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Jesús Alberto Castillo: Combolandia, el país de Pavlov

El cuento de hoy está referido a un país donde el hambre se pone a prueba como experimento social. Solo basta someter a sus habitantes a unos benditos combos de comida que llegan de vez en cuando y santo remedio. La gente queda satisfecha y sale derechita a votar por sus benefactores.  Es la patria del reflejo condicionado. Esa que conoce muy bien Nicos Pavlov, su célebre clan formado por Diomedes Cabeza, Mahmud Aissem, Ilich Ladino, Hussain Tarot, George Rodín y sus dilectas colaboradoras Cira Rosas, Chilindrina Rodín y Tiberia Lucina. Todos ellos se mueven al compás de un bendito carnet que controla la vida y caminar de esos moradores, cuyas condiciones físicas y mentales lucen cada vez más menguadas.

El fatídico clan se encierra frecuentemente en una sala situacional donde acompañados de asesores foráneos manejan a su antojo las necesidades de la población. Juegan con la hambruna masiva y  venden un mundo de esperanza que nunca llega. Un círculo vicioso que explotan a la saciedad para perpetuarse en el poder. Sus miembros son los amos de la patria, esa venerable palabra que pronuncian y prostituyen para enriquecerse a granel. Hasta se dan el lujo de comprar propiedades y negocios en tierras del capitalismo salvaje, término que dicen aborrecer. Disfrutan con su magnánimo experimento, “dale de comer un poco a la gente, deja que sienta algo de hambre y socórrela esporádicamente para que la tengas a tus pies”. Simple lógica que celebra Pavlov, mientras degusta un exquisito banquete con su célebre pandilla.

Diomedes no se queda atrás. Levanta su mazo en forma desafiante por si acaso alguien trata de rebelarse en esa tragicomedia experimental. Desafía las leyes de la naturaleza y de la conciencia humana con un verbo que vomita sapos y culebra. Es como si la furia de su lenguaje emergiera de ultratumba para castigar y sembrar odio. Se cree más poderoso que Pavlov, aunque esté detrás del trono. Su mirada de Mona Lisa lo delata. Irónico, ruin y capaz de traicionar si se le presenta oportunidad de preservarse. Le importa un bledo que algunos de sus correligionarios le endosen algo de cobardía. Para él lo importante es el poder y la buena vida, aunque tenga que valerse de cualquier medio. Mientras tanto los hermanos Rodín están a la retaguardia, esperando su momento. Son muy meticulosos y calculadores. Tratan de ser refinados, aunque viven con un tormento fantasmal desde hace muchos años. Usan la psicología para no morir en el intento.

Cira y Tiberia, cada cual por su lado, no se dan la mala vida. Han sido premiadas por falsear la realidad de las cosas. Sonríen por ser parte de ese macabro experimento social. Una, como compañera de vida de Pavlov. La otra, aunque no se deja ver, es artífice de un ajedrez comicial favorable al jefe de la banda, cuyos resultados son irreversibles. Hussain y Mahmud también se deleitan del experimento. Bañados por la sangre islámica, se las arreglan de cualquier modo para reforzar el control de esos millones de almas en Combolandia. El primero, con su brazo de verdugo justiciero y, el segundo, con su laberinto de contactos para amasar real parejo y ser sostén del régimen de Pavlov. Pero, al que debe temérsele de verdad es a Ladino, porque tiene el monopolio legítimo de las armas, como diría el erudito Maximiliano Weber. No es cualquier cosa este personaje, a quien se le ha confiado también la alimentación esporádica de los habitantes con hambre.

Así transcurren los días en Combolandia. Algunos han salido de sus fronteras. Otros tratan de luchar contra el clan. No es tarea fácil. Siempre Plavov saca algo nuevo en su experimento. Combo de líneas blancas, bonos para jovencitas preñadas y chamos a granel, aunque eso no alcance para comprar un pollo o cualquier vianda de subsistencia. Combolandia se hunde en el oscurantismo, sin futuro halagador. A menos que surja un liderazgo fuerte, capaz de trascender a cualquier reducto político. Sólo así Combolandia cambiaría de nombre para convertirse en un gran país, una poderosa nación donde se le enseñe a pescar a sus habitantes y no darles el pescado para sumirlos en el reflejo condicionado, tal como lo ha hecho hasta ahora Nicos Pavlov.

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