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Ramón Guillermo Aveledo: Locura

 

Mi escena favorita en El Gran Dictador, la cinta de Chaplin de 1940 que satiriza a Hitler y al Nacional Socialismo, es en la que en la soledad de su gigantesco despacho, el Führer de aquella farsa juega con el globo terráqueo que es liviano como una pelota de playa. Baila. La empuja con las manos, le da patadas suaves, la eleva y la recibe. Se cree destinado a ser dueño del mundo.

Hay algo infantil en la escena, como su pleito con el que parodia a Mussolini lanzándose comida en la cena no es la pelea de dos adultos sino de unos muchachos pequeños malcriados, como de Los Tres Chiflados. Se ve ridículo y lo es. Y así se ven las dictaduras desde fuera, por quien no las sufre. Por eso son materia prima para el cine y la literatura. No todo dictador es loco, pero la dictadura en sí misma es una locura. ¿Qué otra cosa puede ser la creencia de una persona o un pequeño grupo de personas de que podrán mandar a todos, todo el tiempo y, en las dictaduras totalitarias, en todo?

El Hitler viejo y amargado de La Caída, creíble en la actuación de Bruno Ganz tiembla por el Parkinson como cruje su cruel fantasía de poder total y para siempre.

La prepotencia los lleva a creerse omnipotentes. Al ser impotentes ante los problemas consecuencia de sus decisiones insensatas, se victimizan y cargan a otro la responsabilidad que son incapaces de asumir. Hitler culpaba a los judíos de los males habidos y por haber. Dicen que Nerón incendió Roma, una espectacular escena cinematográfica que no se le hubiera ocurrido al director más extravagante, dejó que corriera la versión que lo señalaba y a nadie castigó por regarla, pero culpó a los cristianos y los reprimió. Cada quien encuentra su “guerra económica” con tal de no afrontar las consecuencias de sus actos.

La gente de Cinepsicoanálisis me invitó a su cine foro y compartí la mañana del sábado 29 con profesionales venezolanos de distintas especialidades viendo la película y conversando a propósito de ella.

En los dictadores vemos episodios maníacos e hipomaníacos, paranoias que por cierto no les son exclusivas, trastornos narcisistas e histriónicos. David Owen, médico y político inglés que ha estudiado el tema, cree sin embargo que normalmente no pierden el uso de sus facultades al punto de no ser responsables de sus actos. Lo son. En Mussolini y Mao se advierten síntomas de trastorno bipolar, de la exaltación a la depresión.

Tarde o temprano los adulantes y aprovechadores se van. Para ellos, es fácil.

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