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Pastor Heydra: Ahora, Venezuela, si es otra.

He estado algo ausente del país cotidiano. Después que Henry Ramos y su comandita política y de grupos económicos inventarán la abstención electoral de 2005, poco quedaba por hacer. Todo esto se lo regalaron a Chávez, así de simple. Luego sufrí un accidente con fractura de rotula, tibia y peroné que me sacó del juego activo por un par de años. Me rescató el Dr. Gustavo García en Caracas, pues en mi terruño margariteño, el mejor médico es un señor llamado LASER.

En septiembre me fui a Panamá, pues mi esposa, con mucha razón, fue de la tesis que poco podía hacerse acá, había que formar al niño que ya tiene 12 años y lo que se nos ofrece es absolutamente decadente, nada que ver con creatividad, ni pensamiento. Declive puro, por casi todos los lados. Para los que tuvimos otra fortuna, recuerdo que mi maestro de música en el Liceo “Fermín Toro” era Antonio Lauro, y por la maleta se saca al pasajero. Y como libre pensador, no cuadro ni con la MUD de Ramos, Borges, Rosales y Florido, ni con Maduro. De tal forma, compartiendo la esperanza familiar, me dije que, por un tiempo, había que tomar las de Villa Diego. Y eso hice.

Vine a un chequeo de la prótesis. Llegué contento. Margarita para mí es un ensueño, desde niño cuando comía ciruelas de huesito en el muelle de madera de Juangriego, teniendo el horizonte de la mar “ancha y ajena”, como Prieto Figueroa llamara a su casa de Caracas. Tenía un pequeño ahorro de mi jubilación como Diputado, lo que me permitió invitar a dos grandes amigos a almorzar carne. No sabía que el producto, ya con solo mencionarlo, era casi obsceno. Fui con un maravilloso margariteño Manuel Millán, amigo de la vida, y un “navegado”, ídem, el negro Raúl Fuentes, fina pluma dominical de El Nacional, quien otrora fuese de los grandes creativos de ARS, esos que decían podían pensar por usted. La dolorosa no perdonó, comenzó a menguar el pequeño ahorro. Se imponía la nueva situación.

Al día siguiente hice un corto recorrido. Antes del accidente, era casi como parte del mobiliario de la “Casa de Rubén”, y de la “Casa Caranta”. Pasé a saludar a sus dueños, mis amigos Rubén y Gabi, y vi sus precios, bastante solidarios para el contexto actual, pero me convencí que era un gran lujo ir a restaurantes, para desgracia de esos extraordinarios emprendedores, que deben ingeniárselas para sobrevivir. El corolario es que el viernes baje a Juangriego a arreglar asuntos familiares. Compré un chocolate a 100.000 Bs, medio dólar. OK. Venezuela es un país dolarizado, pero con un detalle maluco, los ingresos de las gentes no son con la cara de Benjamín Franklin, son Bolivarianos; pero regresé el lunes y de la misma cajita, en el mismo establecimiento, aquel fundido de cacao y azúcar ya estaba en 270.000 Bs. Me dije “No me jodas”. De porrazo y sin ñapa. Sin aviso, ni protesto.

Pensé en la masacre de Oscar Pérez, que acababa de ocurrir; en la muerte del gran pintor que fue Francisco Bellorín, en el boom del realismo mágico de los 70 y hasta de los momentos de nuestras luchas por Vietnam. Me acordé de una pregunta que me hizo una vieja maracucha, una vez que, en mis quimeras juveniles, cuando estudiaba en LUZ y manifestábamos en esa ciudad del sol por Camboya, en su inocencia nos escrutó: ¿Hay y quién es ese Camboya?, ante nuestra inenarrable y cándida estupidez de mocoso, aunada con un febril izquierdismo que no tuvo respuesta, pues como decirle que era un problema del imperialismo yanqui, y no de ella, ni de nosotros, que estábamos voceando consignas en la calle. Pensé y viví a medias nuestro hoy: “Venezuela es otra”.  Y todo por el precio del bendito chocolate.

Me recordé de una campaña que como jefe de la OCI hice con la publicidad “Voz y Visión”, por órdenes de CAP, quien había recibido, como todos los que éramos miembros de su gabinete, el grave informe presentado por Miguelito Rodríguez jefe de planificación: “Lusinchi dejó las arcas vacías”. Eso obligó a un plan audaz como el de “los Chicago Boys” (CAP-Rodríguez-Naim-Torres) que hubiese cambiado el rumbo del país, pero los intentaron descalificar los confrontadores que veían en riesgo sus prebendas, esos personajes, en su mayoría vivarachos e ignorantes, que siempre chuparon de la bondadosa teta del Estado. Una dirigencia política y económica trasnochada que luchó contra un fantasma del liberalismo, y más de uno de sus espinosos seres hasta publicó un libro, sin difusión, sobre la materia, sin tener la mínima idea de lo que ocasionó hechos como el 27-F, y luego… Chávez.

Esa acción que debería evidenciar esa nueva realidad, sin coimas, ni mañas pecuniarias, fue pagada por el Ministerio de Educación cuyo titular era Gustavo Roosen, quien paradójicamente inició los CLAP con el programa de la “Beca alimentaria”. Esa consigna de “Venezuela es otra”, que fue nuestro blasón, era el diseño realizado con el gerente publicitario de V y V, el diligente y vivaz Pablo Antillano, quien, con su amigo de farras  Raúl Fuentes de ARS, su competencia, sacamos respuestas adelantadas, pues a lo mejor no era la adecuada para ese tiempo de preparación de futuros, de ajustes del que vendrá, sino más bien para la Venezuela de ahora, la de la crisis de hoy, esa que sentimos, pero Nicolás y los suyos no quieren ver. Esas piezas las copiaron en su momento en varios países, como ocurrió en el Brasil de Lula.

Una grácil dama, hija de María Teresa Cifuentes, “la perfecta ama de casa”, Carmen Julia Álvarez, nos mostraba las virtudes de la concha de plátano como suplidora de la carne mechada o las de la auyama con la cual se podían hacer, batidos, purés, potajes, y dele a cualquier gracia gastronómica de bajo precio.

Hubo sus burlas, aquella Venezuela de CAP, 1989, era el comienzo de un ajuste económico que no entendieron los genios políticos y financieros de ese entonces, donde la moda era todavía el “tá barato dame dos”; incluidos algunos compañeros de gabinete, que hoy se regodean en Boston y pretendían reformar el Estado, después que el viejo Ramón J. Velásquez le tiró esa toalla al imposible ring de Lusinchi que abrió las puertas de la renovación con la derrota de Piñerua, pero que, al montarse, las cerró con el candado impuesto por la “vieja guardia” y sus canonjías, que lo hicieron Presidente.

Y esa misma Venezuela, de opulencia y buen vivir ¿qué tiene que ver con la de hoy, a la cuál nadie comprende, empezando por sus guías? me dirán. Vaya usted a saber. La pregunta de las sesenta mil lochas. Muchas historias y cuentos por echar. Por ahora, para adaptarnos a estos nuevos tiempos, solo podemos decir con propiedad, como lo intentamos en 1989 Fuentes y Antillano; CAP, Roosen y Heydra: “Venezuela, es otra”. Y la vainita, ahora, no es ajuste, frase, ni juego, es una cruda verdad. –

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