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Pedro R. García: Trump, Putin, Erdogan, Bashar al-Ásad y el de nosotros

 

¿Bárbaros de nuevo cuño?

“Cuando advierta que para producir usted necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican, no bienes sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, por el contrario son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces usted podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad esta condenada” (Ayn Rand Novelista y filósofo Rusia(1905/82).

Acotación  necesaria…

En su bárbara yegada a la mezquita de Bujara, (Un gran centro cultural de la época). Gengis Kan ordenó vaciar en el suelo gran cantidad de libros y manuscritos sagrados. Después de bailar, cantar y comer hasta saciar su apetito, Gengis ordenó a los imanes sabios, doctores, filósofos, jefes de clanes que se ocuparán de atender a sus caballos. Fornicaron hasta el cansancio como sátiros ferales, a madres, abuelas, hijas, esposas, y novias, arrancaron y pisotearon las páginas de los libros sagrados. En aquel instante, el Emir Iman Jalaleddin Aly Ben Hassan Al Rendí, jefe religioso supremo de la Transoniana, se volvió al Iman Rokndeddin Imamzadeh y le pregunto “¿Qué es lo que ocurre, Molana, es un sueño o la realidad? Molana Respondió: No digáis nada mas es el viento de la Cólera Divina que  nos barre y ya no nos quedan fuerzas para hablar.” Conocía la historia de la destrucción de la casa de las ciencias por los Mongoles, había leído el relato del saqueo de la biblioteca Ismaelita por los ejércitos de Hugalu Kan, y aún más atrás el incendio de Persepolis por Alejandro Magno. Es vital ser testigo privilegiado de su tiempo y el 18 de agosto de 1998 el viento de la Cólera “Divina”  sopló de nuevo sobre Po-i-Jonri, (Una ciudad al norte de Afganistán), vi a través de una agencia de noticias, en una de las más acabadas expresiones visuales de la globalización, como en el Centro Cultural Hakin Nassel Josrow Balij, Mollah Omar, disfrazado, tal vez de Gengis Kan al frente de una horda de Talibanes, quemaban 55.000 libros. Hubiese preferido no presenciar el martirio de la espiritualidad, de la cultura y del libro por los más decadentes agentes de la hechicería y la ignorancia. Hoy el imperio de turno blandiendo el garrote de la “Libertad y Justicia”, pretende ampliar su agresión vergonzosamente a Irán, en una región que se debate sin esperanzas en un torbellino de Guerras internas y que ha dejado tras ellas centenares de miles de muertos y millones de heridos físicos y psíquicos, tierra agotada donde los sobrevivientes aguardan la muerte súbita en el infierno en que se ha convertido Irak, Afganistán, Libia, Yemen, Siria y Palestina, y que insospechadamente el régimen de turno en inéditas formas ha incorporado Venezuela, logrando producir devastación  entre el grueso de la población, frente a la mirada atónita del mundo entero. Ya el sociólogo Stanley Cohen, escribía en 1972, que las sociedades sufrían ocasionalmente periodos del pánico moral, una determinada condición, episodios, personas o grupos definen una amenaza a los intereses y valores sociales. En algunos casos los síntomas desaparecen y en otros persisten, pero peligroso es que las comunidades se acostumbren, como pareciera comenzar a revelarse en el país. Las enfermedades venéreas produjeron esta condición en el siglo XIX. El clima de turbulencia social que provocó la lucha por los derechos civiles y la guerra de Vietnam en los años sesenta, fueron vistos en los EE.UU. como signos desoladores. Espantosos crímenes perpetrados por infantes provocaron estupor en sociedades como Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. The Economist, demostró con audacia, que con 5 kilos de plutonio y 15 kilos de uranio birlados en el lugar apropiado donde se encuentran distribuidos 250 toneladas del primero y 1.500 del segundo, se podría elaborar una Bomba atómica. Nos encaminamos a marchas forzadas a un mundo mucho más volátil. La inseguridad personal y el narcotráfico, han generado en las últimas