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Aurelio F. Concheso: La autodestrucción venezolana alcanza al bono demográfico

 

La autodestrucción venezolana parece no tener límites.  Ella pasa por los millones de hectáreas agrícolas confiscadas, invadidas, pero, más importante todavía, depredadas y desincorporadas de la producción. También por las empresas otrora productivas en manos privadas, y que son hoy una caricatura de lo que un día fueron, si es que por alguna suerte del destino aún se encuentran con sus portones abiertos.

Tal situación destructiva incluye también la “enanización” de la banca, cuya capitalización en dólares a tasa libre no alcanza la de un banco de pueblo en cualquier país medianamente prospero. Asimismo, contempla la progresiva canibalización de los servicios públicos de toda índole, y en los que el mantenimiento -y ni soñar el mantenimiento preventivo- es cosa de un pasado cada vez más remoto.

Pero, sin duda alguna, tal vez la destrucción estructuralmente más dañina e irreversible es la del bono demográfico que Venezuela iba a disfrutar durante la primera mitad del siglo XXI.

El bono demográfico es un fenómeno positivo que se da cuando el volumen de la población en edad de trabajar, que se ubica entre 14 y 59 años, supera a la población dependiente (niños y ancianos). Su existencia tiene que ver con la relación entre las tasas de fertilidad y de mortandad de la población de un país. Naciones como Venezuela, que venían de unas tasas de fertilidad muy alta en sus etapas pre industriales, a medida que éstas bajan con el nivel de desarrollo donde las familias tienden a tener menos hijos, y hay un aumento en el empleo femenino, experimentan ese dividendo poblacional.

Gran parte de los países desarrollados, por el contrario, han llegado a tasas de fertilidad por debajo del nivel de reemplazo, mientras que las expectativas de vida aumentan, reduciendo el número de trabajadores activos que tienen que mantener a los jubilados con sus impuestos de nómina, y aportar el subsidio cruzado para su atención de salud.

No hay que saber mucho de ciencias actuariales para entender que los países con bono demográfico, tienen oportunidades de crecimiento muchos mayores a los que no lo tienen, dado, entre otras cosas, por los niveles impositivos menores que abren espacios mayores a la inversión productiva.

Lamentablemente, debido a las malas políticas económicas que han expulsado una parte importante de la población por la vía de la diáspora, Venezuela está haciéndole un daño probablemente irreversible a su bono demográfico. Esto resulta así no sólo por el elevado porcentaje de la población que ya ha emigrado, sino también por la composición por edades de esa emigración forzosa.

En efecto, un Estudio de Consultores 21 sobre el tema, y publicado esta semana, indica que el 52% de los que desean emigrar, están entre los 18 y 24 años, y otro 38% está entre los 25 y 44 años. Esta cifra se complementa con el estimado de que el 82% de los que han emigrado, lo han hecho desde que Maduro llegó al poder.

Por su parte, la emigración total, siempre según Consultores 21, excede los 5.5 millones, equivalente a más de un 15% de la población. Y el 36% de las familias, por lo menos, tiene un miembro en el exterior, siendo el promedio de 2 miembros por familia.

Las consecuencias fiscales ya son evidentes: hay más de 3.5 millones de pensionados, lo que requeriría de una población económicamente activa de entre 25 y 35 millones para no generar déficits fiscales infinanciables. Aunque lo complicado ahora es que es precisamente esa población activa la que huye despavorida por las fronteras.

El Gobierno, como es dado a hacer recurrentemente, tapa el sol con un dedo, mientras se cobija en el retorno publicitado de un 0,01% de los que se van. Pero el tema no es para preciosismos mediáticos. Debería ser, en cambio, una preocupación de Estado que trascienda las barreras partidistas, porque los países que malbaratan así su bono demográfico, definitivamente, pueden encontrase condenados al estancamiento. De igual manera, a una economía de subsistencia pastoral por varias generaciones como, por ejemplo, le sucedió a Irlanda a partir de 1847. A partir de entonces, a Irlanda, que perdió el 25% de su población entre hambrunas y emigraciones, su recuperación se le ha traducido en una demora de 100 años.

 

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