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Rafael Del Naranco: Solamente una historia

Al detallar un suceso político interviene la realidad temible de la existencia de un pueblo, ya que la misma malaventura ha venido acaeciendo a lo largo de los regímenes sociales yuxtapuestos en nuestro continente, mientras sus personajes únicos son un exponente del absolutismo en las páginas de “Tirano Banderas”, “El señor Presidente” y más cerca aún “El otoño del patriarca”, cuyos autores, Ramón María del Valle-Inclán, Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez, plasmaron las desdichas aciagas que han existido en Latinoamérica partiendo de la Tierra de Fuego hasta llegar a la frontera de Tijuana con Estados Unidos.

En medio: “sangre, sudor y lágrimas”, cuyo significado angustioso insertado en boca de Winston Churchill, ha sido patrimonio casi exclusivo en estas tierras tropicales nuestras de tantas y diversas amarguras, las mismas que Eduardo Galeano describió en “Las venas abiertas de América Latina”, en todo su agrietado desespero.

A todo esto, o quizás a cuenta de ello, hacemos la consabida acotación: toda comparación con la realidad es pura fantasía. Quien desee cotejar el relato con el momento actual de otro país cercano o lejano, yerra. O quizás igualmente pudiera acertar. Los posesos que emergen de la raza humana, cuando se trata de un poder absoluto, son idénticamente iguales a la marabunta, esa nube de insectos voraces que acomete con furia a su paso contra la vegetación y todo tipo de animales, incluidos los hombres y mujeres, en este relato escrito.

Hecha la salvedad  necesaria, continuemos.

El país en el que sucedieron los acontecimientos descritos se llamó o se llama Paraguay, y aconteció en una época del siglo XX no tan lejano cuando en esa pequeña nación todo, absolutamente todo lo existente –vidas, haciendas y hasta los mismos pensamientos–  pertenecía a un general de nombre Alfredo Stroessner.

Cada lustro confirmaba su poder supremo a cuenta de unas elecciones, pero tenía arrebatos tan magnánimos, que cada cinco años, y por veinticuatro horas, para que la gente pudiera volver a elegirlo en las urnas, suspendía el eterno estado de sitio.

Decía Galeano en sus “Memoria de fuego”, que Stroessner se creía invulnerable. El Estado era él, siendo tan real esa apreciación, que cada día, a las cinco en punto de la tarde, llamaba al presidente del Banco Central y le preguntaba: “¿Cuánto hicimos hoy?”.

Debemos recordar, si deseamos seguir el hilo del relato, que en ese tiempo el Partido Colorado, reflejo de los sátrapas de turno, valiéndose de las grandes diferencias sociales existentes, promovió la revolución de los “pies descalzos”. A partir de entonces se consolidó su supremacía plena, la cual finalmente llevaría al poder total a Stroessner.

En cada elección triunfaba con el holgado 90 por ciento de los votos.

El compendio final del General Presidente fue la disposición de unir a las Fuerzas Armadas con el Partido Único y con ello  eliminar toda oposición. Esa historia la conocen bien otros pueblos de nuestro continente. La nación entró en un nirvana en el que la canonjía y el clientelismo eran expresiones monetarias del cotidiano vivir.

Para Stroessner el Ejército y el Pueblo eran una yunta indisoluble, y debido a tal realidad, nadie lo traicionaría al ser todos sus hijos.

En 1961 un personaje opaco llamado Andrés Rodríguez y proveniente de un liceo militar, fue promovido a la comandancia de la capital de la República. En los años siguientes, ya probada su lealtad al Jefe Máximo, fue adquiriendo primacía en el círculo de colaboradores de Stroessner. El vínculo personal de lealtad y confianza entre ambos militares se reforzó con el elemento familiar, al casarse una de las hijas de Rodríguez con el primogénito del dictador.

El ya general de división poseía mando en plaza: comandaba el Cuerpo del Ejército y a su sombra amasaba enorme fortuna. Era propietario de ganaderías, empresas de construcción, textiles y alimentación, la mayor cervecera del país y la lucrativa red de casas de Cambio de Moneda.

Y aún así el hombre no era feliz; su esposa le reclamaba no poder disfrutar con sosiego tanta riqueza. Cuando visitaba un centro comercial, negocio o restaurante, sentía un murmullo de desprecio. Aquello era demoledor.

Rodríguez acudió a pedir consejo a un amigo de la infancia. “Te lo voy a dar, pero no tomes el mismo sendero que tu suegro”. Y añadió: “El hombre que saque del poder al tirano, el pueblo le perdonará su despotismo, el dinero mal obtenido y podrá vivir en serena tranquilidad”.

Rumió ese consejo profundamente. Se despojó de toda conciencia mil veces jurada y un 3 de febrero de 1989, derrotó a Stroessner.

Moraleja: No hay lealtad que el miedo a un futuro incierto no haga pedazos. Rodríguez devolvió a Paraguay su larga perdida democracia y durante su período presidencial hizo un gobierno apegado a las leyes. Murió en Nueva York.

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