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Rafael del Naranco: En las tierras del Sur

 

Recuerdo, y tal vez pueda ser cierto – ahora tengo el recuerdo abstraído – que existió un tiempo en que fui caminando muy despacio hacia el Sur sobre cordilleras y conjeturas de los Andes en aquellas tierras americanas en las que he vivido tantos años y  que dejaron rastros cuarteados  de cicatrices  en la piel.

Lo hacía, como todo jovenzuelo ilusionado, al encuentro de Jorge Luís Borges y su obra, pretendiendo saber en qué idioma escribía el ciego de Rivadavia los pesares recónditos de su pueblo.

Un impresor de la calle Lavalle en Buenos Aires,  viéndome perdido y algo estremecido, me apuntaló para calmar el repelente de mi ansia: “En el Sur no hay letras ni palabras, pibe, solamente viento y eternidad”.

No habló de sangre, pero lo intuí.

Esa misma tarde la encontré convertida en dolencia coagulada  en la Plaza de Mayo, frente a “La Casa Rosada”, donde todos los presidentes argentinos adularon y mintieron con saña a su pueblo.

Allí, a la sombra del malva y el añil, el pardo amargo y el gris abatido, un puñado de mujeres rezaba un interminable rosario arrodilladas sobre el césped frente a la llama perpetua  en honor del General San Martín.

Viendo esa escena, comprendí la razón de que Buenos Aires fuera, aún en los momentos más aciagos, “tan eterna como el agua y el aire”.

En un zaguán, una viejecita de ojos hundidos, sin duda entretejidos de sueños, me entregó una hoja de papel humedecido por sus manos sudadas donde se narraban historias aterradoras de niños desaparecidos, mujeres lanzadas al Río de la Plata desde helicópteros y hombres torturados por perros amaestrados que los iban despedazando  con saña.

– Tome. Lleve esta hojarasca  consigo para no hacer la amargura olvido.

Recordé los versos del poeta venezolano  Andrés Eloy Blanco – autor de “Angelitos negros” – donde cuenta cómo a las madres todos los años se les muere un hijo, y creí ver en esa abuela la lobreguez de la loca Luz Caraballo contando con sus deditos ateridos de frío, cada uno de los seres de sus entrañas que se le iban disipando en brumas lechosas.

Bien lo recuerdo ahora al ser ya  tiempo congelado: la ciudad de Buenos Aires tenía esa atardecida la melancolía de una pasión cuando pierde el último tren del amor, es decir, una frustración sin contornos y un  dolor insondable, fijo, allí donde las ilusiones se han truncado y convertido en carcoma

A lo largo de mi peregrinar por esquinas de ciudades de América Latina, he visto mucho dolor comprimido, pero aquellas escenas de hace años en  la Plaza de Mayo siguen hincadas sobre la piel traslúcida del alma.

Fue allí cerca, bajando hacia el barrio San Telmo después de dejar esa calle larga como culebra llamada Belgrano, donde en una librería con olor a alcanfor y menta, hallé  la pequeña obra “Cuentos para leer sin rimel”.

Sentado en el Parque Lezama devoré las páginas a las que vuelvo siempre cuando vislumbro – me sucedió en Barranquilla, Lima, Santo Domingo, Caracas, Puerto Príncipe – la soledad de una madre.

¿Y por qué este ramalazo de recuerdos que si uno los palpa, aún duelen?

Quizás debido a que unas letras sobre una cuartilla no son consuelo para nada, y aún así uno las deposita entre unas manos azulinas de  mujer-madre con la suavidad sensitiva que pudiera contener de  una jaculatoria.

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