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Gloria Cuenca: ¡A votar!

Hoy es día de fiesta para la democracia. No es ninguna novedad. Lo digo, lo señalo cada vez que nos toca ir a cumplir con el deber y el derecho de votar. Como si fuera poca la trascendencia del acto del día de hoy, las elecciones regionales rubrican uno de los deseos más importantes y constantes, desde el siglo XIX, de los venezolanos: la descentralización.

La primera vez que se hizo una votación para elegir gobernadores fue en el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez, quien había empeñado su palabra de permitir ese acto, que conlleva a más democracia y menos autoritarismo. Por eso no gusta a algunos, que siempre sueñan con ser únicos y los que mandan más. Esa posibilidad de dividir el poder, de ser capaz de entender el liderazgo regional, de aceptarlo y estimularlo, se concreta mediante esta elección. No hay posibilidades de continuar en una postura autoritaria y personalista, cuando se les da a los gobernadores la capacidad, primero para ser electos, y luego gobernar desde el liderazgo que –se presume– han logrado en sus regiones con trabajo, dedicación y efectividad. Imposible desconocer la importancia que este movimiento regional tiene y la trascendencia que produce en los procesos democratizadores que, aun cuando lentos, torpedeados y manipulados, han continuado con su onda expansiva e indetenible en la Venezuela de comienzos del siglo XXI.

Una parte del país perdió, junto con ciertos dirigentes, el foco democrático. Para fortuna de la gran mayoría, no ocurrió así con lo más trascendente del pueblo de Venezuela. No hubo ni hay renuncia a sus aspiraciones democráticas y sí necesidad de ampliación, profundización y mejoras democráticas, alcanzadas con mucho sacrificio, dolor y largamente esperadas. Sin embargo, esta fiesta democrática se ve empeñada con las trampas y manipulaciones de unas “tercias” que no son ignorantes ni inconscientes. Incumplen las normas, impiden la sustitución de los candidatos que se han retirado, eliminan votantes y mesas –conscientes de que violan la ley–, organizan una serie de tramoyas que a cualquier humano con un poco de vergüenza pondrían colorado y apenado.

Estas, para nada. Como decía mi madre, “la vergüenza de las tipas era verde, llegaron unos burros, creyeron que era pasto y se la comieron”. Ninguna vergüenza, ni pena, ni nada que se le parezca. ¡A votar! Y, como siempre, a cuidar las trampas.

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