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Antonio Sánchez García: Bolsonaro, una nueva conciencia histórica

 

A Fernando Henrique Cardoso @FHC

A juzgar por los grandes medios impresos de las principales potencias, las opciones políticas de la actualidad parecieran ser excluyentes y condenatorias: un pasadizo como de mataderos que te obliga a seguir el rumbo al degüelle y ningún otro. Lo dictan los medios ante la rebelión de las redes. Controlados unos por los llamados liberales progresistas, y las otras por la espontánea reacción de quienes, los pies sobre la tierra, viven el día a día del sometimiento al Poder y buscan desesperadamente quien los represente políticamente para cambiar sus empobrecedoras circunstancias. Ante la decadencia de los viejos partidos, sin tener otras referencias que las surgidas espontáneamente del seno de sus sociedades: por ejemplo, Donald Trump y Jair Bolsonaro. Después de los afrodescendientes Barak Obama y Lula da Silva, los nuevos blancos malditos.

No se me ocurren más que dos ejemplos manifiestos y notables de esa alternativa condenatoria: el radicalismo de izquierdas, herencia del bolchevismo, ahora edulcorado, aunque ya asentado en los comandos del progresismo mundial, el Vaticano y las cúpulas de la ONU, y el radicalismo de derechas, último escape ante la aparente invencibilidad de sus enemigos. O si se prefiere, para remitirnos a un ejemplo candente: el respaldo abrumador del status quo del liberalismo mediático mundial al candidato del lulismo brasileño, Fernando Haddad, aún en conocimiento de los escandalosos casos de corrupción llevados adelante por el lulismo y su responsabilidad en el montaje de gobiernos autoritarios o abiertamente dictatoriales, hijos de la tiranía cubana, como el de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en Venezuela; y el rechazo frontal, encarnizado, cruento, de ese mismo liberalismo contra el emergente Jair Bolsonaro, implacable defensor del orden, la estabilidad y la pulcritud moral en el manejo de la cosa publica.

Y enemigo declarado del castrocomunismo latinoamericano.

Un “hombre del destino” considerado el enemigo a vencer por las grandes corporaciones que mandan y ordenan a la opinión pública mundial y difamado abiertamente por los medios más influyentes del planeta frente a un antagonista, vicario del encarcelado fundador del Foro de Sao Paulo, discípulo dilecto de Fidel Castro, tratado con guantes de terciopelo. Un cruce transversal de intereses que parecieran seguir, enceguecidos, caminos aparentemente contradictorios y contrarios a sus propias tradiciones. ¿Por qué The New York Times se alínea con el candidato del castrocomunismo cubano y no con su implacable enemigo? ¿Oriente u Occidente? ¿Socialismo o capitalismo? ¿Washington o Peking? ¿Las brújulas políticas han enloquecido? ¿O es que vivimos un momento estelar de esa “marcha de la locura” a la que se refería la gran historiadora norteamericana Barbara Tuchman?

Son los referentes entrecruzados y aparentemente contradictorios de un nuevo paisaje político en el que los viejos conceptos definitorios de lo político – izquierdas y derechas – parecieran haber perdido todo sentido. Continúan vigentes los mismos crasos intereses materiales, pero sus representantes – partidos y personalidades – ya no se corresponden con el viejo universo político.

La derecha mundial, extrema o liberal y progresista, puede así apostar todas sus fuerzas a un candidato claramente marcado por la extrema izquierda brasileña, filocubana y anti norteamericana, cabeza de puente de la izquierda castrocomunista regional que se sirve de la plataforma creada en el año 2000 por Fidel Castro y Lula da Silva. Que ante el aplauso o la pasividad de los grandes poderes liberales si hicieron con los gobiernos de Venezuela, Colombia, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay y Brasil, así como con la Secretaría General de la OEA. Frente a lo cual, los electores brasileños, abandonados a su suerte, recurren a la intervención directa y sin mediaciones de un caudillo ex militar y suprapartido. Salvo que se considere a las fuerzas armadas brasileñas, que se opusieran en su momento a la ingerencia del castrismo en Brasil dando el golpe de Estado que instauró la dictadura militar en 1964, como el virtual partido político del candidato triunfante en las elecciones del 28 de octubre. ¿Es la respuesta de las fuerzas armadas latinoamericanas a la nueva estrategía electorera del castrocomunismo, que con Chávez aprendió el arte neo nazi de asaltar el poder jugando con las cartas democráticas: dar un rodeo al golpe de Estado llevando sus propios representantes a las urnas?

