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Luis Vicente León: Carta a mis hijos

 

Esta es la carta que escribí a mis hijos cuando todavía no podían entenderla. Esta semana hablé con ellos y siento que ya comienzan a entender. La comparto de nuevo hoy, porque quizás tengo la suerte de que otros venezolanos ahora también la entiendan.

Basta mirar la historia para encontrar la secuencia típica de los modelos intervencionistas. Los promotores siempre comienzan argumentando que es indispensable que el Estado controle todo, incluyendo la vida de la gente, presumiendo que ésta es incapaz de definir su destino. Esa intervención incluye el intento de controlar la mente de la población, lo cual pretenden lograr a través de un clásico del poder: el miedo, tomando en cuenta que si consiguen que la gente tenga miedo de decir terminará teniendo miedo de pensar.

El resultado económico es siempre el mismo: destrucción de capacidad productiva, pulverización de la confianza, desequilibrios económicos graves, deterioro de los servicios públicos y una denigrante dependencia que convierte a todos en mendigos.

Pero hay otra cosa común en este modelo: el ciclo que recorre durante su implementación. Comienzan con el cuento de que hay que intervenir para proteger al pueblo. El cuentacuentos “salvador” es un histrión. Emociona a las masas y les vende un sueño falso. A la vuelta de un tiempo, el país se encuentra lleno de distorsiones. Es el momento de empezar la segunda etapa. Aumentan los controles para resolver los problemas ocasionados por los controles anteriores. La economía se deteriora más y el pueblo se empobrece. Los derechos son restringidos para evitar los riesgos.

La tercera etapa no tarda en llegar. Controlan más e inventan “culpables” de que la crisis no sólo no se resuelva, sino que empeore mucho más: los oligarcas, los empresarios, los imperios, los Gremlins. Y hay que señalarlos, amenazarlos, atacarlos, expropiarlos, destruirlos, apresarlos, exiliarlos. Y cuando nada de eso resuelve el problema, como evidentemente siempre pasa, entonces viene la cuarta etapa en la que se culpan entre ellos. Apresan traidores, que antes fueron grandes símbolos de su revolución y se producen presiones de cambio que vienen desde dentro del mismo monstruo. Y por supuesto, en el ínterin, controlan más.

Pero el verdadero problema para terminar mi historia viene en la quinta etapa, porque es la única que no tiene siempre el mismo desenlace. Lo común en esta etapa es que la economía colapsa, las instituciones son incapaces de atender las necesidades de la gente, se pierde toda capacidad de intermediar conflictos y la única manera que tiene el gobierno para intentar controlar al país es la represión, pero no la pasiva que se ejerce “mostrando” el poder, sino la activa, la que lleva a esos gobiernos a prohibir, a expropiar, a intervenir, a disparar, a apresar y a violentar la propiedad. No importa que sus actos los aíslen, qué más da. Luchan por preservar su poder y harán lo que tengan que hacer. Pero después las posibilidades se abren y ya no podemos proyectar con seguridad. Lo más común es que no logren resistir la presión de cambio y son sustituidos, por las buenas o por las malas. La forma no es una nimiedad, pues de ella dependerá la estabilidad futura del país. Pero hay casos minoritarios en los que se consolida la última fase del primitivismo. Usan la fuerza sin restricción, sin miedo a las violaciones de derechos humanos, que los condenarán por siempre en el futuro. Y esa capacidad represiva logra mantenerlos en el poder por mucho tiempo, que como es usual en el análisis político, no podemos estimar. Ojalá que cuando ustedes lean esto solos, y con interés, sea una historia a la que hayamos puesto todos un final feliz.

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