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Elías Pino Iturrieta: ¿El primer caudillo?

Vuelvan Caras, de Arturo Michelena

 

Según el historiador Pablo Ojer (La formación del oriente venezolano, Caracas, UCAB, 1966), el caudillismo venezolano encuentra origen en tiempos coloniales. A algunos les ha parecido exagerada la afirmación, pero el personaje que discurre en sus páginas no lo hace quedar mal. Considera que durante un período tan remoto echa raíces el fenómeno de un personalismo, en cuyos rasgos ya se observa la presencia de los hombres de armas que en el futuro determinarán el destino de la sociedad.

¿Por qué? Se produce entonces una proliferación de mesnadas particulares que obedecen a la voluntad de un individuo armado hasta los dientes, sin atender las convenciones de gobierno ni las pautas disciplinarias por cuyo arraigo se viene luchando desde Madrid. ¿Está en lo cierto? El punto se puede discutir, pero es evidente el hecho de que en el período se generan pugnas entre los derechos de las primeras villas, cuyos vecinos se interesan por la aplicación de las regulaciones enviadas por la Corte para beneficio del común, y el capricho de quienes actúan en la búsqueda de perlas, esclavos y poder. En tal especie de pugnas aparece la figura del personaje que ahora ocupará nuestra atención.

Ojer reconstruye un episodio digno de memoria, que protagoniza en 1537 el capitán Antonio Sedeño ante los requerimientos de la autoridad civil. Con la ayuda de guerreros célebres como Diego de Losada y gracias a la devoción de la soldadesca, Sedeño establece una administración personal frente a la cual no puede la advocación de la monarquía. Se le persigue por numerosos atropellos contra los pobladores pacíficos, quienes encuentran apoyo de los ayuntamientos para detener sus desmanes. Quieren que se presente ante la jurisdicción civil para que explique sus actos y pague cárcel por sus excesos, si lo determina un juicio justo.

Ante el grito de ¡Viva el Rey! desembuchado por sus perseguidores, veamos cómo contesta su lugarteniente, de acuerdo con los documentos que entonces se suscriben:

Que le aprovechaba aquí decir del Rey, pues ellos no conocían Rey, ni tenían a otro por tal sino a Sedeño.

El cronista fray Pedro de Aguado hace una descripción del conquistador, en la cual asoma el peso del vínculo personal que establece con sus seguidores, más fuerte que coyundas institucionales. Escribe:

Era tan largo y generoso Antonio Sedeño, que con la mucha y desmedida largueza que en el dar con todos generalmente usaba, que no había soldado que no lo tuviese en las entrañas, y le pareciese que era poco perder la vida por él, porque le aconteció (que) un solo capote con que andaba cubierto quitárselo de encima y darlo a un soldado que con necesidad le pedía una camisa o ropa vieja para cubrir y abrigar sus carnes del frío.

Del fragmento se desprende el tejido de una atadura afectiva, debido a cuya influencia se puede establecer el predominio de una voluntad alejada de las normas establecidas, o dispuesta a fomentar conductas divorciadas de la institucionalidad. Estamos ante el nacimiento de un nexo entre un individuo armado con sus subalternos, del cual se pueden esperar resultados insólitos o conductas chocantes con el establecimiento. El suceso que después narra el cronista Fernández de Oviedo, citado también por Ojer, muestra que no está descaminado el comentario.

Conducido a una jaula después de fatigosa persecución, el capitán es librado a la fuerza por sus coraceros. Sigamos la descripción de Fernández de Oviedo:

Luego le tomaron en brazos a Sedeño sus amigos y pusiéronle a una ventana para que hablase a la gente y cesase el escándalo, y así se sosegaron todos. Unos le abrazaban, otros con lágrimas daban gracias a Dios porque había librado a su gobernador; otros decían que se debía proceder contra sus enemigos.

Si la imaginación toma licencias puede sentir que contempla una aglomeración política de la posteridad, en cuyo centro se alza una figura carismática ante quien se entrega la multitud, un episodio como los que el caudillismo de siglos posteriores se ocupará de multiplicar entre las clientelas campesinas.

Nos quedamos sin saber lo que Sedeño grita ante la congregación de voluntades cautivas que se estrena en 1537, ante lo que pudo ser el primer mitin de nuestra historia, pero seguramente no fueron palabras de acatamiento para las leyes del rey. ¿Acabamos de conocer al primero de los caudillos de la comarca? Un sí puede ser aventurado, pero nadie puede dudar sobre los nexos amicales y de sumisión, autónomos frente a la autoridad legítima que se establecía en Tierra Firme y también frente a la instancia superior, que se extienden y profundizan más tarde.

 

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