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Atanasio Alegre: Cuando emigra la calandria

 

Los cielos de Madrid tienen hoy ese fulgor azul que solamente es dado ver en el Mediterráneo profundo. Sobre la superficie geométrica de avenidas como la de La Castellana a eso de la 11:00 de la mañana de este último viernes de finales de septiembre, el tráfico fluye sin atascos. Los autobuses van y vienen. En la parada del 147 en la Glorieta Ruiz Jiménez  se sienta a mi lado una muchacha de unos 20 años. Viste una blusa verde clara y unos pantalones negros. Lleva colgado un jersey sobre el bolso y carga un listín con las paradas escritas de esta unidad.

—¿Este es el que va a Sanchinarro? –pregunta…

—Hay que hacer un cambio en la parada después de la Plaza Castilla y tomar el 73 y ese ya va directo a Sanchinarro. Pero no se preocupe, porque yo llevo la misma ruta y le avisaré.

En todo caso, la muchacha ha ido tachando cada una de las paradas que vamos dejando atrás hasta llegar a la que aparece, tanto en pantalla como en la voz: Plaza Castilla. A la muchacha le aparece Agustín de Foxá. Se dirige mí.

—Algo ha pasado porque yo tengo aquí Agustín de Foxá, y en pantalla y lo han dicho, además, se lee Plaza Castilla…

—Lo que pasa, tanto en pantalla como lo que han dicho, es que la parada ha sufrido un cambio de nombre…

—¿Quién la ha cambiado?

—La alcaldesa que se ve que no tiene otra cosa que hacer que ir metiendo en el callejero a aquellos nombres que son afectos a su ideología.

—O sea, que la mujer es de izquierda.

—Al parecer, en lo no acaban de estar de acuerdo los autores es si de la rama de los Pierre Cardín –como el del casoplón– o del marxismo puro y duro, si es que de esta rama queda todavía algún ejemplar…

—Y ese Agustín de Foxá, ¿quién era, entonces?

—Fue un diplomático franquista, un extraordinario escritor que publicó una de las novelas más importantes sobre la guerra civil española titulada, Madrid de corte a checa.

Cuando una parada más adelante, llegamos a la de José Vasconcelos y le informo, haber leído la pantalla, que faltan diez minutos para la llegada del 73, me pregunta si puede seguir a mi lado.

—Por supuesto.

—Y este Vasconcelos, quién era, ¿por qué a él no lo han cambiado?

—Este fue un escritor y filósofo mexicano. Y se da el caso de que es el primero que publicó un libro al otro lado del Atlántico con el título de Metafísica.

Seguimos un buen trecho en silencio.

—Yo tengo que bajarme en una parada que se llama, dice consultando el listín, Ana de Austria con príncipe Carlos.

—Yo también.

—Y esta Ana de Austria, ¿de dónde fue reina?

—De ella te podía hablar días enteros, porque es uno de mis temas de estudio. Ahora acaba de aparecer, por cierto, una de las biografías más completas que se han escrito sobre ella en castellano. Un texto que le hace justicia, en el sentido de que fue una figura clave en la historia de Francia.

—O sea, que esta nueva biografía le deja sin trabajo, dice sonriendo.

—No. Porque yo de lo que me ocupo es de la que podríamos llamar su ama de llaves (femme de chambre, se dice en Francés) que escribió unas memorias con el título, Memorias de madame de Mottville, que no han sido traducidas al español. A mí lo que me llamó la atención es que las escribió bajo la consigna de que mientras estuvo a su lado no dejó de reseñar ni siquiera un cuarto de hora de lo que pasó en la vida de Ana de Austria. Pero, resumidamente, te diré dos o tres cosas más: Ana de Austria pasó por ser la mujer más hermosa de su siglo, y tal vez el tormento de los grandes pintores que no lograron descifrar el enigma de su rostro, y lo más importante es que fue la madre del Rey Sol Luis XIV, quien inicia la monumentalidad de Francia de la que hoy tan merecidamente hace ostentación esa nación.

Pero ya estamos en la parada y nos bajamos.

Y ella me pregunta si sé dónde queda hay un edificio con un restaurante chino debajo.

—Es ese edificio que está enfrente. No tienes más que cruzar la calle. El acceso a las viviendas está hacia la mano derecha.

Mientras me tiende la mano para despedirse, me pregunta:

—¿Pero usted no es español?

—Soy español. Lo que pasa es que a mí me ocurre lo contrario que a la alcaldesa: ella aparenta una cosa y es otra. Yo no parezco español, pero lo soy, y de León, que no es mal sitio para haber nacido –digo sonriendo–. Lo que pasa es que he pasado la mayor parte de mi vida fuera de España.

—Pues manda carallos –como diría un gallego– porque resulta que yo también soy leonesa.

—¿De dónde?

—De un pueblo que se llama Corbillos de los Oteros.

—O sea que la distancia que separa los lugares de nuestro nacimiento es de unos 10 kilómetros, ya que yo nací en Villamoratiel de las Matas.

Esas fueron las palabras finales.

Y ya en el ascensor que me lleva a casa, me viene a la mente el recuerdo de la calandria, ese ave tan entrañable de nuestros campos castellanos que ya habrá iniciado, por estos días su viaje de trashumancia en busca de otros soles y libertades –como lo están haciendo en Venezuela miles y miles de venezolanos abatidos por el régimen.

 

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