décadas una condición análoga en forma permanente. Los delitos de astucia crecen exponencialmente en nuestro medio, ante un Estado paralizado con unos cuerpos policiales desarticulados, con métodos y recursos humanos sin un propósito, restringe su acción y logrando apenas enfrentar una fracción escasa de el hampa. La delincuencia organizada ha alcanzado niveles de especialización formando una alianza mortal con gruesas capas de la estructura de Estado, con especial énfasis en la subversión, el narcotráfico y el lavado de dinero. El hurto de vehículos en el país genera cifras que rivalizan con las plantas automotrices. Improvisación, negligencia, ineptitud y complicidad, ha insuflado la amenaza que se cierne sobre los más vulnerables, es de una gravedad tal que, algunos teóricos la asocian con la anarquía y el caos. Están dadas todas precondiciones que los especialistas le asignan a cualquier sociedad en crisis, susceptible de un estallido violento, por eso resulta irresponsable y temeraria la predica de algunos sectores como si aquí no hubiese ocurrido nada en las ultimas dos décadas. Ya hace una década alerto con profundidad ontológica con escalpelo critico una de las periodistas que en mi caso leo y respeto Argelia Ríos, quien diseccionó y advirtió sobre un tema al que a la mayoría nos causa pavor, pero con irresponsable insensibilidad evadimos asumirlo con radicalidad, ella afirmo. Y cito: ¿Lo habrán atisbado? ¿Le estarán dando la lectura correcta a las tantas señales que a diario se nos presentan? ¿Qué tanto se están ocupando en desentrañar el fenómeno? ¿Sabrán cuán oscuro e insondable se ha vuelto el mundo de la pobreza en Venezuela? ¿Habrán identificado los nuevos códigos que la han venido redefiniendo? ¿Poseen alguna idea aproximada de la magnitud del impacto que el crimen organizado tiene sobre ella? ¿Se habrán percatado de las raíces que la delincuencia ha echado en el hábitat de la miseria y más allá de ella? ¿Tendrán a la mano alguna cifra confiable sobre los descamisados o no que viven directa o indirectamente de alguna actividad ilícita? ¿Cuánto dinero circula en ese submundo? ¿Cuán pobres son en realidad quienes, asumiéndose como tales, pertenecen a él? ¿Advertirán que el Estado perdió el control de la situación? ¿Aceptarán que toda esa tragedia supera a cualquier elenco político? Una mirada intuitiva sobre el espesor de la perversión que ha venido fermentando en Venezuela, debería ser suficiente para que toda la clase política se dispusiera a atender sin más retraso la debacle del Estado. Aunque la cultura de la violencia tomó fuerzas estos años de lucha de clases y se entronizó como una reacción contra “la moral burguesa”, su gravedad reclama una ojeada libre de ingredientes polarizantes. El drama no se resuelve con las bobalicones bonos hayaqueros, ni los manoseados perniles de Maduro ni con las sus falseadas cifras de precios acordados en sus emanaciones, ni con los requiebros de algunos redivivos opositores, en especial los que repiten estar concentrados en estructurar un discurso para la transición. Todos lucen rebasados, sin brújula, repitiendo guiones ahuecados y poco vivificantes, mientras el leviatán sigue empujándonos al infierno de Dante”. “Hasta cierto punto señalaría un experto de teoría del discurso, unos alimenta a los otros”. Los movimientos guerrilleros en América Latina como el ELN y las FARC. Que incursionaban en nuestra frontera, son ejemplo hoy no de una derivación, sino de una vinculación directa consentida por el gobierno. No es fácil separar por sus objetivos las bandas criminales de la guerrilla y de los grupos de narcotraficantes. En la realidad las coincidencias y alianzas que se han producido entre estos factores plantean un novedoso reto a los servicios de inteligencia. Erradicarlos mientras persisten los factores de inestabilidad sociales y políticos, es difícil pero absolutamente necesario impedir su desarrollo. Tal es la gravedad que un Fiscal general en el reciente próximo pasado se atrevió aunque tartamudeante, afirmar que en el país