Inicio > El pizarrón de Fran > El pizarrón Opinión > Pedro R. García: La servidumbre voluntaria que prima en el país duele y lastima…

Pedro R. García: La servidumbre voluntaria que prima en el país duele y lastima…

 

“Una de las transiciones más difíciles escribía Tolstoi el 6 de abril de 1895, es la transición de una vida agradable a una vida buena”. Esa sería, diría Hildebrand, desde lo subjetivamente satisfactorio hacia la esfera de los valores. El mundo de hoy como nunca en toda la historia de la humanidad, se debate por superar el esquema de lo individualmente grato trascender hacia la espiritualidad, sin poder lograrlo en la gran mayoría de los casos”. ¿A quién imputar por este despropósito?

Una acotación necesaria…

No es fácil que bajo el entorno de tribulación, demagogia, violencia criminal, y represión política extrema que padecemos en el país, y que el grueso de los habitantes no poseamos algún elemento que nos pueda hacer confiar en el presidente y en el liderazgo, el que lo requiebra así como los que fungen o fingen ser sus contradictores. Sus discursos no se inscriben en una línea clara y autónoma, y sus últimas arteras y repetitivas propuestas  solo suman angustias en sus acciones precarias. Además, no son sino viejas ofertas que ahora solo revelan que siguen ensanchando el ya vasto margen de confusión que tiene sumergido al país en una especie de servidumbre voluntaria, la cual duele y lastima. No es difícil hablar con o para personas sin mucha o aun ninguna instrucción académica formal. De verdad que la cosa se complica, a medida que se asciende en la escala educativa y social porque el adoctrinamiento es más hondo, de lo que sospechábamos y ha calado en una especie de proceso de autoselección para la obediencia en que consiste buena parte de la educación exigida a la “elite”. “En este momento que advertimos con inquietante expectación como se insiste en implantar en el país una abierta hegemonía, traemos un par de frases de la colación a riesgo de parecer reiterativo in extremo del clásico ensayo de: Étienne de La Boétie (1530-1563), quien durante su corta vida, produjo uno de los textos fundamentales de ontológica reflexión sobre la libertad. “El discurso de la servidumbre voluntaria”, (Barcelona, ed. Tusquets). Su inquietud esencial era desentrañar el porqué los hombre se someten a los tiranos (ahora las más peligrosas simuladas revoluciones disfrazadazas del demos), cuando de unirse, podrían alcanzar rápidamente su autonomía. Nuestra infortunada Venezuela se encuentra ahora en un estado insólito y siniestro. Sus habitantes están asustados, desconfiados, irritados, desilusionados, pesimistas, confundidos, hambrientos, pero un porcentaje todavía  muy alto afirma ser feliz. Lo que se ha convertido es un terreno fértil para los demagogos elocuentes, que pueden (y de hecho lo han conseguido) reunir sostener un apoyo popular sustancial con mensajes que no son ajenos a los de sus “antagonistas” que en circunstancias similares estentoreamente corearon. Harto conocido y sufrido a adónde condujo eso en el pasado y que nos arrea otra vez. Hay una rendija enorme que en el antes fue al menos en parte cubierta por un liderazgo político que atendió a fines y algunos intelectuales demócratas comprometidos que acompañaron a las comunidades personas y organizaciones en general en sus aprietos. Actualmente este tema tiene implicaciones deplorables. Una auto-bautizada y falsificada izquierda en funciones de gobierno, sin una política económica, y una ringlera de derechas sin oferta social. Frente a tanta confusión hay una interpelación que nos acucia ¿que es para nosotros lo bueno? ¿Qué queremos significar cuando decimos que algo es “bueno”? Según John Rawls, “decir de algo que es bueno significa que tiene las propiedades que es racional desear en las cosas de su género” (Teoría de la justicia, VII, 62 p. 448]). Las propiedades que es racional desear. Lo bueno sería entonces para Rawls lo racional, y ¿qué es lo racional? ¡Pues lo bueno, qué otra cosa! Estamos en un círculo vicioso y no hemos definido nada. Ante este intento fallido, podríamos darle la razón como se la han concedido anteriormente a George Edward Moore y, presas de un resignado pesimismo epistemológico, afirmar que lo bueno es indefinible en un sentido comprehensivo y que quizá lo único que podemos hacer para interpretar su significado es observar el comportamiento de la gente que imaginamos buena y sacar a partir de esos datos algunas conclusiones que nos acerquen a nuestro objetivo por una vía extralingüística. ¿Nos resignaremos solo a eso? ¡No! Porque no investigamos la definición o el significado de lo que es un hombre bueno, de lo bueno en general, y del adjetivo “bueno” aplicado a todo tipo de objetos, animados o inanimados, y las definiciones “extensivas” que podríamos extraerse de la observación de la buena conducta que ¿nos hablarán de cargos buenos, de mujeres buenas, de ropas buenas, marcas buenas, autos buenos, de argumentos buenos o de bueno peloteros, de buenos amigos?, (de lo bueno “no moral”). Debemos exigirnos una argumentación que implique la totalidad de lo bueno y que sea comprehensiva, que pueda uno encontrarla suficiente sobre las hojas del mejor diccionario. Y creo que, gracias al doctor Maliand y muy a pesar suyo, me sospecho, acabamos de descubrirla: Bueno es todo aquello que desconflictúa, que tiene la justicia de resolver (no de disolver) conflictos por su intermediación; bueno es todo aquello que, al introducirse en una situación dada, tiende a armonizarla. La única sustancial diferencia que alcanzamos a conjeturar entre lo bueno inerte y lo bueno animado radicaría en que los objetos buenos tienden a zanjar conflictos más o menos superficiales, circunscritos e inmediatos, mientras que cuando la humanidad recae en un organismo vivo y sobre todo en la gente, esta caridad tiende a despejar conflictos más profundos y abarcantes, y cuya resolución tal vez comience a trazarse mucho tiempo después de acaecida esa respuesta al valor propiamente denominada “buena acción”. Así, cuanto más bondadoso sea el accionar, más cantidad de conflictos y de mayor envergadura sociológica resolverá, pero en el largo plazo. El “efecto integridad”  va muchas veces soterrado, y mas de veces queda el que intenta de sincero con la duda respecto de si lo que hizo o dejó de hacer contribuyó en algo a la perfección de los hombres. “Yo no vine a traer paz sino espada”, (Mateo 10:34), dijo Jesús: espada temporal, conflicto (espiritual) porque la paz humana es atemporal, paz que disfrutaremos algún día los cristianos al entregarnos al gran espadachín de la armonía (no lo atemporal burocrático eclesial), que vienen ensayando desde hace dos milenios por exhortación de aquellos que suenan como las trompetas de la soberanía arcaica, aunque estas yeven ahora  cono guinda la sordina posmoderna de las “sociedades complejas” o de la “multilatelaridad”. Y todo ello resulta más preocupante si tenemos en cuenta que, según algunos teóricos, que todavía no han inventado nada con lo que sustituir el Estado de derecho, que ya a Carl Schmitt le parecía en la década de 1920 una momia peligrosa y totalmente pasada de moda. Por eso la idea en el país de abandonar un barco, aunque esté seriamente averiado, antes de tener otro navío medianamente estable al que subirnos, simplemente para lanzarnos a las aguas turbulentas de un cambio radical sin límites ni marco económico, histórico, cultural, jurídico, filosófico, solo resulta alentadora para los aventureros del estado de excepción permanente, y del acechante pretorianismo.

 

  “Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”

 

[email protected]

Te puede interesar
Cargando...

Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Traducción »