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Rafael del Naranco: Un mayo nada florido

 

Han transcurrido 50 años del llamado “Mayo francés del 68”. ¿Qué nos han dejado aquellos días? En verdad, no lo sé; mi vida particular era sosegadamente monótona, escribía en un pequeño diario gacetillas al vuelo del transcurrir cotidiano.

Muerto el 4 de enero de 1960 Albert Camus,  pudo haber sido el gran cronista de ese mes, la persona que mejor hubiera podido comprender aquella marabunta de hechos sobre una sociedad francesa aburguesada y donde los estudiantes eran, en cierta manera, los más consentidos de Europa.

Camus había dicho: “Los errores son alegres, la verdad infernal”. Y eso parece que en realidad sucedió, ya que aquel mayo preludio de un caluroso verano, los slogans, usos y costumbres de toda una sociedad iban a cambiar de una forma radical. Fue, no hay duda, la década que determinó en cierto modo las costumbres de hoy.  Las voces primeras voces estudiantiles en el campus de Nanterre se apoderaron del corazón del Barrio Latino, el Boulevard Saint Germain y La Sorbona; tanto fue así que cuando al final de ese mes la calma volvió a París, el “padre” de la revuelta, el líder estudiantil –  y  durante dos décadas eurodiputado –  Daniel Cohn-Bendit, le dijo a la prensa: “Después de lo que hemos vivido durante este mes, ni el mundo ni la vida volverán a ser como eran”.

En el periódico de ocho hojas, en una Castilla barbacana y seca, donde en verdad jamás pasaba nada, a los tres redactores que componíamos la plantilla, jóvenes e imberbes, y por lo tanto repletos de asombro, nos parecía todo un sueño. La pequeña nota insertada en primera página se escribió al unísono con informaciones de la única agencia existente, EFE; unas líneas tambaleantes que nos ayudaron, en cierta manera, a romper amarras, aunque eso no lo supimos sino años después.

“París ha vivido una explosión revolucionaria no conocida desde La Comuna, que ha puesto en entredicho las bases del ordenamiento social imperante: el modo de producción, la jerarquización, la familia y las costumbres sexuales”, expresamos en primera página.

Cuatro renglones, tres docenas de palabras donde se insertó un hecho histórico sin precedentes en un siglo tan lleno de sucesos asombrosos.

El día culminante fue el martes 14. Los estudiantes ocuparon La Sorbona y la declararon comuna libre; los del suburbio parisino de  Nanterre impusieron libre sus salas de estudio, mientras los obreros de Sud-Aviation ocupaban la fábrica y secuestraban a su director. El movimiento se estaba apoderando del conjunto de la sociedad francesa, pues al día siguiente los estudiantes tomaban el teatro Odeón, el respetabilísimo centro de la cultura francesa, a la vez que su director, Jean Louis Barraut, se unía a la revuelta. Sin duda era el comienzo de un fin de siglo que por extraños e incomprensibles vericuetos se adelantaba.

París era una fiesta sin la presencia de Ernest Hemingway, siendo el momento preciso – no volvió a haber otro más – en que las paredes tuvieron la palabra, y no los libros. Había nacido el grafitti como expresión de rebeldía, y algunas de aquellas frases, sin que lo supiera quien las escribió, pasaron a la historia:

“Esta prohibido prohibir”; “Debajo de los adoquines está la playa”; “Si continúas provocando al mundo, el mundo va a replicar enérgicamente”; “La imaginación al poder”; “Cuando el dedo muestra la luna, el imbécil mira el dedo”; “Tengo algo que decir, pero no sé qué”; “La perspectiva de gozar mañana nunca me compensará del aburrimiento de hoy”; “El respeto se pierde, no vayáis a rebuscarlo”, y por último, entre las que seguimos recordando, aquella otra que puede ser símbolo claro del levantamiento los jóvenes: “Un hombre no es estúpido o inteligente. Es libre o no lo es”.

Han trascurrido 50 años y sobre nuestras las sienes un largo tiempo más.

Lo dicho al principio de la crónica realizada con recuerdos difusos: “Aquellos jóvenes que fuimos entonces ya no somos los mismos”. También esa visión   pudiera ser un graffiti escrito en la comisura de la piel entre las sensaciones de un sueño cuando un puñado de jóvenes levantó los adoquines de las calles parisinas en contra de la monotonía de la existencia.

No consiguieron mucho, y  aún así,   dieron  el golpe del que brotó una manera de ver la existencia de otra manera muy distintas a partir  de  ese mayo emblemático y febril.

 

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