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Rafael Del Naranco: Madrid, parada y fonda

Hemos venido durante cortos días, sobre los rieles del tren de alta velocidad española, de la Valencia mediterránea al Madrid ceñido en un otoño ocre y sin nieve aún en la sierra del Guadarrama, en  una época mohína de agobios, sombras y quebraduras interiores.

Habiendo salido de Venezuela con desazón y pesadumbre hace un largo quinquenio, las cortas veces que abandonamos la ciudad del Turia ha sido a cuenta del deseo  imperante de pretender macerar otras evocaciones menos quejumbrosas, al ser la capital de España, más que parada y fonda, un aliento que reblandece las añoranzas caribeñas lejanas.

Nuestros movimientos en los madriles asumen un pequeño hotel en la plaza Sevilla cercano a la Puerta del Sol, un largo paseo entre la calle Preciados y la Gran Vía hasta recaer en la Plaza de España, a sabiendas que muy cerca se alza la antigua Estación del Norte, esa tranquera grande por la que penetraron los sentidos curiosos de un muchacho venido entre los piélagos  de una posguerra española, hacia un  mundo entonces lóbrego y oprimido.

De aquél primer relámpago de existencia han pasado numerosos inviernos y como Madrid, nosotros, los de aquél entonces, ya no somos los mismos, atrás han quedado asombros, dudas, aprensiones. Igualmente alegría, ensueños a granel, querencias y la vida anchurosa saliendo a nuestro encuentro.

En la pequeña habitación del hotel, malecón del primer amarre en la ciudad, algunos libros nos comienzan a atar a esta ciudad de los Austrias que, sin ella darse cuenta, fue el equivalente al primer amor furtivo: una evocación agridulce.

Luciano Di Crescenzo dice que Ulises no es un personaje, sino una manía. “Una manía que obliga al hombre a partir. Siempre. Una manía que algunos tienen y otros no. Si tú también la tienes, has de saber que en el puerto hay una nave que te aguarda. No te preocupes por la maleta. No averigües el precio del pasaje. No preguntes el destino. Lo importante es partir”.

Y en eso, entre andar calzadas y encontrar bifurcaciones, nos imbuimos en temprana adolescencia. Fueron tiempos de transitar –más bien un cierto dejarse ir–, observar y asombrarse.

La evocación de un pasado es el genuino atributo de todo ser humano con esperanzas.

Somos un perenne coexistir de costumbres y, cuando vemos pasar nuestras vivencias deleitadas, más aferrados a ellas nos sentimos. Y es así que nuestras peregrinaciones empujando la curtida maleta representan un caparazón más de la propia piel. Uno, desde que nace hasta llegar al camposanto, solamente es certeramente un transeúnte.

Viajar  –dejarse ir –, observar y recordar.

Cada evocación de un hecho representa la esencia del desplazamiento. Nos avenimos de diversas formas, no siempre todas atrayentes, y aún así, acordarse de acontecimientos excelsos o diminutos, nos inmortaliza en cierta manera.

Todo hombre o mujer adosado a su propio fundamento se lanza a las antiguas tradiciones de hablarle a Dios en el yermo de una desabrigada ermita, y ya perdidos los arrebatos de la primera lozanía, se da cuenta de que es desatinado ganar en extensión lo que se ha perdido en profundidad.

En Madrid los gorriones perviven malamente en el paisaje alcalino de las calles, y que hace tiempo el madroño, árbol de campo abierto, guardián de sementera, cruzó las páginas del desaguace.

Hay en la calle de Alcalá –vientecillo fresco, organillos, azucarillo y aguardientes– un tufillo a castañas asadas y niñeras en blanco corriendo tras un desvarío.

Y ahora  –disculpe lector– una reflexión a pie de página:

Observando el drama secesionista de Cataluña, esa actitud vana en una Europa sin barreras y cuya historia, en cada una de sus circunstancias, no ha encontrado otra salida más esperanzadora que ir al encuentro la unidad de sus pueblos, los dramáticos sucesos de ahora nos cubren de congoja.

Debido a la convicción en las ideas positivistas, éticas, literarias y al inmenso apego a la libertad, esos valores del viejo continente de los que departimos, los hemos vuelto a revisar en un librillo de cabecera emergido de la considerable cultura que envuelve a George Steiner y titulado “La idea de Europa”.

A partir de ahí, España no se merece el órdago iracundo del independentismo catalán, al ser ella una democracia edificada con el pedernal que hizo posible una nación abierta, digna y sólida en el concierto internacional.

Posiblemente quizás, en medio de esa comedia de enredos políticos estremecedores, llegue la sensatez y se imponga el sentido común en el terruño del escritor Josep Pla, el pintor Joan Miró i Ferrá y el poeta José Agustín Goytisolo, cuyo poema tan recordado, “Autobiografía”, hizo el retrato al carbón de nuestras atormentadas almas de la posguerra española, y todos, sin excepción, hasta los incrédulos de la palabra, lloramos alguna vez sobre esas estrofas.

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