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Manuel Taibo: Israel y el desastre permanente del Estado de Apartheid

 

Mientras los analistas se pelean por entender el dilema de Davos, un nuevo consenso está emergiendo. No se trata de que el mercado se haya hecho inmune a la inestabilidad, al menos, no exactamente. De los que se trata es de que un constante flujo de desastres es ahora tan esperado que el siempre adaptable mercado ha cambiado para adaptarse a este nuevo statu quo: la inestabilidad es la nueva estabilidad. En debates acerca de este fenómeno económico después del 11-S, Israel es a menudo puesto como ejemplo de un tipo de prueba instrumental. Durante gran parte, Israel ha experimentado, de manera reducida, su propio dilema de Davos: las guerras y los ataques se han ido incrementando pero la Bolsa de Tel Aviv ha alcanzado niveles record al lado de toda esta violencia. Como un analista del mercado de valores apuntó en Fox News después de la explosión de las bombas del 7 de julio en Londres: “En Israel se las tienen que ver con la amenaza del terror cotidiano, y ese mercado crece durante el año”. Como la economía global en general, la situación política de Israel es, y la mayoría está de acuerdo, desastrosa, pero su economía nunca ha sido más fuerte, con unas tasas de crecimiento que rivalizan con las de China o India.

Lo que hace interesante a Israel como modelo de las “armas y caviar” no es sólo que su economía resiste frente a algunos de los más grandes shocks políticos, como la guerra de 2006 con el Líbano o con Hamás en 2007, sino también que Israel ha creado una economía que se expande considerablemente como reacción directa a la escalada de la violencia. Las razones del nivel de confort de la industria israelí con el desastre no son tan misteriosas. Años antes de que compañías europeas y americanas comprendieran el potencial del boom de la seguridad global, las compañías de tecnología israelís fueron enérgicamente pioneras en la industria de la seguridad interna y, hoy en día, continúan dominando el sector. El Instituto de Exportación Israelí estima que Israel tiene 350 corporaciones dedicadas a vender productos para la seguridad interna y que otras treinta nuevas entraron en el mercado. Desde una perspectiva política y social, Israel debería servir como algo más que una dura amenaza. El hecho de que Israel continúe disfrutando de prosperidad económica, incluso cuando lleva a cabo guerras contra sus vecinos y escaladas de brutalidad en los territorios ocupados, demuestra sólo cuán peligroso es construir una economía basada en la premisa de la guerra continua y en los cada vez más profundos desastres.

La actual habilidad de Israel para combinar “armas y caviar” es la culminación de un dramático cambio en la naturaleza de su economía respecto a los últimos años, una economía que había tenido un profundo y poco examinado impacto en la paralela desintegración de las perspectivas de paz. La última vez que hubo una perspectiva creíble de paz en Oriente Medio fue a principios de los años noventa, un tiempo en el una potente agrupación de israelís creía que la continuidad del conflicto no era una opción a largo plazo. El comunismo se había hundido, la revolución en las comunicaciones estaba empezando y existía una extendida convicción dentro de la comunidad de negocios israelí de que la sangrienta ocupación de Gaza y Cisjordania, agravada por el boicot de los países árabes a Israel, estaba poniendo el futuro de la economía de Israel en peligro. Viendo la explosión de los “mercados emergentes” por todo el mundo, las corporaciones israelíes estaban hartas de estar estancadas por la guerra; querían ser parte de los altos beneficios de un mundo sin fronteras y no estar acorraladas en una contienda regional. Si el gobierno israelí pudiera negociar algún tipo de acuerdo de paz con los palestinos, sus vecinos levantarían sus boicots y el país estaría perfectamente posicionado para ser el centro neurálgico del libre comercio en Oriente Medio.

Fueron muchos los factores que contribuyeron a la posterior ruptura. Los israelís culpaban a los atentados suicidas y al asesinato de Rabin. Los palestinos apuntaban a la frenética expansión de los asentamientos ilegales por parte de Israel durante el período de Oslo como prueba de que el proceso de paz estaba fundado, según palabras de Shlomo Ben-Ami, ministro de Asuntos Exteriores del gobierno laborista de Ehud Barak, “en bases neocoloniales”, diseñadas de tal manera que “cuando finalmente se llegase a la paz entre los palestinos y nosotros, habría una situación de dependencia, de una estructurada falta de igualdad entre las dos entidades”. Los debates sobre quién hizo descarrilar el proceso de paz son bien conocidos y han sido exhaustivamente explorados. Sin embargo, dos factores que contribuyeron a la retirada al unilateralismo de Israel han sido poco comprendidos y raras veces discutidos, ambos relacionados con las costumbres estratégicas que la cruzada del libre mercado del libre mercado de la Escuela de Chicago desarrolló en Israel. El lanzamiento de la economía de exportación de Israel, que de estar basada en la alta tecnología y en bienes tradicionales pasó a ser desproporcionadamente dependiente de la venta de aparatos y destrezas relacionados con el antiterrorismo. Ambos factores fueron fuertemente perjudiciales para el proceso de Oslo: mientras la rápida expansión de la economía de seguridad de alta tecnología creaba un poderoso apetito dentro del rico Israel y los sectores más poderosos se decantaban por el abandono de la paz a favor de la continuación de los enfrentamientos y la expansión de la guerra contra el terror.

*La Tierra estaba toda corrompida ante Dios y llena toda de violencia. Viendo, pues, Dios que todo en la Tierra era corrupción, pues toda carne había corrompido su camino sobre la Tierra, dijo Dios a Noé: “El fin de toda carne ha llegado a mi presencia, pues está llena la Tierra de violencia a causa de los hombres, y voy a exterminarlos de la Tierra”. Génesis 6,11

 

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