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Manuel Taibo: Causas de la desaparición del indio

 

La casi totalidad de los grandes conquistadores son andaluces y extremeños. Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, y Hernando de Soto, son de la eufónica Villanueva de la Serena; Jiménez de Quesada y Hernández de Córdoba, granadinos. Pedro Mendoza es de Guadix. Alvarado, Cortés y Pizarro, extremeños. Balboa es de Jerez, de los Caballeros; Alonso de Ojeda es de Sevilla, lo mismo que Rodrigo de Bastidas y la gran mayoría de los personajes de segundo orden.

Aunque las leyes de Indias prohibían esclavizar a los aborígenes que se sometiesen a la Corona, cuando escaseaban los insurrectos, se echaba mano a los otros para venderlos como esclavos en Orán, Trípoli.

En 1504 se declararon esclavos a los caribes “por el pecado de sodomía y de idolatría y de comer hombres”. Como es de suponer, no tardaron los conquistadores en encontrarlos plagados de esos defectos. De esta forma se despoblaron las Antillas y toda la costa de Tierra Firme.

La mita era una ley bárbara, según la describe Humboldt, que consistía en trasladar al varón indio lejos de su familia a trabajar en minas o donde faltasen brazos para beneficiar la tierra. Toda se practicaba en el Perú en 1804. La mayoría muere, sea por el hambre, nostalgia o cambio de clima. En 1678, Melchor de Liñán refiere cómo se mueren los indios que son trasladados de la sierra al llano.

Con la introducción del negro, se empeoran sus condiciones al ser desalojados de los sitios de trabajo. Desposeídos e impedido de ser esclavo, la situación del indio es miserable. En la noche del 28 de Agosto de 1784, una helada destruyó en México la cosecha de maíz; por esta causa murieron 300.000 personas en todo el reino de la Nueva España.

No permanecieron impasibles los aborígenes ante este estado de cosas. En Venezuela, y en todas las regiones ocupadas por los Caribes, combatieron hasta desaparecer. La mayor parte de la población prefirió la muerte o la emigración, antes que someterse al régimen de encomiendas.

En otros países como México y Perú, cada cierto tiempo se producían levantamientos destinados a restaurar a los descendientes de los aztecas y de los Incas. Cada insurrección se acompañaba de matanzas, deportaciones en masa de los hombres y rapto de las mujeres.

Esta es una de las causas fundamentales de la despoblación indígena. El Viajero de Indias se igualaba con el indio a punta de tizona, hambre, viruela y encomiendas.

La poligamia entre españoles e indios, fue el signo de la conquista desde México hasta el Río de la Plata. Cada conquistador, además de su mujer legítima (india por lo demás), poseía dos o tres mujeres. Hernán Cortes tuvo una hija de Marina. Con Leonor Pizarro, india de Cuba, le nació Doña Catalina, más tarde legitimada por el Papa Clemente VII. Francisco Pizarro, en una hermana de Atahualpa, tuvo tres hijos naturales reconocidos, Francisco y Doña Francisquita, y otro en una india llamada Doña Inés.

Perseguidos como perros, los indios fueron reducidos a la condición más inhumana. Sus mujeres les negaban sus favores. Decía el Obispo de Cuba que “a tal estado les había llegado la abstinencia a los indios, que una vieja de 80 años parecía un bocado apetitoso”.

En semejantes condiciones es natural que el hombre de nuestra América se fuese consumiendo de tristeza y rencor, hasta hacer prácticamente imposible la continuidad de su raza. Por esta causa, dos generaciones más tarde casi no quedaban indios en los pueblos españoles.

Hay una vieja leyenda india que explica el origen de los cactus y de las orquídeas que se ocultan en la penumbra de la selva, por compasión de los indios. Condolido por la suerte de su pueblo, Dios transformó a sus guerreros en ágiles y espinosos cactus que en orden de batalla parecen esperar a un enemigo y ocultó en el cerrado celaje de la selva a sus púdicas doncellas. El hierro al rojo sacó no sólo gritos de la selva al alma adormecida del Trópico, llegó a extraerle las más hermosas leyendas. Así sufriría la carne morena con el tizón y el perno, el látigo y empalamiento.

Con la llegada de las negras esclavas, nuevas vías de proyección demográfica se sumaron al español. “Los españoles prefirieron desde el primer momento a las negras que a las indias por su mayor zalamería y emotividad”. “Es muy usual que un criollo, después de comer, mande al campo por una de sus favoritas, que a toda prisa se la remite a casa, llevándosela a su cuarto, bien calentita y anegada de sudor; después se toma su siesta de una hora, mientras ella vuelve a su labor, de este modo se apropia una por turno casi diario”.

A lo largo de toda la historia colonial no pasan al Nuevo Mundo más de ciento cincuenta mil españoles. Por eso tenemos que aceptar que los cuatro millones de blancos y cinco millones de pardos que tiene la América Española hacia 1825 descienden, en su casi totalidad, de aquellos veinticinco mil expedicionarios que entre 1492 y 1559 reciben el nombre de Viajeros de Indias.

Como puede verse, el origen del hombre blanco en nuestra América y su mezcla se debe fundamentalmente a ese pequeño núcleo de los Viajeros de Indias. Por eso, tiene tanta importancia para nosotros saber quiénes eran aquellos mil hombres. En ello nos va la esencia, como el embrión, la naturaleza de los gametos que producen el huevo.

En 1570 la raíz troncular de la población venezolana está echada sobre esos mil hombres, que a lo sumo se encuentran en las entonces llamas Caracas, Cumaná, Margarita, Barquisimeto, Mérida y Maracaibo.

El conquistador, al igual que su descendiente, fue el macho omnímodo. Como un padrote de cría, emprende la tarea de poblar un nuevo mundo, con la negra a su derecha y la india a la izquierda. Andrés Eloy Blanco plasmó la escena en estas bellas estrofas de su Canto a España:

…y el mundo, estupefacto, verá la maravilla de una raza que tiene por pedestal tres quillas…

Por esto, el Viajero de Indias es el padre del hombre de nuestra America, Como dice el poeta: “El abuelo en las Evas indianas multiplicó su vida”.

¿Y cómo fueron?

 

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