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Néstor Francia: Bolsonaro y el PT

 

Un ingenioso mensaje de Twitter del investigador argentino Andrés Malamud, habla de “la paradoja brasileña: elegir a un fascista de verdad, creyendo que es de mentira, por miedo a un comunismo de mentira que creen que es de verdad”. Me parece mucho más que un juego de palabras y acaso resume apretadamente el drama que se vive hoy en el gigante del Sur.

Hace pocos días, en el programa Vladimir a la 1, me autodefiní como un fanático de la realidad, el único fanatismo que me queda, sin contar a los Leones del Caracas ni a mi relación con mi perrita Mía, que es más que amor, frenesí. Por ello me cuesta opinar sobre Brasil, ya que nunca he estado allí, nunca he pateado sus ardorosas calles ni compartido en directo los dolores y las alegrías de aquel pueblo hermano. Eso lo digo porque, como suele suceder, ahora pululan por doquier una especie de “especialistas en asuntos brasileños”. De manera que adelanto de una vez que solo voy a elucubrar, pues me falta el dato principal: la insustituible realidad del día a día que vive y padece el brasileño común.

El resultado de la primera vuelta electoral de Brasil me hace barruntar un par de cosas: la primera es que la cacareada popularidad de Lula y del PT de pronto no es más que un mito inflado por la imaginería de la izquierda latinoamericana. El candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad, recibió menos del 30% de los votos válidos, mientras que Dilma Rousseff quedó detrás de la ambulancia en su aspiración senatorial para el estado de Minas Gerais, llegando de cuarta con apenas el 15% de los sufragios. Pero además otro candidato a senador del PT, Eduardo Suplicy, que compitió por un escaño en el Senado para el importante estado de Sao Paulo, sufrió igualmente una apabullante derrota, alcanzando apenas el tercer puesto con solo el 13% de los votos, no pudiendo entrar a la Cámara Alta. En general, los resultados del PT fueron altamente negativos.

Alguien tendrá que analizar, con mayor capacidad y acopio de información que yo, lo que realmente le pasó al que sigue siendo, de todas formas, el partido político más importante de Brasil, visto individualmente. Por mi parte, me apoyo en el inteligente retruécano de Malamud para dar rienda suelta a mis suposiciones. Uno de los dramas del progresismo en América Latina es que sus gobiernos no terminan de definir su suerte entre ser chicha o ser limonada. Pareciera que todo lo han venido dejando a medio camino: la transformación económica, la revolución cultural, la transferencia del poder a los ciudadanos, el ejercicio de nuevos tipos de gestión política y de gobierno, sin olvidar la recurrencia de vicios atávicos propios del poder: corrupción, nepotismo, tráfico de influencias, soberbia, prepotencia, autosuficiencia y pare usted de contar.

Por otro lado, la convivencia con los usos electoralistas, propagandísticos y organizativos de los factores de la democracia burguesa, han terminado por confundirlos con la derecha en la percepción popular: van dejando de aparecer como revolucionarios y comienzan a ser considerados “políticos” en el peor sentido de la palabra. Se diluye el encanto fundacional y se enseñorea la maldición de la Historia, por la cual el poder es un instrumento de exclusión aunque quiera ser presentado como todo lo contrario.

Según Gerardo Szalkowicz, en su artículo “Brasil. ¿Cómo se engendró el monstruo Bolsonaro?” (Resumen Latinoamericano, 11 de octubre de 2018), “Como la política aborrece el vacío, Bolsonaro aparece como el candidato antisistema -pese a que hace 28 años ejerce como diputado- que promete resolver esta crisis multidimensional a fuerza de mano dura y prédica mesiánica”. Si algo caracteriza a casi todas las sociedades  latinoamericanas de hoy es la sensación de desorden, de anarquía, de “crisis multidimensional” que las estigmatiza, no solo con el desconocimiento de las leyes tanto por parte de factores gobernantes como de los mismos ciudadanos, sino también con la acción de poderosas bandas delictivas organizadas, con la participación a menudo incluida de policías y militares, que practican el chantaje, el soborno, el contrabando, el tráfico de drogas, el sicariato, el paramilitarismo. Ante esta situación, cualquier canalla con un discurso que ofrezca “orden” y “autoridad” puede encantar a las serpientes del pueblo.

Otro factor que no puede ser ignorado es señalado igualmente por Szalkowicz: “No se pueden entender esos 50 millones de votos sin la militancia activa que desplegó la poderosa Iglesia Universal del Reino de Dios. La fuerza evangélica neopentecostal -que juega cada vez más en el terreno político en toda la región- ataca en tres frentes simultáneos: en el Congreso, donde “la bancada de la Biblia” controla la quinta parte de la Cámara de Diputados; en la prensa masiva con su multimedio Record, el segundo del país achicándole distancias a la Rede Globo; y en las barriadas populares, donde tiene una penetración territorial que no logra ningún partido”.

En Venezuela, la incidencia del fundamentalismo religioso evangélico, mucho más conservador y peligroso que el de la decadente Iglesia católica, ya dio una campanada con el millón de votos que se llevó el pastor Javier Bertucci en la más reciente elección presidencial.

En fin, viene el balotaje y nosotros nos enfrentamos a esa perspectiva con talante mágico-religioso: quiera la Providencia que gane Haddad y si no, que Dios nos agarre confesados.

Sea como sea, los revolucionarios venezolanos deberíamos poner las barbas en remojo y vernos en el espejo de nuestros congéneres de Brasil. Siempre puede haber vuelta atrás mientras no se alcance lo que Chávez llamó “el punto de no retorno” ¡Ahora es que falta!

 

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