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Alfredo Toro Hardy: Directo al gallinero

En el curso de este siglo está llamado a tener lugar el fenómeno más significativo desde la aparición del homo sapiens: la singularidad. Es decir, el momento en el que la inteligencia artificial sobrepase a la inteligencia humana. Ello implicará el fin de la centralidad humana en el planeta.

La noción de la inteligencia artificial desplazando a la humana no puede, desde luego, ser visualizada en términos lineales. No se trata de dos corredores en el que uno está en condiciones de rebasar al otro, tomando cierta ventaja. Muy por el contrario, hablamos de una explosión de inteligencia no humana susceptible de acrecentarse con una rapidez tal que relegará al homo sapiens al desván de la obsolescencia.

Mientras los seres humanos estamos encerrados en nuestra cárcel biológica, con posibilidades limitadas para incrementar el ámbito de nuestras proezas mentales, la inteligencia artificial se expande en forma exponencial. Ello implica la duplicación de su capacidad en lapsos periódicos y cortos, dentro de parámetros similares a los de la Ley de Moore que entraña una duplicación cada dieciocho meses.

Desde luego, las primeras duplicaciones resultan siempre poco notables. Pasar de 2 a 4 o de 16 a 32, no impresiona demasiado. Sin embargo después de 50 duplicaciones, cuando se pasa de 563 billones a 1,1 trillones, ya los números asumen otro significado. Eso, ni más ni menos, es lo que le espera al ser humano cuando sea desplazado por la inteligencia artificial. Mientras aquella seguirá enseñándose a sí misma y, en el proceso, avanzando a una velocidad imposible de digerir por nuestros sentidos, los seres humanos permaneceremos virtualmente estáticos en el punto donde fuimos rebasados.

En su obra Homo Deus, Yuval Noah Harari (New York, 2016) refiere cómo los dos grandes atributos que separan al homo sapiens del resto de las especies animales son la inteligencia y el flujo de la conciencia. Mientras la primera nos ha permitido erigirnos en dueños del planeta, la segunda brinda significado a nuestras vidas. En base a esta última, nuestra existencia resulta un entretejido complejo de memorias, experiencias, sensaciones, aspiraciones, disfrute de la belleza, etc. En síntesis, expresión vital de una mente sofisticada. Ahora bien, según Harari, nuestra inteligencia resultará insignificante frente a los niveles de la artificial, al tiempo que el flujo de la conciencia será expresión de una irrelevancia mayúscula frente a la fuerza expansiva de algoritmos que penetren los confines del conocimiento. No en balde, para él, los seres humanos serán para las máquinas lo que las gallinas son hoy para los seres humanos.

¿Cómo excluir, en efecto, que al igual que las gallinas, los seres humanos terminemos confinados y reducidos a una función puntual en beneficio de los nuevos amos? ¿Por qué habríamos de suponer que una inteligencia superlativa pudiese tener consideraciones hacia una especie inferior como sería la nuestra? No en balde una de las mentes más brillantes de nuestros días, la de Stephen Hawkins, considera que la inteligencia artificial constituye un peligro mayor para la humanidad que el de las bombas nucleares.

El sentido común diría que los limites de la inteligencia artificial deben venir definidos por las necesidades humanas, lo cual por extensión implica que no deben nunca sobrepasar su capacidad de control por parte de los humanos. Sin embargo, como bien explica Harari, este es un tema frente alcual los gobiernos del mundo han abdicado su liderazgo en manos de las fuerzas del mercado o de los gurús y expertos en tecnología. Desbordados ante el volumen de información y complejidad implícitos en esta materia, los gobiernos simplemente dejan que la misma siga su curso.

Por antonomasia, las fuerzas del mercado resultan incapaces para definir límites. Ninguna empresa que pueda beneficiarse de los avances en este rubro, se excluirá de éste mientras otras estén en condiciones de sacarle provecho, de la misma manera en que todas tratarán de obtener ventaja frente a sus competidores. En medio de esta carrera desbocada por ver quién deja atrás a los otros, no hay desde luego tiempo ni disposición para pensar en las consecuencias.

Peor, sin embargo, es dejar las cosas en manos de la comunidad de expertos. Según Harari, en ésta predomina una suerte de religión seglar según la cual el universo consiste en flujos de información y el valor de cualquier fenómeno o entidad viene determinado por su contribución al procesamiento de dicha información. En la medida en que la mente humana es ya incapaz de procesar un volumen de información que la desorda, su obligación es pasar la antorcha a los algoritmos electrónicos. En otras palabras, habiendo llegado el ser humano al límite de sus capacidades, debe abdicar la conducción del proceso en manos de la inteligencia artificial.

Entre el libre mercado que resulta indiferente a las consecuencias y la comunidad de expertos que deliberadamente las busca, vamos pues directo al gallinero.

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