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Pedro R. García: Reflexión del tiempo político venezolano III

 

En uno de sus cursos de doctorado el filósofo Franz Hinkelammert nos narra una espléndida ópera de Wagner intitulada: La Marcha de los Nibelundos como parábola del capitalismo: “Un líder avanza con sus tropas desde el Rin a la corte del rey Atila. El viaje esta lleno de amenazas y peligros, pero caminan con ánimo firme y desafiante ante la muerte que los acecha. En el camino encuentran un clarividente que les asegura que nadie va a volver vivo excepto el capellán. Pero no hacen caso y siguen adelante. Cuando están cruzando un río lleno de torbellinos, el líder ordena que arrojen al capellán al agua. No tiene ninguna posibilidad de alcanzar la orilla nadando y así, al morir el capellán, se mostrará la falsedad de la profecía. Sin embargo el capellán es tragado por el torbellino y lanzado por este a la ribera. El capellán se salva. Todos están convencidos ahora que van a morir. Sin embargo deciden, felices, seguir adelante. Parece pues que la muerte puede ser fascinante y atractiva. Asegurar que la humanidad se esta suicidando y saberlo no significa que va a dejar de quererlo”.

Una acotación necesaria…

El particular interés que tenemos en limitar y destacar, en el marco del análisis dentro de algunos temas anteriores, este capitulo se inscribe, en la perspectiva clásica (de estudios clásicos) greco-romano. El problema de Venezuela requiere de ser vertido  entonces en un ensayo político en el mismo sentido en que, y guardando las distancias pongamos por caso, La República o Las Leyes lo fueron en el caso de Cicerón. Eran tratados (políticos, jurídicos, filosóficos) escritos por alguien sumido con severidad en su involucramiento público con la vida política de su tiempo (de re-publica) y ante cuya vista tuvo lugar el colapso de una época (la crisis de la República romana, la dictadura y muerte de César, el advenimiento del Imperio de Augusto que ya no pudo ver Cicerón) que, en su despliegue y contenidos, estaba yamada a recubrir con su sombra y por entero a la tradición política occidental. En definitiva: esta indagación es política en tanto que tiene a la vista las grandes contradicciones y las grandes ambiciones; los arrojados dirigentes y los grandes traidores; las colosales fracturas y las más trágicas decisiones; los hombres más virtuosos e inteligentes y los más sórdidos y frívolos; las crecidas complicaciones políticas los espinosos problemas de la política; y en definitiva: es político en la medida en que tiene a la vista las tradiciones clásicamente rigurosas de la República romana en las que, según la penetrante interpretación de Carlos Marx, se inspiraron los dirigentes de la Revolución francesa para obtener de ellas los ideales, las formas artísticas y las utopías que necesitaban para “ocultarse a sí mismos el contenido burguesmente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica”(El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte). Pero no se trata nada más de una selección ésta que imaginamos de la tradición clásica a título de fuente de inspiración. Se trata sobre todo de una inclinación metodológica y dialéctica conscientemente asumida que queremos ejercitar como antídoto ante una muy acusada tendencia de nuestro tiempo, una especie de moda la apolítica. En efecto, una sin duda justificada repulsión y hartazgo para con los políticos y, en general, para con la clase política, ha desembocado en un muy característico repliegue que en torno de la sociedad civil y la ciudadanización de la política se ha venido dando a lo largo de los últimos años. El oportunismo, la corrupción, la mediocridad, los errores y la cobardía de tantos y tantos requiebros físicos y orales que saturan el foro público, además con sus muecas y sonrisas afectadas han condicionado a muchos sectores de la sociedad (desde el ciudadano pequeño-burgués hasta el activista anti-político) a repudiar en bloque y por ya no nada más a los políticos sino a la política misma. Y es desde este repliegue desde donde hay que apuntar a encontrar salida a lacomplejidad de problemas fundamentales del país. Nadie confía ya en los políticos y crece cada vez más, en ciertos sectores sociales, la creencia de que “ciudadanisándolo” todo (es decir, todas las instituciones del Estado: ciudadanización de los partidos políticos, del ejército, de las elecciones,  de los medios de comunicación, de la cultura) es como se logrará alcanzar un la recuperación (o de liberación, de la justicia social y autonomía con su conquista se encauzarán tomos enteros de filosofías de la liberación, de éticas, de políticas, de la igualdad, de pedagogías de la liberación). Sin perjuicio de que podamos compartir puntualmente el descrédito y reprobación de la mayoría de los venezolanos sienten por tantos y tantos políticos imperceptibles, oportunistas, inconscientes y ladinos (y es mejor no dar nombres); y esto es así porque, desde nuestra perspectiva, la figura fundamental de la política y de la historia o, para decirlo con José Revueltas, el sistema por excelencia de la historia es el Estado en cuanto a su estructura, contenido y funcionamiento, es decir, por sus instituciones orgánicamente contempladas. No se trata entonces de que sólo y exclusivamente desde la sociedad civil o desde la ciudadanía hayan de buscarse las soluciones. Pero no se trata tampoco de decir que el ciudadano o la sociedad son prescindibles ante la razón o las razones de Estado, o de que haya que desestimar la yamada “participación ciudadana”. La cuestión es que el Estado mismo está ya subordinado por entero a la sociedad civil (una sociedad civil cuya anatomía, según el Carlos Marx derivándolo de Hegel, no es otro que la economía política). La dicotomía sociedad civil-Estado es entonces una simulada dicotomía, se trata en todo caso de instancias o momentos que tienen lugar y se despliegan en la historia. Como apunto Antonio Gramsci: “el