus errores, apilados piedra sobre piedra durante miles de años.  Romper la continuidad con el pasado, querer empezar de nuevo, denigrar al hombre y plagiar al orangután.  Fue un francés, Dupont-White, quien alrededor de 1860 se atrevió a exclamar: “La continuidad es un derecho del hombre; es un homenaje a todo aquello que lo dignifique de la bestia”. (José Ortega y Gasset, Historia como Sistema, 1941)

Una Acotación Necesaria…

Se trata de trazar una visión en el país a la que distintos autores, políticos, teóricos o analistas se asoman en el debate público apostando en acudir a una característica estrategia de persuasión ideológica, consistente en mantener con acusada insistencia, es decir, como variables independientes de su discurso político, ideas vagas pero de muy eficaz pregnancia como modernidad, innovación, revolución, democracia, humanismo, vanguardia, avanzada, cosmopolitismo progresismo, mentalidad abierta, que se exhiben maniqueamente como negación de tendencias tales como tradición, anticuado, añejo, atrasado, anacrónico, trasnochado, o mentalidad cerrada. Se nos habla de derecha actual, de izquierda democrática, de centro diferente, de políticas públicas transformadoras, de gobiernos innovadores, de progreso, de sistemas políticos modernos, de ideología reciente, de innovación, de primacía democrática. De visión expectante, en efecto y en definitiva. La ciencia y la tecnología serán asumidas desde este matiz como durmientes fundamentales que traban en su conjunto este discurso político, confiriéndole consistencia orgánica en un sentido con una perspectiva, precisamente, de futuro. El mas de los casos del arrebato exagerado y, en el límite, insoportablemente adolescente, que raya en el ridículo, por el papel que tienen hoy las redes sociales y las nuevas tecnologías de comunicación es atribuido a este respecto. Pero no desafiamos la necesidad de estar al día en materia de ciencia y tecnología. Nada que niegue a que se implementen planes, programas y proyectos inéditos en contextos diferentes y con tecnologías y herramientas diferentes. Pero ficción más ajena a los propósitos de estas notas que situarse en semejante perspectiva o “enfoque” del por hacer. Y esto es así no porque tengamos  estas perspectivas en un grado de consideración al desgaste (aunque muchas veces ocurra así, sobre todo cuando a nuestros oídos se yenan de banalizaciones argumentativas defendidas por políticos de nulo conocimiento histórico político, y filosófico), no necesariamente erradas, sino porque, sencillamente, se sitúan en un plano equívoco de configuración política e histórica distinto a aquél en el que la sociedad lo hace. Y si de pasado, presente y futuro se trata, habría que decir que, en realidad, ni el futuro ni el pasado existen como tales. No se relaciona de que alguien de una ojeada o esté varado en el antes de ayer, o de que, contrariamente, alguien pueda estar advirtiendo o frenándose en su presente con una visión de subsiguiente, mirando hacia adelante. Ninguna de las dos posiciones tiene sentido alguno, sin perjuicio de que sean metáforas simplistas (como simplificadoras e inelegantes son las metáforas de “izquierda” o “derecha”) de muy puntual funcionalidad para toda una multitud de irritantes retóricos políticos que se sirven de ellas en el debate de calle según se les revela por esa impar clase de comerciantes que suelen ofrecerse bajo la autoridad de “expertos en marketing político” (“encuesteros y entrevisteros”, los yamó Unamuno). Lo que obtienen en todo caso es una posición que, abrevando de acontecimientos y experiencias pasadas, no son capaces de dar cuenta de sucesos fundamentales de su actualidad, haciendo evidente la insuficiencia de planteamientos defendidos fuera de contexto. Es el caso de quienes, a más veinte años de haber caído la Unión Soviética, siguen refiriéndose al gastado tópico de la izquierda o del marxismo-leninismo, o, correspondientemente, de fascismo, del franquismo, estalinismo o de la derecha, como si la URSS siguiera marchando como lo hizo tras su triunfo en la Segunda Guerra Mundial. (En tal caso es hoy una Autocracia, de dudoso origen electoral aplaudida, apoyada y consentida en un largo tramo por las hipócritas democracias occidentales). Pero de igual forma hay enfoques presentes que, queriendo hacer un