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Pedro R. García: Reflexión del tiempo político venezolano II

 

“No divaga. Apunta certero. Como don Quijote en su irrefrenable cabalgadura hasta confrontar con los molinos de viento. “Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura”. Este inabarcable territorio se reduce paradójicamente a un destino, el mismo que tomara Alonso Quijano: ser ciudadano y caballero. Es decir la ensoñación del ideal y la realidad de la insumisión para no desfallecer y aliviar las heridas. La escritura: “lanza en astillero” y “adarga antigua”, símbolos para contender con la descarnada realidad y protegerse de su infinito dolor”. (Juan Goytisolo).

Este articulo es también, de índole político y, por tanto tiene la ambición de ser dialéctico y polémico. En el mundo musulmán (que es, rigurosamente, monoteísta, y, ontológicamente monista: “la verdad es una”), por otro lado, y siguiendo a Averroes (que vivió en el siglo XII), el cuerpo es prescindible (pues la razón está en Dios y sólo en él). Esta discrepancia entre Santo Tomás y Averroes, que se inscribe ya en el ámbito filosófico-teológico, remite a la disputa en torno de la idea del entendimiento agente universal aristotélica, y es obvio que desborda por entero los criterios simplificadores de, pongamos por caso tolerancia/intolerancia, avance/retroceso, oscurantismo/claridad, discriminación/no-discriminación, mentalidad abierta/mentalidad cerrada o izquierda/derecha, lo que no implica que no tengan derivaciones decisivas, como ya deberíamos ir insinuando, en la configuración de antagonismos históricos y geopolíticos de gran dificultad y magnitud de nuestro tiempo. Por otro lado, ambiciona estar presente en nuestro abordaje una perspectiva de ángulo de presunción circunscrito (o perspectiva teleobjetiva) reducido a los límites de lo que consideramos nuestro presente histórico inmediato (circunscrito político-ideológicamente), un presente cuyo límite concreto de inicio es la caída de la Unión Soviética. A casi veintisiete años del colapso, y lejos de lo que muchos, con Fukuyama, han querido ver como el “fin de la historia” en tanto que triunfo de la democracia, la libertad y el capitalismo, las coordenadas ideológico políticas siguen estando inscritas dentro de ese marco global. La izquierda, la derecha, el liberalismo, la libertad, la democracia, el Estado de bienestar, el nacionalismo, el socialismo, el fascismo, occidente, la civilización, el totalitarismo o el capitalismo son ideas, ideologías y procesos políticos e históricos que siguen estando problematizados en función del fin de una etapa de la historia: la guerra fría (que pareciera de vuelta), y el colapso del socialismo real. Muchos de los problemas planteados y no zanjados o zanjados  parcialmente, o despejados pero con nuevos problemas como consecuencia colateral en ese período y en el contexto de ese antagonismo ideológico siguen abiertos y vigentes aunque implantados en un suelo político evidentemente que transformado y en transformación (la migración masiva, el poderío chino o el fundamentalismo islámico o neopagano de los países escandinavos de estos últimos años conforman sin duda un contexto distinto y múltiple). Pero no se trata, como muchos creen con una ingenuidad en verdad ya irritante (y muchos de ellos han querido hacer afincarse en esto la característica definitoria de “la izquierda”, lo que incrementa exponencialmente la irritación), que cualquier problema que siga acaso abierto en nuestro tiempo ha de encontrar su solución, o bien poniendo en práctica el expediente de ampliar o profundizar o radicalizar la democracia (fundamentalismo democrático), o bien por medio de la puesta en práctica de la metodología ética del humanismo metafísico para proceder así a humanizar, por ejemplo, al capitalismo (fundamentalismo idealista, o jesuitismo político, en palabras de Lenin), o bien por medio del dispositivo de ampliar las libertades (o los derechos, dirán muchos) desde un punto de vista genérico y metafísico (libertarismo emancipatorio y, por cuanto a las libertades, en el límite, anarquista). En todo caso, y ateniéndonos nuevamente al dictum de Antonio Labriola, podríamos decir que planteamientos como estos son esgrimidos por quienes quieren superar el pasado sin haberlo comprendido en absoluto, haciendo que sus buenas intenciones o, mejor, su inocencia (democrática, ética, humanista o libertaria) no termine siendo otra cosa que la ingenuidad de su ignorancia. Nuestro presente fijado o ceñido, entonces y en todo caso, es éste, lo que hace frívolo e contradictorio querer estar hablando de futuro, o de visión de futuro, como hemos dicho ya. Aquí hablaremos, pues, sobre Venezuela, sobre sus problemas y sobre su problema, en una perspectiva, en definitiva, de historia universal. Y no se tratará tanto de tener perspectiva expectante y de echar una mirada hacia