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Eduardo Suárez: El despertar de una nación partida en dos

 

La brecha que divide Estados Unidos nunca ha sido tan profunda ni tan evidente. Este martes los distritos educados que abrazan las grandes ciudades se volvieron demócratas y quienes viven en los distritos rurales fueron a las urnas para defender a Donald Trump. Fue una noche agridulce para todos. Nadie salió con una idea clara de hacia dónde camina el país.

Varios factores estructurales han empujado a esta división. Conservadores y progresistas viven en vecindarios cada vez más homogéneos. Jóvenes graduados abandonan las ciudades del Medio Oeste y se mudan en busca de empleo a Boston o Nueva York. La economía es menos importante a la hora de decidir el voto que rasgos atávicos como la raza o la religión.

Estados Unidos es un país consumido por la polarización pero no desquiciado a partes iguales. Quienes votan demócrata tienen sus sesgos pero se informan en medios como el Washington Post, el New York Times o la CNN, que dedican tiempo y recursos a informar. Muchos republicanos, en cambio, viven encerrados en un mundo paralelo controlado por apóstoles del odio y sin apenas contacto con la realidad.

En esa fortaleza no penetran los artículos que enumeran las mentiras del presidente ni los que detallan cómo algunas de sus propuestas vulneran la Constitución. Las maniobras de los esbirros de Putin en las redes sociales no deberían despistarnos: como recordaba esta semana desde Harvard el profesor Yochai Benkler, el responsable de este lavado de cerebro no es Facebook sino Fox News, cuyas estrellas amplifican a menudo conspiraciones racistas o antisemitas que nacen en cualquier foro digital.

Ese sector de la población, convencido a base de rebajas fiscales y jueces conservadores, se mantiene fiel a Trump. Por eso cada elección se decide por un puñado de votos pese a su ramalazo autoritario y a sus ataques contra cualquier institución independiente: la prensa, la diplomacia, la judicatura, los servicios de inteligencia o el FBI.

En los próximos dos años, el presidente seguirá explotando la enajenación asimétrica del electorado con la ayuda de unos líderes republicanos cada vez más sometidos a su voluntad. Hasta 26 congresistas del partido han optado por abandonar este año la política. Este martes los votantes han dejado sin empleo a algunos más. Salvo excepciones, se quedan los fanáticos y los blandengues que no supieron o no quisieron enfrentarse a Trump.

El sistema de contrapesos que idearon Madison y Hamilton está diseñado para gobernar a base de consensos. Pero esos consensos son cada vez más difíciles en un Congreso partido en dos. Cientos de escaños de la Cámara de Representantes se decidieron esta vez por más de 20 puntos. Sus ocupantes tienen pocos motivos para llegar a acuerdos. El espíritu de supervivencia les empuja a exagerar cualquier diferencia para ahuyentar un posible desafío en unas primarias. Sus distritos están mucho más escorados que el conjunto del país.

Trump es el hijo y no el padre de esta brecha. Pero ningún político se siente tan cómodo definiendo sus contornos a base de crear crisis imaginarias y atacar a cualquiera que intenta tender un puente entre las dos mitades del país. Los contrapesos que los fundadores idearon para proteger al país de un demagogo podrían ayudar a afianzar a uno en el poder.

Esta estrategia del presidente se exacerbará ahora que una de las dos Cámaras del Congreso está en manos de los demócratas. No es difícil imaginarle explotando la división de sus adversarios y ganando la reelección a la presidencia haciendo campaña contra el obstruccionismo del Capitolio. El Trump de 2020 puede ser el Truman de 1948.

Con el Senado en manos de los republicanos, se antoja difícil que los congresistas demócratas puedan sacar adelante un solo proyecto de ley. Sí podrán convertir la Cámara en una especie de ariete contra el presidente: publicar sus declaraciones de impuestos, llamar a declarar a sus hijos o a sus víctimas, investigar los negocios de su empresa familiar en países como Rusia o Arabia Saudí.

Ese don puede ser también un látigo. Si los demócratas no calibran bien sus pasos, el triunfo de ahora puede ser el preludio de la reelección de Trump. Deberían tener presente lo que ocurrió en 1994 y en 2010, cuando el extremismo de los republicanos arruinó un triunfo como el de ahora. El Trump de 2020 también puede ser el Obama de 2010 o el Clinton de 1996.

El impeachment será la gran tentación de los demócratas. Sobre todo si el informe del fiscal especial Robert Mueller incluye detalles inéditos sobre la conducta criminal de Trump. Pero iniciar ese proceso es una estrategia arriesgada. Algo más de la mitad de los ciudadanos está en contra y destituir al presidente requiere los votos de una docena larga de senadores republicanos. A la luz de estos resultados, no parece que ninguno tenga incentivos para desertar.

El control del Senado será un arma poderosa en manos de los republicanos, que podrán bloquear cualquier proyecto demócrata y seguir confirmando a los jueces conservadores que designe Trump. El resultado recuerda la desventaja congénita de los demócratas en esa Cámara, que potencia el peso de los Estados rurales y poco poblados del centro del país.

La elección ofrece algunas señales de esperanza para los demócratas. Sus victorias en Estados como Michigan, Kansas y Wisconsin desmienten a quienes dieron por perdido el Medio Oeste después de 2016. La elección en Colorado del primer gobernador abiertamente gay y la presencia en el Capitolio de dos veinteañeras, dos nativas y dos musulmanas son la prueba de que empieza a despuntar un país más abierto y progresista por debajo de la zafia retórica de Trump.

Es ese país que no termina de nacer el que debe alumbrar el candidato de los demócratas en 2020. Las primarias se anuncian como una batalla campal y por ahora no tienen ningún favorito claro. Salvo sorpresa, quien gane tendrá enfrente un presidente con una base fiel y una economía en crecimiento. Trump tendrá de su lado el peso de la historia: desde 1945, solo Carter y Bush padre perdieron la carrera por la reelección.

La campaña ha devuelto al país a los traumas de hace dos años pero también ha propiciado un despertar ciudadano que ha empujado a la política a jóvenes, enfermeras y veteranos movidos por un idealismo fértil en las antípodas de las ideas de Trump.

Estados Unidos es una nación de extremos. A menudo, sus ciudadanos han oscilado entre la desazón y la esperanza y nunca han erradicado del todo la semilla del odio que sigue explotando Trump. Casi al final de Al este del Edén, John Steinbeck pone en boca de uno de sus personajes unas frases que definen muy bien el país: “Somos fanfarrones y pusilánimes al mismo tiempo, bondadosos y crueles como los niños. Demostramos nuestra amistad de un modo exuberante y, a la vez, los extraños nos dan miedo. Nos jactamos de nuestras cosas pero nos dejamos impresionar”. En esas frases está el enigma que los demócratas deben descifrar en los próximos dos años. Por ahora nadie lo ha descifrado mejor que Trump.

 

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