¿Qué hacía el New York Times, qué hacía The Economist, qué hacía El País de España respaldando al candidato de la izquierda castrocomunista brasileña? ¿Qué razones reales, materiales, objetivas, los llevaban a inclinarse por quienes, aliados con el castrismo cubano más desaforado, planean y se esfuerzan por controlar el subcontinente desde esa suerte de V Internacional del neo bolchevismo que es el Foro de Sao Paulo mientras estrangulan al pueblo venezolano para tener libre acceso y disposición plena sobre sus riquezas naturales? ¿Entronizando regímenes seudo democráticos y tendencialmente totalitarios, como se cumpliera en Venezuela con un socialismo ladrón, expoliador y criminal, aunque de sólida presencia en el mundo financiero internacional, pues tenía billones de dólares blanqueados por y puestos a resguardo en los grandes establecimientos financieros?

La explicación se encuentra, posiblemente, en la fractura inducida por un comunismo de nuevo cuño, que emparenta al gran capital con el Manifiesto Comunista y los viejos defensores del proletariado y el neocapitalismo con un Estado dictatorial o semi dictatorial abierto al pleno entendimiento con las trasnacionales, hoy representados por China y Rusia. Se trata de un nuevo orden mundial, que disloca las viejas coordenadas y no termina de cuajar su imperio total, orwelliano marxista. Y que encuentra una cruenta oposición desde los sectores marginales que irrumpen en la política aferrado a sus caudillos para defender sus afectados y huérfanos intereses: Trump, en los Estados Unidos, en brazos de la pobresía blanca y Bolsonaro, en Brasil, expresión del cansancio de las mayorías con un establecimiento político podrido y alcahueta. En ambos casos, emergentes marginales, mucho más cercanos al sentimiento popular, que arrastran tras suyo a las derechas tradicionales, desconcertadas y prisioneras de sus viejas certidumbres, que aún vacilan frente al camino a seguir. Pues al margen del control de los partidos tradicionales se abre cauce la enemistad verdadera: la de los intereses de la sociedad civil frente a sus cautelados y amaestrados representantes. Partidos que, muy previsiblemente, deberán decidirse por sumarse a la nueva ola de derechas que irrumpe como un tsunami en respuesta a los despojos del Nuevo Orden Mundial asentado tras la Guerra Fría. Una nueva polaridad en busca de protagonistas, pues la política, más allá de los acomodos diplomáticos inducidos por China, Rusia, la vieja Europa y los Estados Unidos, continía siendo el mortal enfrentamiento amigo-enemigo, Carl Schmitt dixi.

Cabe no obstante la única pregunta verdaderamente importante para quienes sufren las consecuencias de ese nuevo entendimiento mundial, como nosotros, los venezolanos: ¿cuáles y dónde están nuestros enemigos? ¿Dónde, nuestros amigos? Intuitiva, emocionalmente, me inclino por creer que los enemigos de nuestro país, nuestra tradición, nuestra democracia, están en Cuba, que nos aherroja, y sus aliados, que refuerzan nuestra humillación, como Lula Da Silva, Fernando Haddad y el PT. En comandita con todos los partidos, movimientos y personalidades del neo comunismo mundial y los gobiernos tolerantes que los alcahuetean. Y que hoy impiden nuestra liberación oponiéndose a una abierta y franca intervención militar que expulse al castrocomunismo cubano invasor y saqueador de nuestro país, convertido en colonia. Mientras que sus enemigos, como Jair Bolsonaro, son nuestros amigos. Entre tanta confusión y tanta incertidumbre vuelven a lucir las viejas querencias: ellos o nosotros. Desde cualquier punto que se les vea, las victorias de Donald Trump y de Jair Bolsonaro anuncian el amanecer de una nueva conciencia histórica, acorde con la nueva enemistad emergente. La libertad, la igualdad y la solidaridad vuelven a imponerse por sobre odios raciales y enemistades clasistas inducidas por intereses neo imperiales. Demócratas del mundo, ¡uníos!

@sangarccs

 

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