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Jesús Alberto Castillo: El educador, arquitecto de la sociedad

Aún tengo fresca la memoria de mis primeras letras en el Jardín de infancia “Estado Lara”, ubicado frente al cuartel de Cumaná.  Veo aquella amplia casa, construida al estilo colonial y con un patio adornado de una frondosa mata de maco que daba sombra a granel. La primera vez que fui allí lloré como nunca. Tenía 5 años y me despegaban de mi hogar materno. Pensaba que el mundo se me venía abajo. Poco a poco fui adaptándome a mi segunda casa, gracias al cariño de mis maestros. Luego, estudié primaria en la Escuela “Fe y Alegría”, sector San Luis, una institución regentada por los padres jesuitas. ¡Cómo aprendí en ese acogedor escenario! Allí consolidé una vasta formación académica y ética de mis maestros Yvonne, Nelly, Vicente, Leonel y Martín. Ellos dieron lo mejor de sí y se entregaron con cariño y esmero.

Particularmente con el maestro Martín Coronado, de 5º grado y padre del reportero gráfico de Región que lleva honrosamente su nombre. Tenía fama de exigente y “raspador” de alumno. Quien no supiera matemáticas (multiplicar, dividir y regla de tres) no pasaba para bachillerato. La verdad que era pura fama, porque sus clases eran placenteras. Uno aprendía de verdad no solo en los números, sino en ortografía y redacción. De verdad que agradezco a todos mis maestros lo que soy, más allá de la formación ética que tuve en mi seno familiar. Mis maestros contribuyeron académica y axiológicamente en mi apasionado mundo de estudiante. Gracias a ellos, pude sortear con facilidad el arduo trayecto de bachillerato y la universidad. ¡Esos maestros cómo los extraño! Su entrega, disciplina y cariño se irradiaba en cada uno de sus alumnos.

Hago esta remembranza, a propósito de haberse celebrado el pasado 15 de enero el Día del Educador, una fecha tan importante en una sociedad que se abre paso por el sendero de la información y el conocimiento. Los educadores, por antonomasia, los que construyen la civilización humana. Se esmeran en enseñar, en ser luz para erradicar la ignorancia de los pueblos. Por eso los he bautizado “arquitectos de la sociedad”.  Su vocación de enseñar no es cualquier cosa. Es una forma de vida que implica sacrificio, preparación y equilibrio mental. Les corresponde ser luz para guiar nuestros pasos, desde que salimos del hogar en ese proceso dinámico de socialización. En consecuencia, tienen que tener una conducta empática que permita entender a sus alumnos y entusiasmarlo a alcanzar las metas, por muy duras que sean.

Un buen maestro no se limita al aula de clase. Enseña con su acción. Se convierte en ejemplo de vida para la sociedad. Asume una conducta reflexiva y crítica ante lo que pasa a su alrededor y no se deja alienar ideológicamente. Pues, estaría condenándose como fuente de conocimiento. Educar es un apostolado que requiere de convicción y amplitud de criterios. Es una forma de vivir en carne propia la realidad que nos abraza y producir cambios para el avance y progreso de la propia sociedad. Por eso no es concebible un docente pasivo y moldeable a las circunstancias políticas del momento. La educación es un proceso transformador en la sociedad. Ya varios pensadores han señalado que las naciones se desarrollan al mismo paso con que se mueve la educación.

La escuela de hoy necesita relanzarse con un educador que apueste a la democracia, a la ética y pueda quitar las vendas de la ignorancia colectiva. Eso requiere de mayor lectura, formación y amplitud de criterios. En estos tiempos de crisis política, económica y moral, nuestro maltrecho país reposa en las manos de sus educadores. De esos seres que jamás se dan por vencidos y asumen la enseñanza como una forma de vida. Hombres y mujeres consustanciados con los problemas comunitarios y prestos para su liberación, no para su encadenamiento ideológico. Es época de vencer las sombras.

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