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Ramón Hernández: Geopolítica del vacío

 

Desde que Hugo Chávez y sus adláteres se instalaron en el poder, la oposición democrática ha mostrado un excesivo celo por la legalidad y otras formalidades, incluso cuando sus acciones desmentían sus palabras. Un todavía no reconocido complejo de culpa por canalladas más ajenas que propias y una no aceptación de la realidad, fuese por miedo o comodidad, incidieron para que durante un buen trecho del régimen las decisiones estuvieran en manos de leguleyos y no de políticos. Después, fueron los economistas.

Mientras los letrados hablaban de Estado de Derecho y de debido proceso, ante la inacción de los políticos –fuesen dirigentes, militantes o lo que entonces llamaban operadores–, el proceso y sus conmilitones violaban la Constitución y todo lo que estuviera a su alcance. “Exprópiese”. No solo permitieron que la denominaran moribunda, sino que fue obviado el juramento de rigor y ninguno de los presentes se dio por enterado, ni siquiera Henry Ramos que desde un tiempo para acá, como si temiera que pudieran adosarle el cognomento de golpista, ha mostrado mucho celo en la vía constitucional. Después, contra todo lo escrito en la carta magna aprobada por unanimidad en 1961, la presidente de la Corte Suprema de Justicia aceptó la convocatoria de una asamblea constituyente a través de un sistema de votación que otorgó la mayoría aplastante al sector que obtuvo menos votos. Ninguno de los legalistas hizo nada.

Después el país vivió la experiencia del referéndum revocatorio, en el cual su postergación por más de un año y el cuento de las firmas planas fueron las irregularidades más escandalosas pero no la más graves, con mesas abiertas hasta la medianoche y autobuses con votantes oficialistas itinerantes haciendo uso de su “derecho” al voto en todos los centros de votación. La quietud de los legalistas fue atronadora. Se limitaron a suscribir una solicitud de investigación.

Levantaron la voz, sí, en abril de 2002, cuando alguien dijo que se había roto el hilo constitucional, sin que nadie supiera dónde empezaba y donde terminaba la hebra.

El éxtasis de la ilegalidad ocurrió cuando entre una traqueotomía y otra foto familiar modo fe de vida anunciaban decretos expropiatorios con la firma estampada con un sello de caucho, y ninguno de los legalistas abrió la boca, sino que cerró bien los ojos. Tampoco les molestó que no se llenara la ausencia absoluta del jefe del Estado como lo estipula la carta magna, sino que el vicepresidente de un gobierno fenecido se mantuviera en el poder. Antes no hicieron ni un remilgo al constatarse que el texto de la bicha no tenía parecido con el aprobado, que nunca se discutió en la plenaria ni en las comisiones la incorporación del masculino y del femenino, en choque frontal con el buen decir y la gramática española.

El legalismo y la leguleyería nunca se dieron por enterados de los ajustes de cuentas que perpetraban Loyo y Jaua en sus rescates de “tierras ociosas”, en los que se embolsillaron millones de dólares en extorsiones, vacunas y tratos bajo la mesa; mucho menos sacaron a relucir el Estado de Derecho cuando Jorge Giordani les declaró la guerra a las casas de bolsa y los hermanos Sánchez utilizaron los servicios de lavado y planchado del tuerto Andrade en Florida para clarear sus ganancias.

Es muy largo el rosario, pero ¿las violaciones de los derechos humanos son constitucionales? ¿Están dentro del Estado de Derecho las torturas, las ejecuciones extrajudiciales y las masacres?

En los últimos seis años, hay que reconocerlo, los legalistas fueron desplazados por los economistas, que tienen el tupé de aconsejar al gobierno medidas para fortalecer el bolívar y frenar la inflación, como si los cubanos no supieran lo que hacen. Al ciudadano de a pie, en cambio, lo tratan como a un consumidor sin capacidad de compra. No lo toman en cuenta.

Sin duda, las nuevas camadas de políticos han demostrado un admirable estoicismo y una singular valentía, pero han fallado en la práctica de su oficio: hacer política, trazar una estrategia unos pasos más allá de las ansias personales. Alquilo ejemplar de El príncipe en su versión para dummies.

 

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