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Nelson Chitty La Roche: Del liderazgo y otros servicios más

 

“El que lo da todo por la patria nada pierde y gana cuanto le consagra”
Simón Bolívar

Pensamos usualmente en el líder como aquel que es candidato o conduce al partido en un proceso electoral. No es un abordaje suficiente cuando las tareas del liderazgo son extensas. Líderes del condominio, de la junta de vecinos, del gremio, de la asociación, de la empresa también conocemos y persiguen, ciertamente, propósitos que lucen distintos.

Quizá debamos además pensar en la función del liderazgo para acercarnos más a la substancia. En efecto, liderar supone representar por lo general, asumir la causa como propia, interlocución de por medio y, lo más importante, responsabilidad. El conductor genuino responde del éxito o el fiasco y si no lo hace, contamina la dinámica de la designación propia de los procesos en los que la jefatura y el liderazgo hacen caras de la misma moneda.

En escenarios más experimentados, la derrota conlleva la renuncia o la designación de otro para cumplir la tarea. Un vistazo a Europa nos lo demuestra inclusive históricamente y Napoleón fue un ejemplo, pero, no siempre ocurre así en Suramérica o en África. Pareciera que el desarrollo o el desnivel que se acusa en los predios citados, implica igualmente un mediocre desempeño que maniobra para diluir la responsabilidad o, simplemente, obviarla y seguir como si nada.

El difunto presidente Chávez encajó una derrota cuando en 2007 el cuerpo político rechazó su propuesta de reforma constitucional y, sin embargo, como si no fuera con él, cínicamente continuó con su programa de lanzar el país en su ignorancia, por el despeñadero implementando, a trocha y mocha, el socialismo del siglo XXI. Igualmente, en su engreimiento y con la ayuda del adulante mayor, Giordani, dilapidó centenares de millones de dólares, justificando con la pretensión de sincronía con el corazón popular que legitimaba, todo género de ideas o caprichos demagógicos, aunque quebrantara los elementales principios de una gestión económica y de finanzas públicas conforme a criterios científicos de pacífico reconocimiento universal. Así se produjo la defenestración de la institucionalidad económica y comprendo con ello a la otrora pujante y deslumbrante Pdvsa que el mundo reconocía y respetaba. Chávez y sus acólitos fueron y son una suerte de pesadilla, un tsunami que no termina, mutatis mutandis. Si tan solo dispusiéramos de los fondos que el fatídico comandante malbarató en el Fonden o hubieran cumplido con una tan solo de las reglas fiscales constitucionales, la del fondo de estabilización macroeconómica, previsto en el artículo 321 de la Constitución, no estaríamos, y lo apunto seriamente, en default selectivo como andamos, ni tuviéramos el triste trato de país riesgoso, al que no se le presta sino en condiciones leoninas. Pero ocurre que algunos, y fue el caso de Hugo Chávez Frías, nunca se han atrevido a responsabilizarse por sus actos o los de gobierno. Administraron lo de todos como si no lo fuera, porque lo de ellos, familiares y amigos, sí que era un botín del poder. Repetimos entonces lo que antes dijimos, un ignaro pretencioso con iniciativa es más peligroso que un volcán en plena erupción.

Por eso es menester que el jefe, líder, conductor de un país, exhiba condiciones para lograr el cometido de gerenciar el poder para todos y nunca para él y su enjambre de parásitos dispuesto a chuparle la sangre a los destinatarios. Debe estar formado y preparado para atender la fenomenología del poder que, por cierto, tiene y debe signarlo, un compromiso ético de por medio. Un estadista puede equivocarse, pero nunca deliberadamente y menos aún, para medrar y enriquecer al compañero de los juegos de chapita, a la enfermera, a la hija y a los oscuros generales que lo acechan para enajenárseles. No tengo que decirles que los militares y los autobuseros cumplen en sus condiciones roles sociales, pero no deberían ser abrumados con espacios en la jerarquía social que no saben desempeñar, pues si lo hacen, lo harán con mucha pena y demasiado autorreconocimiento. Avergüenza ver a Maduro pretendiéndose filántropo o mencionarse como altruista por el reparto de alimentos adquiridos por el Estado mediando toda una organización corrompida hasta los tuétanos. Citarse a sí mismo y leer una lista de logros dejando de comentar que somos el país peor gestionado económicamente.

El segundo elemento a tallarse en la cultura de una sociedad democrática e inserta en un Estado constitucional tiene que ser la responsabilidad que obligue a rendir cuentas por las ejecutorias y por la administración de los recursos asignados. Nada puede ser más sano y conveniente que una ingeniería del pertinentísimo accountability que con natural regularidad y transparencia ha de edificarse. No puede haber entonces mayor liderazgo que la ley y, cualquier atentado a la misma, debe ser severamente sancionado.

El sostén de ese sistema estaría basado en controles del poder que comienzan con una construcción de ciudadanía que hoy en día es patéticamente deficitaria. El chavismo-madurismo manipuló al ciudadano hasta convertirlo en un cliente electoral frívolo y sin sentido de trascendencia, dispuesto a soportarlo todo por la bolsa CLAP o por el imaginario pernil de cochino.

Estas observaciones precedentes deberían servir para sumarse al nuevo país a edificar, pero entretanto, ¿cómo recuperamos la soberanía conculcada, usurpada, arrebatada por estos farsantes que idealizan una ideología para el estoicismo de la masa y una licenciosa y disoluta existencia para ellos y sus amiguitos y familiares, la camorra que vive del hombre nuevo? Para responder a esa interrogante debemos recurrir a la soberanía nacional en dos tiempos.

Resistiendo ab initio al gobierno usurpador que pretende de facto entronizarse de un lado y, decidiendo oportunamente a quién encargar del liderazgo por los mecanismos legítimos de consulta al Estado civil. Comencemos por cesar la diatriba inútil y mostremos que podemos volver a exhibir nuestra mayoría en la calle, la fábrica, la universidad, el colegio, el sindicato y donde haga falta.

Estamos en los días, sin embargo, de un turbulento presente que nos acosa y exige a todos hacer lo que nos corresponda. Reclamamos a los demás que hagan o los criticamos si no lo hacen. A veces, inclusive, los llenamos de denuestos y leemos un memorial de agravios por atreverse a intentarlo y fracasar, pero, y ¿nosotros?

Hemos estado cerca de sacarnos esta espina que nos arruinó y merma cualquier posibilidad de mejorar y luego nos acomplejamos y nos quedamos en casa, como si la pasividad resolviera, o nos resignamos a vivir arrodillados o a reptar con la cara pegada al piso, entre las piedras, acobardados y vencidos. Creo que podemos y debemos regresar a la pelea y hacerlo cada cual, como si un duelo personal lo convocara. Popularmente se oye decir: ¡Pa’ bachaco, chivo!

nchittylaroche@hotmail.com

 

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