adelante, sino de saber cómo hemos yegado a ser lo que somos, en qué consisten las claves de lo que concurrimos y qué procede hacer al respecto para que eso que hemos yegado a ser pueda permanecer en el tiempo y pueda perseverar e influir históricamente. No lo trazamos desde un nivel de premisas teóricas y político-ideológicas cero, sino que lo intentamos desde un escenario muy especifico de racionalidad política: la del materialismo filosófico (lo que implica tener presente y ejercitar siempre una ontología política, una teoría del Estado, una teoría de la historia, una crítica de la economía política y una crítica de la razón política), y, en un sentido muy general, desde una posición político-ideológica inscrita dentro de la órbita de la izquierda. Pero la factura crítica y polémica con la que escribimos implica también que es la misma idea de la izquierda y sus estándares, al igual, en correspondencia, que la idea de derecha y sus estereotipos, lo que hemos también de someter a crítica y reconstrucción. Y más aún: la tendencia misma de querer agotarlo todo en función de la dicotomía izquierda-derecha será, por su reduccionismo, desestimada en más de un sentido (y, cuando proceda, será también demolida críticamente). Y esto es así en virtud del repliegue total que a este respecto hacemos en torno de la tesis según la cual tanto la izquierda como la derecha son categorías político-ideológicas propias (o exclusivas) del mundo contemporáneo, es decir, que solamente tienen sentido aplicadas a los procesos de configuración política e ideológica de la Revolución francesa en adelante, pero teniendo como límite básico la caída de la Unión Soviética. La dicotomía izquierda-derecha, en efecto, se nos brindó históricamente como la tensión fundamental en el arco histórico de 1.789 a 1.989, pero no es procedente querer inscribir o explicar todo estrato o proceso de organización histórica (o artística, o científica, o filosófica, o religiosa o teológica) dentro de ese marco, pues hay complejidad de claves y efectos de arrojo, multiplicidad de contenidos, de variables y de ritmos de decantación que desbordan por entero los límites del mundo organizado durante los dos últimos siglos. Es y ha sido siempre absurdo y ridículo querer estar hablando de arte de izquierda y arte de derecha, o de progresismo y conservadurismo científico. ¿Y qué decir de los intentos que muy posiblemente pudieran darse por quienes acaso encontraran interés en clasificar a la filosofía o a la teología según si son éstas de izquierda o de derecha? ¿Y cuál es la razón o la evidencia racional (filosófico-teológica) en función de la cual nadie dice nada cuando alguien afirma sin pena ni tribulación que está estudiando o “aproximándose” al budismo, al taoísmo o a la Cabala, mientras que el escándalo más indignado sería la muy segura reacción si, en vez de ser el budismo o la Cabala, fuera el catolicismo a lo que estuviera acercándose la persona en cuestión? ¿Por qué razón rigurosa se afirma contundentemente que el catolicismo es la derecha y el oscurantismo hoy en día? ¿Cómo clasificar entonces al budismo o al chamanismo indigenista? ¿De izquierda? ¿Con qué razón teológica o filosófica, nos respondemos sobre todo por aquello dicho por Carlos Marx en La cuestión judía? cuando afirmaba que “el planteamiento de un problema equivale a su resolución”. En este caso, un planteamiento equivocado equivale a la permanente confusión y oscurecimiento de una cuestión o pseudo-problema: en cualquiera de los tres casos que acabamos de aludir (el arte, la ciencia, la filosofía), lo que estaría ocurriendo en el momento de querer ser apreciadas o reducidas a la luz de las dicotomías izquierda/derecha o progresismo/conservadurismo es una de las tan típicas como desafortunadas puestas en ejercicio de reduccionismo sociológico; un reduccionismo que, junto con el psicologismo, es uno de los más perniciosos vicios confesionarios de nuestro tiempo. La cuestión es entonces que antes de 1.789 no tiene sentido hablar ni de izquierda ni de derecha. Hacerlo implicaría incurrir en un anacronismo completamente inútil. Pero, correspondientemente, el mundo, nuestro mundo, no se explica exclusivamente a partir de 1.789. Quien así quiera hacerlo estaría ofreciéndosenos como alguien cercado dentro de una capital encogimiento de horizontes históricos y filosóficos. ¿Cómo encasillar por ejemplo a Maquiavelo? ¿Era él de derecha o de izquierda? ¿O será más bien quizá que el Maquiavelo de El Príncipe nos ofrecía su costado de derecha (o autoritario, pragmático y sin ideales, dirán muchos) mientras que el de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio nos ofrece su cara republicana (o ética y con ideales, según algunos otros) y, por tanto, de izquierda? El planteamiento carece por completo de sentido, y sólo alguien con concepción estrecha y maniquea podría encontrar interés en encontrar