corte concluyente con el pasado y su recorrido, buscando proyectarse con su frívola mirada de futuro pero sin haber entendido nada en absoluto de la historia reciente, es decir, desde un desconocimiento histórico e ideológico que los imposibilita para dar cuenta de las razones y contextos que determinaron tanto los aciertos como los errores de uno u otro acontecimiento concreto o propósito del pasado. Es el caso del joven e impetuoso analista o político o ideólogo egresado de alguna universidad de sugestivo nombre que, cargando bajo el brazo sus títulos de doctorado en alguna ciencia social (economía, negocios, administración pública, políticas públicas) obtenidos en facultades extranjeras de no menos resplandecientes fama, pero sin haber leído en su radiante vida una línea de La Biblia, Marx, Wright Mills, García Bacca, Lenin, Kant, Vattimo, Domingo Albero Rangel, Asdrúbal Battista, Rómulo Betancourt Molina Enríquez, Massimo Desiato, Luis Cabrera, Eduard Bertein, Mariátegui, Andrés Eloy, Rosa Luxemburgo, Rodríguez Iturbe, Roberht Dahl, Vasconcelos, o de Hegel, se repite con reiteración cansina  que lo significativo es modernizar y dejar atrás la ideología, la historia y el rancio pasado; lo esencial, nos apuntarán nuevamente con una certidumbre irritante y yeno de levedad, el ser moderno, innovador y aproximarse al mejoramiento de la calidad de vida a través, entre otras cosas, de la utilización de nuevas tecnologías (caso del activista ciudadano sintiéndose irradiado adolescente con entusiasmo candido por el Twitter  u otras variantes de las llamadas “redes sociales”), o bien a través de tomar de una buena vez la decisión de participar, de involucrarse solo es posible apreciarlos como muestra y concreción de carencia, de  escasez ideológica, y conceptual a los que puede llegarse a partir de la apelación a la “sociedad civil” o desde el “activismo ciudadano”. En todo caso, ni una ni otra posición atina, a nuestro juicio, en el blanco. Carecen ambas de mordiente crítico y dialéctico. En este sentido, y ante el resbalón en el que unos y otros incurren, habría entonces que señalar y reivindicar preliminarmente, con el pensador Antonio Labriola, el principio dialéctico fundamental según el cual “si comprender es superar, superar es, sobre todo, haber comprendido”. La noción de esta conexión es que lo que existe solamente es un presente histórico  con una frecuencia de alcance y repercusión de 30 o 50 años, o incluso, en el límite y si se quiere, de un siglo; un presente que se nos ofrece como un espacio amplio, global y prorrogado en el que tiene lugar la convergencia dialéctica de generaciones históricas dadas en el espacio antropológico con grados de influencia, repercusión y correspondencia muy determinados. Una perspectiva de esta amplitud pudo acaso haber sido aquella desde la que Chu En-lai (Primer Ministro chino desde 1.949 hasta su muerte, en 1.976), ante la pregunta que en algún momento se le hizo sobre la influencia y derivaciones de la Revolución francesa en nuestro tiempo, contestó, con intuitiva y penetrante prudencia, que era quizá “demasiado pronto para explicarlo” ¿Demasiado pronto para decirlo habiendo pasado muy seguramente ya más de siglo y medio de que tuvo lugar acontecimiento tan importante? ¿Cuál podría haber sido entonces la “mirada de futuro” de Chu En-lai? Este es el punto.  En todo caso, y para comenzar a fijar nuestra perspectiva, que se dibuja diremos que al pasado pertenece la clase de acontecimientos que “influyen” en nosotros, pero no recíprocamente (la invasión napoleónica a España en 1.808 es una sucesión de acaecimientos que en definitiva coligen una especie de polaridad en las provincias, las revoluciones de independencia americanas no se entienden al margen de esto sin que podamos hacerlo para con ellos). La marca de inicio del pasado es la muerte. El reciente es  el campo de acontecimientos ligados por relaciones de influencia y comunicación entre varias generaciones (por más anacronismo o “anclaje en el pasado” que quiera alguien ver en la perspectiva defendida por un hombre de ochenta y cinco o noventa años, el abuelo de muchos, pongamos por caso, cuando habla sobre Lombardo Toledano, Luis Beltrán Prieto, Juan Nuño José Vasconcelos, Andrés Eloy Blanco, su influencia, la de su relato, no se inscribe en modo