apoliticismo de los apolíticos fue sólo una degeneración de la política: negar y combatir al Estado es un hecho político tanto como intervenir en la actividad histórica general que se unifica en el parlamento y en las comunas, instituciones populares del Estado”. No se trata de “dejar de hacerse los bobalicones” y pedir “que se vayan todos” los políticos. Se trata de atinar y definir quién y según qué criterios puede ser un político íntegro, un genio político, y cuál y según qué criterios puede ser el mejor y más ejemplar régimen político. Pero la política y el político, en todo caso, son figuras constitutivas y, por tanto, necesarias, de la historia y de la vida en la ciudad. Dice Gramsci nuevamente (estamos citando su artículo La conquista del Estado, de 1.919): “el genio político se reconoce en esta capacidad de apoderarse del mayor número posible de términos concretos, necesarios y suficientes para fijar un proceso de desarrollo; y en la capacidad de anticipar el futuro próximo y remoto y sobre la línea de esta intuición iniciar la actividad de un Estado, jugar la suerte de un pueblo”. Y es aquí entonces donde la figura clásica nos ofrece toda su luminosidad para apreciar en su justa escala y proporción al político, al estadista, al guerrero, al hombre prudente, al ciudadano moderado, a la sociedad virtuosa, al régimen político mejor. El problema de Venezuela es así también un ensayo político en la medida en que reivindica a la política y en la medida en que quiere encontrar, ahí donde éste se encuentre, al hombre político decente, al estadista inflexible, sensato y, por tanto, trágico. A ese hombre o mujer a través de cuyas acciones políticas nos sea posible encontrar manifestadas virtudes fundamentales (valentía, moderación, sensibilidad, justicia, sobriedad, sabiduría, gentileza, desprendimiento, grandeza, arrojo). Ocurre entonces, así, que la configuración armoniosa del problema de Venezuela cifra en una escala tonal y rítmica que querrá ser yevada a registros de majestuosidad trágica semejantes a los de la sinfonía del mundo clásico, como decía Toynbee. Una vez alcanzado ese registro, la figura del Estado y sus despliegues dialécticos (dialéctica de clases a su interior, dialéctica de Estados hacia su exterior) se nos podrá aparecer como lo que, desde nuestras coordenadas, en realidad es, es decir, como el sistema por excelencia de la historia. Una escala como esta es la misma desde la que  Maquiavelo, Hegel, Marx (el lector de Mommsen) o Ronald Syme interpretaron a la política; y es la misma desde la que, en nuestro presente, lo hacen también con penetrante y lúcida sindéresis filosófico-histórica el recientemente fallecido. profesor Gustavo Bueno (véase su Primer ensayo sobre las categorías de las “ciencias políticas” o su España frente a Europa) o el profesor Luciano Canfora (véase su Ideologías de los estudios clásicos, su César. Un dictador democrático o su (Noi e gli antichi). Momento que un estadista es, sobre todo, un hombre extinto, es decir, que muchas veces el arrastrar e influencia de sus acciones se manifiestan con toda su firmeza y vigor estructural treinta o acaso cincuenta años después de su muerte, y es sólo hasta entonces como su figura se nos aparece en su justa escala y magnitud. Esta es la razón por la que, al estar por “encima de su tiempo”, el estadista es casi siempre un hombre rodeado de incomprensión y destinado a una muy singular forma de soledad histórica. Como sabemos todas las generaciones se suceden las unas a las otras en una escala antropológico-sociológica, pero la novedad o juventud de una generación determinada en su momento de desplazamiento de generaciones anteriores no es garantía suficiente como para poder ser considerada como una generación que habrá de hacer historia. La apelación a la juventud o a la innovación que tan frecuentemente se hace en contextos sobre todo políticos es vista entonces como otra muestra más de frivolidad intelectual. Otra cosa es considerar que algún evento puntual carezca por completo de precedentes, lo que hace de él, en efecto, algo inédito; pero el hecho de que un acontecimiento sea inédito no garantiza que sea también, necesariamente, un acontecimiento histórico en virtud de la posibilidad de que, por más transformador que pueda parecer a muchos, sus consecuencias estén yamadas a tener un radio de alcance y repercusión mínimas, insignificantes o redundantes. Situamos estas notas entonces en una posición antagónica con una tendencia muy característica de nuestro tiempo desde la que quiere ponerse en operación una desactivación ideológica de las determinaciones históricas de la política y del presente. Se trata precisamente de las ideologías formalistas (es decir, no materialistas) que podríamos yamar futuristas, corporativistas o, también, individualistas (que apelan al futuro, a la visión de próximo y a la modernidad o modernización) con las que se hace abstracción de las líneas y trayectorias (políticas, ideológicas, orgánicas) de calado histórico-político y estatal para aislar al individuo y acorazarlo dentro de los límites del individualismo metodológico y contraído de un presente perpetuo en donde sólo importan categorías como las de calidad de vida, bienestar, libertad de elección, desarrollo, felicidad, progreso, identidad individual psicológico-subjetiva, democracia,  Todo se centra en el individuo y en su “elección racional” como sujeto volátil dentro del mercado saciado capitalista. El ideal de esta sopa ideológica y democrática formalista es el consumidor satisfecho a-histórico, a-crítico, sensible, sentimental, espiritual, subjetivista, funcional: todo será cuestión de actitud y de conducirse siempre con una perspectiva ético individual, tolerante, respetuosa siempre de todo y de todas y todos, que no juzga nunca sino que comprende y se compadece de la otredad del otro y de lo otro.

“Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

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