una respuesta a semejante indagación. Ahora bien, por cuanto al período abierto a partir de 1.989 hasta nuestros días, habiendo colapsado el proyecto de socialismo real soviético, no se trata de que no se pueda hablar de izquierda y de derecha, ni de que se haya alcanzado ya el “fin de la Historia”; se trata de tomar nota del hecho de que estamos ante categorías que es necesario reconstruir en sus fundamentos, alcances y contenidos. Pero es precisamente en las tareas de reconstrucción (de nuevas síntesis) en que se apoya toda la dificultad, pues no basta con decir, desde un laconismo atropellado al que se nos tiene cada vez más acostumbrados, que lo que hay que hacer es pasar de un “vieja izquierda” (anclada en los setenta o en los sesenta, como se les enseña a decir a los jóvenes que estudian ciencias políticas, economía o políticas públicas en universidades privadas) a una “izquierda moderna”, ni basta tampoco con repetir en abstracto fórmulas pretéritas al margen de toda su dialéctica interna (y esto vale tanto para las izquierdas como para las derechas). Hemos escuchado en muchas ocasiones a personas que, ante la cuestión de definir qué significa ser de izquierda, recurren a la cansina fórmula trinitaria de la revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad) para tratar de salir al paso ante semejante pregunta, pero saltándose la historia entera de los siglos XIX y XX, y sin tomar en consideración los inconvenientes y contradicciones en los tiempos mismos de la Revolución, de la Convención, del Directorio, del Consulado y del imperio de Napoleón, eslabones todos de una compleja dialéctica política que, en su dramático escalamiento “Cuando se pone uno a dirigir una revolución, la dificultad no está en hacerla avanzar, sino en contenerla”, decía Mirabeau en octubre de 1.789), arrastró al mundo a la evidencia de que, para decirlo de algún modo, no basta con repetir con aire ético y angelical o humanista que para ser de izquierda hay que querer mucho al pueblo y defender la libertad, la igualdad y la fraternidad, y que, correspondientemente, quien está en la derecha está en contra de tales principios y estarán por tanto yamados a ser caricaturizados burdamente con referencias o a Franco o a Hitler, sin tomar en serio (porque es obvio que se sabe) el hecho de que ellos tampoco existen más, y sin entender, siquiera mínimamente, las razones y problemas que, a su juicio y desde sus coordenadas (las de Franco, Hitler o Mussolini quien, por cierto, militó al igual que Gramsci en el mismo Partido Socialista Italiano antes de la creación del PCI en el congreso de Livorno, en 1.921).Toda nueva síntesis y reconstrucción (política, ideológica) son solamente posibles si se cuenta con una plataforma filosófica con la suficiente codificación y la fuerza abarcadora como para comprender todo lo viejo al tiempo mismo de ser hábil, dialécticamente, de incorporar, defendiendo estructuras fundamentales, todo lo nuevo (por que nada surge de la nada ni, tampoco, hay nada, salvo “Dios padre”, que pueda ser Causa sui). El armazón desde la que algunos intentamos y desde la que queremos encarar este necesario cometido sucinto y sistemático es la plataforma del materialismo filosófico. Pero el envión de este empeño es de fibra política (el sistema nervioso central en su conjunto es, digamos, filosófico) y ni siquiera pretende estar escrito “desde la izquierda” o “desde la democracia” o porque “seamos demócrata” (que a ese respecto el de “ser demócrata”, nuestra posición es, guardando con respeto las insalvables distancias, como la de Aristóteles, es decir, le daba lo mismo serlo que no serlo puesto que lo que importa en realidad es ser, ante todo). Es político este ensayo en tanto que quiere recoger y acogerse a la perspectiva ofrecida por las más importantes figuras que la tradición nos ha dado en materia de pensamiento y práctica políticos: Tucdides, Platón, Aristóteles y Cicerón, por cuanto al mundo clásico y por vía de ejemplo; y Maquiavelo, Marx, Lenin, Gramsci, Mariátegui, Molina Enríquez, Vasconcelos, por cuanto al mundo moderno y contemporáneo (y a título de ejemplo también). Todos ellos han sido, hasta la médula, políticos además de teóricos de la política y del Estado; ninguno de ellos tuvo presente la posibilidad de considerarse a sí mismos como “intelectuales” o como académicos (es decir, como catedráticos) alejados de la política y de lo político, y es esa perspectiva de política gruesa en su sentido clásico la que en definitiva queremos adoptar en el desarrollo de estas notas en la medida precisa en que es sólo desde ellas  podríamos repetir con Mariátegui que, en efecto, “la política, la gran política, es la trama de la historia”. (Volveremos sobre el tema en una tercera entrega).

“Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”

pgpgarcia5@gmail.com

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