la mayor corrupción esta en los cuerpos policiales, coincidiendo con todas las encuestas hechas en el país por consultoras internas y externas donde alrededor del 90% de los ciudadanos de todos los estratos sociales señalan como uno de los flagelos que produce pánico, la bisagra del hampa-cuerpos policiales. No hay instancia alguna que no haya declarado insistentemente que la inseguridad rebasó la capacidad del Estado. Solamente los últimos Ministros de Interiores y Justicia, incluyendo al remilgado titular anterior y el ínclito actual, han esgrimido la cínica y desconcertante tesis, de que por ejemplo los enfrentamientos entre bandas que se suceden a diario, no afecta la seguridad, precisamente en las barriadas populares, (donde habitan a quienes este gobierno grita a todo pulmón que es a los que debe una mayor protección), subrayando nosotros que el ejercicio de este mandato, esta siendo conducido sin mediaciones, por un régimen “socialista” que supuestamente, esta haciendo mayor esfuerzo hacia la atención de los mas débiles. Un planteamiento de esta naturaleza es trágico por que  admitir que no se tiene capacidad de contener tales acciones delictivas, y, peor aun, asumir que la vida de esos venezolanos que integran estas bandas criminales no tiene valor alguno. Por tanto, si ellos se matan entre si, no es asunto que deba preocupar al resto de la sociedad. Más allá de la sensible epidermis de nuestro tejido social. La anarquía, la improvisación y el caos es la alternativa que nos ofrecen, sumadas a la negligencia y la ineptitud para evaluar y enfrentar esta terrible amenaza. Hemos visto con pasmosa dejadez acoplarse en los intersticios de nuestra pretendida civilidad la cultura y contracultura del delito. Mientras en algunas latitudes el asesinato de un niño provoca pánico, en nuestra sociedad dada su recurrencia no la inmuta, igual que la cotidiana e interminable lista macabra de homicidios que los medios de comunicación, algunos con morbo, publican todos los lunes después de la guerra de baja intensidad de los fines de semana y que el gobierno con reiterado cinismo desmiente, es el caos. Lo de nuestras cárceles y retenes sencillamente es dantesco, frente a nuestra indiferencia criminal inmovilizados en una inacción cómplice, el narcotráfico y el crimen organizado avanzan y son cada vez más imaginativos y novedosos, las policías nuestras son concesivas y  permanecen rezagadas. El delito de astucia se propaga a través de la jungla de la burocracia, especialmente en el sistema financiero con un grado de impunidad tal que, se retroalimenta y se formaliza con apariencia de verdaderas estructuras corporativas. Estas condiciones han hecho de Venezuela un “Paraíso del fraude y del lavado de dinero”. Existen suficientes indicios para pensar que diversos carteles, manejados como modernas corporaciones y despojados de los métodos violentos que los caracterizaban, nos escogieron hace un largo rato como uno de sus principales centros para sus objetivos financieros. La Superintendencia de Bancos reveló recientemente, que su policía financiera no tiene el equipamiento necesario; esto no nos sorprende. Mientras que a plena luz del día en cualquier calle de Sabana Grande por un puñado de soberanos te transan la data de cualquier institución financiera, pública o privada. El acto humano es el resultado de actuaciones conjuntas de la inteligencia y voluntad del hombre que se determinan, recíprocamente, en el orden respectivo, como causa objetiva o formal intrínseca y causa eficiente. Debemos estar conscientes que a nuestra nación Venezuela no la sacaran del foso, los neo-políticos de oficio, sino su gente. Hay que forzar un pacto ético societario con las reservas morales que le quedan al país. O seremos una de las regiones devastadas, que podría hoy inscribir en sus fronteras las palabras que Dante hizo grabar a la entrada del infierno.

“Abandonad toda esperanza los que entráis aquí” 

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

 

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