alguno en el pasado sino en el presente). Y por cuanto al futuro al futuro, lo, que entendemos desde el contexto filosófico como la clase de acontecimientos en los cuales nosotros podemos “influir” pero de tal manera que ellos no pueden no podrán hacerlo sobre nosotros. El problema de Venezuela está escrito desde el hoy y se sitúa en la correlación de dos perspectivas u horizontes históricos fundamentales. Por un lado, una perspectiva desde el sesgo de visión ampliado o perspectiva de gran angular desde la que estaremos apreciando en su expansión histórico político a Venezuela como nación política independiente durante los dos siglos, el XIX y el XX, a partir de los cuales es posible interpretarlo de esa manera. Pero será una perspectiva que no considera como implícito el corte entre lo ocurrido en la época colonial y la independiente sino que, muy al contrario, considerará a los tres siglos de etapa de dominación como fundamentales al tiempo de analizar las claves y procesos de configuración y decantación histórico cultural y política de Venezuela. En este sentido, nuestra serena  visión general es polisecular, de historia universal, al margen de que, cuando proceda, nos atendremos a límites históricos delimitados para efectos también definidos y puntuales de análisis. (sobre este capitulo volvemos liego).  Muchas, si no es que la mayoría de las claves de nuestro período (lo que muchos yaman con imprecisión los tiempos modernos) hunden sus raíces de configuración dialéctica en otros siglos, lo que implica la necesidad para nosotros siempre presente de “echar” varios siglos (tres, cuatro, cinco siglos) al cómputo en el momento que sea preciso hacerlo. El ataque a las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2.001, por ejemplo, acontecimiento que se registra en el contexto del fundamentalismo islámico, desborda por completo los límites del “mundo moderno e ilustrado” en el que muchos quieren situarse y desde el que sencillamente no pueden entender lo que ocurre al querer contraponer, ante el fundamentalismo y la intolerancia, los principios “ilustrados” de la tolerancia, la democracia y el liberalismo (hay quienes, por ejemplo, ante la advertencia de casos de “islamofobia” que de inmediato encuadran y condenan como discriminación, lo único que se les ocurre oponer es, o la tolerancia, la no-discriminación o, incluso, y cada vez más, la “islamofilia”, incurriendo en un esquematismo simplificador, cándido e insubstancial). Esta es una trampa moderna de la que muchos no pueden salir, con consecuencias en el límite trágicas cuando quienes están en la simulación son políticos o jefes de Estado con responsabilidades de primer orden. Porque acontecimientos como el 11-S hacen necesario, para su precisión y comprensión orgánica, girar hacia atrás, ampliar el ángulo de visión varios siglos con la suficiente frecuencia de alcance como para apreciar contradicciones objetivas en su justa gradación y categoría de antagonismo, y deducir, por ejemplo, entre muchas otras claves fundamentales, las razones por las que un terrorista musulmán se inmola mientras que el sacrificio, para el occidente cristiano (católico o protestante), es imposible. Un terrorista occidental (del IRA, de la ETA) no se ofrendaba. Y esto es así por la presencia de la idea de la sacralidad del cuerpo sistematizada por Santo Tomás (que vivió en el siglo XIII y para quien la razón está en Dios pero también en el hombre) como uno de los nervios esenciales del sentido común y de la racionalidad cristiana occidental (que es, aunque monoteísta, trinitaria, y, por tanto, ontológicamente pluralista y dialéctica). Y es ésta, precisamente (la idea de que la razón está en el hombre), la espina dorsal de toda filosofía o “visión del mundo” de carácter humanista, que no nace, como dicen los manuales, con el Renacimiento, sino que estaba ya prefigurada en el sistema filosófico-teológico cristiano medieval. Dicho en otras palabras, y para aspirar que quede despejado: es a través de la sacralización del hombre (de su cuerpo y de su razón) que el cristianismo pasó a ser la base de toda concepción del mundo de carácter humanista. (volveremos en una nueva entrega).

“Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”

pgpgarcia5@gmail.com

 

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