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Rafael del Naranco: Partituras de libertad

Nos hallamos postrados en un prolongado acantilado del mar Mediterráneo  mientras los recuerdos anclados  al espíritu siguen encallados en Venezuela.

En el país se forjaron los elevados años de nuestra existencia y los últimos más dolientes. No hay un solo día  desde entonces que no se impregne nuestras angustias de las sacudidas de su presente: golpes secos, pavorosos dramas inhumanos, noticias estremecedoras y angustias que ahogan.

Las fatalidades de ese terruño que en un tiempo no lejano fue ánfora de anhelos, se halla ahora resquebrajado y al verlo, hago mías las palabras  del poeta de Orihuela: “Y por doler, me duele hasta el aliento”.

En momentos de pesadumbre -suelen ser diarios- tras leer los abatimientos que llegan de las amistades germinadas al resguardo de los años en Caracas, la música de Giuseppe Verdi que me acompaña, nacida en una  Italia que poseía cada uno los desarreglos que ahora padece Venezuela, son un desahogo que no amaina, aunque lo intente.

El compositor, motriz del “Risorgimento”, fue la esperanza sobre el deseo de hacer de su patria una nación sin ataduras, y el pueblo, agradecido,  entonaba sus piezas a manera de banderolas libertarias. Solo habría que recordar que Constitución y Democracia fueron conceptos prohibidos en aquellos cismáticos reinos.

Lombardía y Véneto eran provincias del Imperio austriaco; Nápoles y Sicilia estaban gobernadas por los Borbones; el poder del Papa alcanzaba hasta las legaciones del Adriático, y solo Piamonte, Saboya, Génova y Cerdeña, conformaban un pequeño reino en el que igualmente era problemático defender un régimen constitucional.

Hay razón cuando se dice que el siglo de Verdi fue una centuria inquieta, colosal, elevada, donde la creación artística se unió al sentimiento de un pueblo desgarrado que necesitaba unidad para hacer frente al futuro.

Lo mismo sucede en la Venezuela de ahora mismo. El país lleva años padeciendo relámpagos desgarrados.

Entre tanto, hablemos de música, templemos el alma, arrullemos el espíritu. La música sosiega e insufla fuerza ante las dificultades. Ella, y  la unidad de pueblo en sus valores hacen milagros.

Giuseppe Verdi nos puede servir de apoyo al ser sus composiciones banderolas al rescate del país. Todas sus obras fueron representadas en La Scala de Milán y con ellas se levantó y unió el desmembrado espíritu de su época,  y es que aquella sala con el surgir del “Risorgimento”, fue  mucho más que unas candilejas.

La partitura “Nabucco” rememora el episodio de la esclavitud de los judíos en Babilonia, mientras un coro va entonando “Va pensiero”, el gemido de los encadenados oprimidos. En Italia, y después Europa, este himno fue y es  símbolo de la ansiada emancipación:

¡Ay, mi patria, tan bella y abandonada! / ¡Ay recuerdo tan grato y fatal! /  ¿Por qué cuelgas silenciosa del sauce? /Revive en nuestros pechos el recuerdo, / ¡háblanos del tiempo que se fue!

El prestigio de ese  Gran Templo de la Música  no se generó en un día, se forjó en duras competencias con otros antiguos teatros.

El 25 de febrero de 1776, en tiempos en que la región se encontraba bajo la dominación austriaca, el Teatro Regio Ducal fue pasto de las llamas. La construcción del nuevo coliseo se inició con celeridad, edificándose el flamante inmueble sobre un solar donde existía una vieja iglesia conocida con el nombre de Santa María della Scala, regalo de la archiduquesa María Teresa de Austria.

El arquitecto Giuseppe Piermarini, se encargó de dirigir el proyecto, y el 3 de agosto de 1878 tuvo lugar la función inaugural con la obra de Antonio Salieri “Europa riconosciuta”.

Aunque henchidos de expectación, los visitantes de Milán quedan con frecuencia decepcionados ante el pequeño pórtico del teatro y la discreta fachada neoclásica. Sólo la singular sala dorada y carmín cautiva a la gente por su exuberancia, esplendor y gloria operística acumulada.

A La Scala se le considera unánimemente el primer coliseo del mundo y el oratorio por antonomasia donde oficiaba Giuseppe Verdi. En él los lombardos lloraron y lo siguen haciendo  a los acordes de óperas que apuntalaban con sus cantos y timbales la unión de Italia.

Hace pocos años el edifico fue totalmente renovado. Parecía un almacén de cachivaches. Las alfombras manchadas, la pintura desprendiéndose, el terciopelo de los asientos sucio y el escenario roto en muchas de sus partes; sin embargo, los milaneses no querían aceptar los planes de transformación. Se resistían. Allí, en cada rincón, aún estaba palpable la esencia del esplendoroso siglo XIX de la lírica italiana que marcó el profundo valor de la libertad de un pueblo.

Entrar en ese tabernáculo, símbolo de la firmeza hacia una tierra seducida y sus ensueños de nación democrática, es reverdecer en el ánimo el sonido de la voz humana arropada al resguardo de las más extraordinarias partituras musicales.

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