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Rafael del Naranco: Lejana ausencia

 

Con  nuestros ojos ya húmedos el pueblo parece  un mazapán. Sabe a dulzura.

Evoco ahora sobre esos  sembrados cuando uno era una retama joven, olivillo,  y toda la  dehesa olía a romero fresco, al último hombre de andar solitario, misántropo y poeta.

Un amanecer, ante un cántaro de sangría, aquel trovador había dicho: “Si digo voz, quiero decir verso”, ya que todo en su  vida fue trenzar un largo camino de madreselvas lóbregas donde al final, fatalmente, estaba la espesura del sentido recóndito de su acongojada existencia.

En él, hasta la saliva entrelazaba palabras recubiertas de resquebrajadas llagas. Cierto  día lo aseveró para no dejar  duda ni miedo alguno ante la vida:

“En toda mi obra hay un solo personaje. Uno solo de principio a fin. Este protagonista es la pena, que  no tiene nada que ver con la tristeza, ni con el dolor ni con la desesperación.”

En ningún otro tiempo un trovador llegó tan directamente al pueblo, nunca tantos versos fueron expresados de  esa forma matizada, al ser ellos  parte del vate estrujado dentro de  la comisura de la piel cobriza que le roía la humedad  del aliento.

Desde ese tiempo – y   lo recuerda la postal  policromada y  revestida de fosforescencia – comenzó a posarse entre nosotros el sentido de la raza traslucida de sal, brisa, soledad, zozobra y  suplicio desgarrado. Es decir, la esencia  cautiva de lo que somos y seremos para siempre más allá de la propia muerte a ras de la dura  tierra parda.

Lo recordamos afligidos: Cerramos los parpados, abrimos los portones del hálito, y nos vemos aún marchar por la sierra umbría entre barrancos, jaras y olivas, en busca de un ternura tortuosa convertida en niebla lechosa.

Era amor y tardamos más de media vida en saberlo con certeza.

A esta  hora tempranera la  raya del horizonte borra las crestas de las montañas. Sobre la huerta húmeda de rocío nos llega un cante  cristalino  y macerado. Voz suelta y humeada  de manzanilla, vino espeso exprimido en el cortijo blanquecino sobre la dehesa extensa.

El colosal Federico lazó el primer trinar: “Hoy siento en el corazón / un vago temblor de estrellas, / y todas las rosas son / tan blancas como mi pena.”

La letrilla, embelesó a la mujer tras la celosía  de tal forma que sus pechos se volvieron espuma suelta y los ojos cobre encendido.

Muy cerca, entre dos ciparisos, tras un recodo de choperas y olmos, el insondable acantilado, promontorio de proa del claro  mar Mediterráneo en el que hemos llegado aventados de  las costas caribeñas.

El mar, la mar, caracola abierta de las indivisibles alucinaciones.

El otro rompeolas de mis anhelos, dudas, ensoñaciones y ardores, es un  Cantábrico desliñado, tosco, duro, corriendo  sobre  mi sangre igual a  ventisca en desbandada.

De nuestra subsistencia esas aguas salobres lo saben todo.

Madre solía leer mis carta venidas de Venezuela sobre la arena de la Playa San Lorenzo en el Gijón de mi trashumante infancia.

Ese tiempo es otro,  y uno se envuelve en él al remover la distante ausencia.

 

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