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Rafael del Naranco: Igual a cristianos viejos

Nada es más certero que cuando hacemos camino al andar.

En este último ambular por la España trashumante recorrimos un pequeño retazo de lo senderos  de los peregrinos; nos postramo, cual cristianos viejos y zarandeados,  ante el Apóstol de Judea en la catedral de Santiago de Compostela, ciudad de fábula y arcanos donde los  haya, y aquí,  en Galicia, predominan en abundancia.

El botafumeiro esparcía el perenne olor a incienso macerado a fuego lento en las fogatas levantadas al socaire de las ruinas de los antiguos castos en   la Baja Edad Media,  tiempo de purgatorio, peste, hambre y temor al  Dios del trueno cuando Almanzor arrasó el antiguo y bendito   “Locus Santus Lecobi”.

La urbe peregrina es un foco de religiosidad arrebujado con solo mirar las piedras de cantera al relente de los días grises, aguados e interminables, en el que el Maestro Mateo y sus picapedreros venidos de Pontevedra, elevaban, como en el aire, el Pórtico  de la Gloria.

Hace calor de calina  en la plaza de Raxoi delante de la fachada del Obradoiro, iluminada en la caída tarde por un sol mortecino color trigo.

En la alforja no hay nácares ni en la mano el cayado del camina polvoriento,   solamente tres libros  para develar las noches en los albergues, entre ellos uno de poemas cuyo contenido es una recopilación de ocho  autores a quienes el azar y las circunstancias, los convirtieron en “compañeros de viaje”.

De estos  poetas, quien más se acerca a nosotros  mientras vamos haciendo o deshaciendo el Camino  de Santiago, es José Agustín Goytisolo, a quien para soñadores  de mi generación, era igual a  la a una piel  colmada de huidas.

En el poema “Autobiografía”, Goytisolo hizo el retrato al carbón de nuestras atormentadas almas, y todos, sin excepción, hasta los incrédulos de la palabra, lloramos alguna vez sobre esas estrofas.

El escritor,  al sentir el viento y la  lluvia sin destino en su vida,  un día brumoso, de tintes opacos, se fue en  peregrinación, cual ahora hago yo,  hacia Santiago de Compostela,  a la tumba de Antonio Machado en el cementerio de Colliure.

En el camposanto cercano a  los Pirineos franceses,  frente al rostro de piedra del poeta de Castilla, le explicó: “Yo no he venido para llorar sobre tu muerte, sino que alzo mi vaso y brindo por tu claro camino y porque siga tu palabra encendida.”

En alguna parte, entre los tilos en flor y los frutos plumosos de la clemátide, sus amigos de generación Alfonso Costafreda y Gabriel Ferrater  y su admirado Cesare Pavese, lo observaban con asombrada cadencia.

Había nacido en  Cataluña en 1928 de una familia vasco-cubana, su infancia quedó marcada por la muerte de su madre en la Gran Vía madrileña durante un bombardeo, Envuelto en hondo aislamiento, Agustín se abrió una hendidura cuando nació su hija. A ella le dedicó el poema “Palabras para Julia”:

El peregrino del jacobeo, apoltronado en la cafetería del Hostal de los Reyes Católicos esperando la noche con sus duendes y magas, regresó a su celada fe cristiana, y pidió  a Santiago, hijo de  Zebedeo,  por las almas  eternamente  abandonadas en cada atajo de la  vida. Después leyó unos versos de Machado sobre los campos ambarinos de Castilla la Vieja, surcos que desvelan tantas vivencias cuando eran un joven periodistas en el “Diario Regional” de Valladolid.

Que tú me viste hundir mis manos puras

en el agua serena,

para alcanzar los frutos encantados

que hoy en el fondo de la fuente sueñan…

Sí, te conozco, tarde alegre y clara,

casi de primavera.

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