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Rafael Del Naranco: Entre ron  y ajíes  

 

A cuenta del cambio climático que aquí en Europa es amenazante,  en las costas mediterráneas,  en la ciudad de Valencia en que moramos, la piel se rasga y requiere, traído de las costas caribeñas, un buen vaso de ron blanco con ajíes  cortados en cuadritos  para amainar el tiempo enloquecido.

A tal causa,  la cuartilla reblandecida de hoy se humedecerá de ternura en las comisuras hendidas de la propia esencia interior.

Al haber sido jóvenes alguna vez, entrevemos ansiadas locuras de ardor  vividas, ahora convertidas en briznas de brisa sobre un pliegue del alma.

Se ama, y uno a fe cierta ignora la razón; es un tumulto  crecido al ritmo de una enredadera. Aún así, es hermoso. Solamente el amor nos hace libres y por él existimos.

Al cronista le es fácil escribir de atrevimientos ardorosos. Desde  siempre, cuando del duendecillo travieso, ciego y lanzador de dardos se trata, nos sustentamos  sobre lo que han dicho los poetas de esa esencia sempiterna. Hay una larga lista:

Arcipreste de Hita, Petrarca, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Góngora, Pessoa, Kavafis, Gustavo Adolfo Bécquer,  Gabriela Mistral, Neruda, Juan Ramón Jiménez, Roberto Graves, Ángel González, Olga Orozco, Vicente Huidobro, Pedro Salinas, Jaime Gil de Biedma, Rafael Cadenas y tantos otros  abiertos al viento acariciador de las querencias afectivas.

Sabemos,  por experiencia,  que el amor jamás decrece; a lo más, llega a arrinconarse un tiempo en las suturas de nuestros anhelos interiores y espera allí, como los segadores,  el tiempo de la sementera, para recoger el fruto de la tierra empapada en sudores, convertido  tras la fermentación en el pan nuestro de cada día.

Un clérigo mundano, Lope de Vega y Carpio, escribió con ufano acento que la razón de todas las pasiones es el amor. De él nacen la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación. ¡Cuánto sabía!

Los diálogos de ese “miramelindos” – decía Rafael Alberti –  son cual una alegría entre el fuego y el hielo, una irisación de luz penetrando por la claraboya entreabierta de la piel.

Al trasluz de la ventana, recordamos haber escuchado una tarde  bajo el balconcillo de la vereda de Chacaíto un requiebro amoroso:

– Niña, ¿a quién buscas tan de mañana?

– Al amor.

– ¿Se habrá perdido?

– No, se lo llevó la brisa taciturna, pero volverá.

Y es cierto. Esa pasión suele regresar maltrecha, herida, con gran sed interior, aunque lo haga acompañada de su perpetuo lazarillo: la fogosidad taladrada de cicatrices.

Y es que amar, ahora y siempre, es vivir por encima de las tumbas.

Cuando todo desaparezca y el cielo garzo se vuelva imperecedero, en el espacio existirán pequeñísimas partículas recubiertas de la esencia primogénita con la que Dios hizo el mundo: motas de  ternura.

Es creencia firme  que  la esencia del amado y la amada  se unirán un día más allá de las constelaciones, para seguir caminando  sobre los senderos, allá  donde la eterna grandeza  se hace poesía y trigo.

A  lo lejos alguien canta:

“Tengo un  libro en donde escribo / cuando me olvido de ti. / Es un librito de pastas negras /  en donde aún nada escribí”.

Pidamos, mientras se dulcifica la espera,  otro ron blanco con  unos trozos de ají picante.

 

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