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Román Ibarra: Cuba y Venezuela, fracaso comunista

 

Con la llegada del nuevo año, se conmemoran –desgraciadamente- seis décadas de la llegada al poder de los Castro en Cuba, luego de la huida de Batista, y también 20 desde que en nuestro país, otros alucinados encabezados por Chávez, ganaran las elecciones celebradas en Venezuela, producto del sobreseimiento otorgado –política y jurídicamente- de manera injustificada por haber incurrido en la felonía del golpe de estado asesino del 4F/92, contra el gobierno legítimo de la República.

60 años en Cuba, y 20 años en Venezuela de uno y otro evento, son harto elocuentes en la medición de los resultados catastróficos y desproporcionadamente calamitosos para los ciudadanos de ambas naciones.

El resultado en ambos casos se reduce a: retórica patriotera hueca; denuncias contra un enemigo externo (¨imperialismo norteamericano¨; Judíos; Colombia; Oligarquía), cualquiera resulta útil para encubrir sus incumplimientos, y corrupción.

La verdad es que el caso de Cuba es profundamente lamentable, toda vez, que se convirtió en una estafa y humillación permanente para sus ciudadanos, y una afrenta contra el resto de los países del hemisferio por el intento de exportación de su proyecto bárbaro con la aquiescencia de no pocos en nuestras naciones.

Pero si el proyecto antillano se convirtió en una burla, y estafa contra las libertades y las posibilidades de desarrollo de ese pueblo hermano, el caso venezolano es un emblema de todo lo peor, de todo lo que no se debe hacer sin que ello comporte la degradación, y entrega miserable al servicio de una dictadura extranjera.

Haber entregado a nuestro país para ser colonizado por unos asesinos, chulos, ladrones y narcotiranos como los Castro, no tiene otra calificación posible, sino la de traidores a la patria. Haber arruinado a uno de los países con mayor potencialidad económica de la región como Venezuela, aparte de un acto miserable, demuestra una conducta cobarde y ruin.

La dictadura empobreció a la sociedad cubana hasta extremos inaceptables, pero en nuestro país no ha sido mejor el cuadro. Hoy somos casi los más pobres de la tierra, sumidos en una hiperinflación que cerró el año 2018, según los expertos, por encima de 1.200.000 %, lo cual convierte en ¨sal y agua¨ los menguados bolsillos de nuestros compatriotas.

Familias que solo comen una vez al día; niños que abandonan la escolaridad por incapacidad económica para alimentarse, o para adquirir zapatos, uniformes y libros. Padres subempleados, o desempleados; inseguridad incontrolada por los cuerpos policiales, cuyos miembros padecen las mismas penurias que el resto de la sociedad.

La Corrupción generalizada en todas las instancias de la administración pública; persecución y expropiación de empresas del sector privado; asfixia presupuestaria de las universidades públicas; el secuestro de las instituciones; la destrucción de los servicios públicos como: telefonía; electricidad; agua; internet, en fin, un rosario de problemas creados y no resueltos por el régimen que hacen de la vida de los venezolanos una completa tragedia.

Bajo este difícil escenario comienza el año para nosotros los venezolanos, y sin embargo se observa una intención de corregir y seguir luchando para intentar vencer de manera democrática los obstáculos que tenemos por delante.

Ya es hora de que los venezolanos de la oposición con sentido unitario superemos nuestras diferencias, y nos acerquemos a una fórmula que nos permita reagruparnos, y presionar muy fuerte al régimen de Maduro, cuya ilegitimidad lo tiene contra la pared, y el descrédito internacional.

Aprovechemos la coyuntura y sin complejos presionemos una negociación en la que se puedan producir cambios significativos y alcanzar unas elecciones generales (ejecutivo, y legislativo nacional, regional y municipal), para el rescate de La República. Es hora!

 

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