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Alberto Medina Méndez: Angustiados frente a tanto desconcierto en Argentina

 

En el discurso de barricada, tanto los dirigentes políticos en campaña, como los gremialistas cuando negocian y hasta la gente en círculo de amigos, toman nota de ciertas circunstancias que deberían invitar a la acción.

Todos recalan en lugares comunes, frases hechas y demagógicos planteos, adulando, invariablemente, a quienes han accedido a un puesto de trabajo, por el solo hecho de tenerlo, como si se tratara de una cuestión azarosa.

Alguien que esta en la actividad laboral, en cualquier posición y rubro, es siempre un sacrificado miembro de la comunidad que merece ser alabado linealmente por sus supuestos logros y conquistas.

La realidad no es esa, y mucho menos en términos absolutos como lo muestran la inmensa mayoría de los halagadores seriales, que buscan aplausos fáciles recurriendo a este relato simplista, incompleto y engañoso.

Muchos asalariados tienen grandes méritos, pero no por tener un lugar en el que desarrollan sus talentos, se realizan como personas y consiguen los medios para vivir con la dignidad que su ingreso les permite.

Lo elogiable en esas escasas historias que no abundan, es que tienen verdaderas ansias de progreso, y eso los lleva a aprender, a esmerarse, a buscar oportunidades sin cruzar los brazos para sólo hacer lo indispensable.

Los mejores muchas veces comparten ámbitos con los mediocres, pero eso no ocurre por decisión de algún perverso empleador, sino que es la consecuencia de una secuencia de creencias incorrectas que han sido instaladas como dogmas irrefutables que no aceptan cuestionamientos.

La existencia de esos retorcidos criterios que hoy rigen, nació con las visiones ideológicas que priorizan la igualdad por sobre cualquier otro valor, y así aparecen la fuerza de ley que impone, por ejemplo, que todos tengan similares salarios sólo porque pertenecen a un eventual convenio colectivo.

Bajo ese inmoral régimen los más eficientes perciben lo mismo que los que no desean aprender ni desarrollar nuevas habilidades, castigando así a los mejores y premiando a los más grises. Casi todo funciona así por aquí.

Un esquema como ese, inevitablemente, desestimula a los que sienten que su ahínco extraordinario no tiene sentido alguno para nadie y que se puede vegetar en un lugar sin que eso implique sufrir secuelas negativas.

Ni hablar de cuando esa matriz ocurre en el sector estatal, en cualquier jurisdicción, porque ahí se agrega el blindaje que tienen los que están en planta permanente que impide despedir a ese personal, convirtiéndolos en intocables miembros de una casta especial de servidores públicos.

Esto no sucede por casualidad. Cuenta con la explícita connivencia de esos personajes que mantienen a sangre y fuego sus propios “kioscos”. Pasa en la política y en el sindicalismo también, pero nada de esto podría pasar si la sociedad no avalara estos dislates con tanta liviandad y complicidad.

Mucha gente no comulga con esa mirada, pero considera políticamente incorrecto romper con esa dinámica por temor a recibir críticas de los interesados directos, esos que usufructúan privilegios especiales sin pudor y que entienden que tienen un indiscutible derecho adquirido vitalicio.

El término trabajadores ha sido tergiversado. Pareciera que sólo están allí los que tienen una remuneración ofrecida por algún empleador, cuando en realidad los empresarios y también los independientes, esos que emprenden por cuenta propia deberían ser parte del mismo concepto.

Hoy existe un dilema mayor de enorme envergadura, provocado por múltiples desmadres, pero también por el escandaloso fracaso del sistema educativo que hoy se sigue defendiendo y por la destrucción de los valores esenciales de una sociedad que pretende verdaderamente evolucionar.

En tiempos difíciles como estos, aun si mañana mismo toda la macroeconomía se enderezara mágicamente y florecieran inversores, nuevas empresas y oportunidades laborales, la calidad promedio del capital humano local es inaceptable en el presente y también de cara al futuro.

Vivimos en una sociedad en la que la impuntualidad es regla, la palabra empeñada perdió jerarquía, el conformismo es un hábito naturalizado, los adultos no tienen sueños ni un plan de vida que se traduzca en grandes aspiraciones personales. Todo se ha devaluado de un modo alarmante.

Los más jóvenes, esos que culminan su formación escolar, rara vez pueden escribir sin faltas de ortografía, tienen gigantes dificultades para resolver operaciones matemáticas sencillas, y lo más grave, no siempre alcanzan a comprender consignas básicas, ni retenerlas para luego ejecutarlas.

Aun si todos los planetas se alinearan, no existe el capital humano suficiente, de alta calificación, que esté a la altura y que pueda ofrecer elevados niveles de productividad que ameriten retribuciones interesantes.

Aquello de que el Estado emplea porque las empresas no captan mano de obra ha terminado trágicamente. Casi todos los que se han desempeñado en el sector público son irrecuperables para el sistema. Ningún inversionista serio les abrirá la puerta a los que no están calificados, ni se esmeran porque no se adaptarían a los exigentes estándares de la actividad privada.

Hay mucho por hacer, demasiado por arreglar. Se precisan cambios inmediatos a nivel de la legislación laboral y una dirigencia que priorice el futuro de cada individuo por sobre sus mezquinos intereses corporativos.

Claro que también la sociedad debe reflexionar acerca de qué clase de futuro pretende y en ese sentido cada persona tiene que revisar sus actitudes, porque esa parte del cambio es indelegable. Progresar implica hacer esfuerzos, sin medias tintas, apostando por lo que viene sin regatear dedicación, ni especular con compensaciones para dar lo mejor de sí mismo.

amedinamendez@gmail.com

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