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Diana Calderón: Jugando con candela

 

A pesar de un buen equilibrio para no caer en trampas dialécticas, electoreras y bélicas por parte del presidente Iván Duque, algunos de su círculo más cercano juegan a despertar los fusiles silenciados. No parecen advertir que están dejando crecer, como bola de nieve, problemas fronterizos adentro y afuera.

Los responsables son nada menos que ciertos miembros del propio partido de gobierno, el Centro Democrático, que no sin razón reclaman el valor del disenso interno. Pero son más los que saben detrás de qué van y lo hacen aprovechándose de sus habilidades políticas y otros por su notoria inexperiencia en el manejo del Estado que, con la calculadora de déficit presupuestal en mano, quieren impedir el curso de algunos programas de Estado.

Es peligrosa la palabra que se convierte en balas, como la amenaza de no descartar una intervención militar en Venezuela en bocas con poder y mentes sin mayor equilibrio, como las de Donald Trump y sus halcones.

Lo dijo primero el embajador en Washington, Francisco Santos, al pedir que no se descartara ninguna opción contra el régimen de Nicolás Maduro. Lo dijo el expresidente y senador, Álvaro Uribe, cuando planteó que las tropas venezolanas debían moverse hacia el Palacio de Miraflores y no hacia la frontera con Colombia, a lo que el vicepresidente Mike Pence remató anunciando que Estados Unidos siempre apoyaría a sus aliados ante una agresión.

Sí, son expertos en esos apoyos. Lo han sido siempre, sobre todo cuando de intervenir naciones y dejarlas destruidas se trata. ¡Tan varones! Tan cobardes los hombres de la guerra que no saben del sufrimiento del pueblo, del miedo que lo corroe con solo ver rondar por la frontera a esos guardias bolivarianos vestidos con sus boinas de color sangre dizque para controlar el contrabando con el que alimentan su corrupción aquí y allá.

Pero no es la única guerra con la que juegan o la que creen que juegan para advertirle a Venezuela que se le cierra el cerco. También cometen la irresponsabilidad de echarle leña al recién apagado fuego del conflicto interno colombiano. Peligrosa es la palabra que se vuelve realidad, aunque se haya negado una y otra vez que iban a volver trizas los acuerdos de paz. Y entonces aparece la excusa de la falta de presupuesto, para no cumplir con los compromisos pactados en momentos en que toman fuerza los grupos disidentes de las FARC, y varios de sus máximos líderes se esconden, en vez de dar ejemplo.

Debe haber una coherencia entre el discurso de la legalidad del nuevo gobierno y los programas que la garantizan, como la política de sustitución de cultivos a los que más de setenta mil familias campesinas han apostado para cambiar la siembra de coca por cultivos alternativos. “Nuestro gobierno trabajará para que el proceso de desmovilización, desarme y reinserción salga adelante con éxito”, fueron las palabras del presidente Duque en la ONU. Le creo, el problema está en que sus escogidos funcionarios no le dinamiten la voluntad.

La coherencia se le debe exigir también a los encargados de impartir justicia. Obligado está el fiscal general Néstor Humberto Martínez a demostrar la culpabilidad de Jesús Santrich para no darles motivos innecesarios a los recién desmovilizados para abandonar sus compromisos con el Estado, con la excusa de que están siendo perseguidos u objeto de montajes por parte del ente investigador y todo para ir haciendo más frágil el proceso.

Ya está demostrado que hacer trizas los acuerdos no era frase de cajón. Mucho de lo que se acordó, hoy es distinto y mucho más se pretende con la recién anunciada reforma a la Justicia Especial para la Paz, cuando incluso ya los militares y terceros lograron tener un sistema distinto de juzgamiento.

Además de jugar con candela, aparecen en el escenario las amenazas jurídicas a opinadores y periodistas. Y una aún más delicada, la de regular la tutela, el único mecanismo de defensa de los derechos ciudadanos, la gran conquista desde la Constitución del 91, a la que le ha aparecido un fantasma del siglo antepasado, la carta de 1886.

¿Vamos para adelante hacia la paz y los derechos o vamos hacia atrás a las guerras, a la prohibición y a la censura? Por lo menos es hora de empezar a preguntárselo.

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