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Rafael Simón Jiménez: Con las tablas en la cabeza

 

La  terrible crisis que martiriza al pueblo venezolano, fue tema principal de debate en la 73º Asamblea General de las Naciones Unidas. Presidentes de gobiernos, jefes de Estado, cancilleres y las vocerías de organismos especializados como la el comité de derechos Humanos, o la Oficina del Alto Comisionado para los refugiados, del sistema Universal, coincidieron en denunciar, censurar y condenar  al Régimen Venezolano como responsable de la catástrofe humanitaria que aquí se vive, resultante de políticas represivas, anacrónicas, fracasadas y corruptas.

En el mundo de hoy, bajo el dominio de la globalización, donde la información y las imágenes fluyen y se proyectan en tiempo real a todos los espacios mundiales, resulta infructuoso el perverso esfuerzo propagandístico de Miraflores, por tratar de tapar, solapar o maquillar los efectos desastrosos de una crisis social, cuyas consecuencias en términos de emigración y éxodo forzado ha terminado por afectar a los países vecinos, desbordados en su capacidad física, logística y operativa para atender a los millones de compatriotas que huyen de Venezuela en las condiciones más lastimeras y precarias tratando de encontrar paliativos al hambre y la extrema necesidad que consume la cotidianidad de los ciudadanos.

Una inmensa mayoría de países votaron en el plenario de la Asamblea General a favor de examinar, si la situación de violación continua y sistemática de los derechos fundamentales pudiera prefigurar la condición  prevista para la llamada intervención humanitaria, otras tantas naciones se pronunciaron en el comité de derechos humanos denunciando la situación de sufrimientos de la población, e instando al gobierno nacional a permitir una visita de inspección de ese organismo, un grupo de naciones  latinoamericanas se coaligan para solicitar al tribunal Penal Internacional que abra causa contra el presidente de la Republica por delitos de lesa humanidad prefigurados mediante la represión indiscriminada y la utilización del terror, la violencia y la fuerza para reprimir a los disidentes políticos y a las protestas populares. En fin desde todos los espacios planetarios se adquiere conciencia de lo nocivo y trágico del malhadado experimento venezolano que pretende sostenerse sobre el uso de la violencia legítima y a la par de los métodos “forajidos “contra la voluntad de la mayoría de los venezolanos.

Este clima de toma de conciencia sobre la gravedad del problema Nacional, tiene interlocución en los principales líderes mundiales que con sus propios estilos y consideraciones han coincidido casi unánimemente en considerar que debe ejercerse una presión política, económica y diplomática sobre el régimen imperante en la búsqueda de una salida que permita restituir la democracia y el pleno funcionamiento de las instituciones en el país y propiciarse un clima de libertades que haga posible la recuperación económica  de Venezuela.

Reducido a un número pequeño y desacreditado de socios, de su mismo pelaje, en la comunidad internacional, el Presidente Nicolás Maduro, se apersono en la Asamblea plenaria de la Organización de las Naciones Unidas, para pronunciar frente a un auditórium casi inexistente, un discurso vago, repetitivo y ramplón, pretendiendo vender una versión de la realidad Venezolana que no coincide en absoluto con la situación de catástrofe económica y social que a diario se proyecta a través de los medios de comunicación internacional, y del que toman debida nota todos los países del continente y el mundo.

Con una retorica que se esfuerza en edulcorar, atenuar o negar, la masiva emigración venezolana cuyas cifras se contabilizan en países receptores y en organismos especializados, el Presidente Maduro reivindica el desgastado principio de soberanía, autodeterminación y no intervención, sin tomar en cuenta de que todos ellos imperantes en el tiempo de la descolonización en los años cincuenta del pasado siglo, hoy se encuentran reinterpretados pues resulta imposible invocar el principio de autodeterminación en un país donde la posibilidad de que el pueblo se exprese fidedignamente esta negado, donde la no intervención no puede servir de frontera impermeable a la violación de los derechos humanos, la represión y la utilización de la violencia y la fuerza contra su propio pueblo, y donde los propios estados delegan soberanía cuando aceptan formar parte de organismos internacionales como la OEA, la ONU, la CPI o los esquemas  de integración regido por principios y clausulas democráticas que autorizan a tomar medidas cuando se violenta el orden democrático.

Solo un grupo de tiranías y gobernante desacreditados de la calaña de Erdogan, Evo Morales, Daniel Ortega o el canciller de Corea del Norte, son capaces de mostrarse solidarios con un régimen que mata de hambre a su pueblo y que se sostiene sobre la manipulación, las trampas y la violencia. El auditórium casi vacío, del inmenso salón Plenario de la ONU, a la hora de oír la cháchara incongruente del mandatario venezolano, aupado solo por su sequito, es el retrato fiel del aislamiento, de la censura política y moral que recae sobre el régimen venezolano, que ha sufrido lo que lo que pudiera calificarse como un autentico varapalo, donde la patética imagen del Presidente es el retrato fiel del que sale con las tablas en la cabeza.

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