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Víctor Maldonado: Colombia en su laberinto

 

Acaba de ganar el candidato Iván Duque, pero no con suficientes votos para evitarse la segunda vuelta. En pocas semanas tendrá que enfrentar el poderío de la izquierda afiliada al socialismo del siglo XXI. No es poca cosa. En Gustavo Petro se concentran todo ese potencial nefasto que ha traído dos décadas de dolor, represión y ruina para nuestro país. Y el dinero de muchos años de actividad guerrillera y negocios ilícitos que seguramente se pondrán a disposición de una nueva versión de la misma tragedia.

La izquierda latinoamericana descubrió con Chávez que podían tomar al poder aprovechándose de las instituciones democráticas y las reglas del juego limpio. Pero una cosa es llegar apalancados por el estado de derecho, y otra muy diferente es gobernar apegados a la ley. La trama ya está cantada y probada con algún éxito en Bolivia, Nicaragua y Ecuador. Una versión mejorada de la rudeza castrista, pero sin alejarse demasiado de la lógica fundamental: apropiarse del poder y ponerlo a disposición de una versión delirante de una ideología atroz.

Petro está en la etapa del lobo disfrazado con piel de cordero. Es la época de las promesas, la unidad, el amor, la compasión con los pobres, la denuncia de la injusticia, el ataque feroz a las instituciones, la promesa de una nueva constitución, el planteamiento de un estado fuerte, interventor, expandido, avalado para redistribuir la propiedad, empoderado para quitarle a los ricos y devolverles a los pobres, comprometido con la paz y la reconciliación, y por supuesto, alejado del capitalismo, los capitalistas y la oligarquía colombiana. En este momento todo puede parecer dirigido a transformar al país en la utopía de la igualdad y la restauración de la justicia. Pero eso dura hasta que lo proclamen presidente.

Al tener el poder de inmediato se despliega el verdadero plan. La implementación de un contubernio del resentimiento para destruir las instituciones burguesas, la demolición del estado de derecho, el derrumbe de la autonomía de los poderes públicos, la degradación de las fuerzas armadas, la renuncia a las relaciones con los países democráticos, la proposición de una nueva geopolítica “multipolar” donde los relegados son las democracias occidentales y los nuevos privilegiados son los otros, los que practican los fundamentalismos militantes, irrespetan los derechos de las gentes y tienen planteados varios tipos de guerra santa contra la cristiandad.

Por supuesto que las zonas rurales recibirán lo suyo. Establecerá zonas de paz, donde ni la policía ni el ejército estarán autorizados para intervenir. Serán las organizaciones comunales las que estarán a cargo. Muy pronto se multiplicarán los secuestros y los delitos contra la propiedad, incluidas las invasiones, que no encontrarán reparo en los organismos de administración de justicia.

En paralelo surgirán colectivos populares, milicias armadas organizadas para proteger la revolución. Si, la revolución, porque más temprano que tarde el gobierno de Petro inventará una épica y se asumirá como líder supremo de su propia gesta. El aplauso y la convalidación de esa narrativa delirante estará a cargo de los corifeos del caribe organizados a través del Alba, que terminará siendo el único mecanismo de integración que use el gobierno. Ya no serán los negocios y la productividad los objetivos esenciales sino “la solidaridad de los pueblos” eufemismo que encubre el latrocinio de los fondos públicos y la corrupción continental.

La frontera funcionará como un aliviadero para las organizaciones de la delincuencia internacional y se potenciará el perfil trasnacional de las guerrillas ahora devenidas en una gran corporación de negocios ilícitos. Para la izquierda revolucionaria todo lo que arruine a occidente es bueno, incluidas las drogas y el terrorismo. La alucinación grancolombiana estará presente como excusa para hacer malos negocios para los colombianos, pero muy buenos para el eje cuyo nodo principal seguirá siendo Cuba.

Ya sabemos que los negocios petroleros privados serán nacionalizados. El estado crecerá a costa de la depredación del sistema de mercado y de buenos negocios privados. Los empresarios honestos se conseguirán muy pronto extorsionados por un intervencionismo obsceno, el incremento grosero de los impuestos y todas las dificultades imaginables para constituir nuevas empresas. Pero no solo será eso. Las carreteras y rutas logísticas serán más peligrosas y no serán extrañas las confiscaciones sediciosas que poco a poco irán agotando la paciencia y el ánimo empresarial. Si alguna vez se instrumentó con éxito una política de seguridad democrática, a partir de ahora será todo lo contrario. El país será balcanizado entre diferentes expresiones revolucionarias cuyo único punto en común será la revolución y su líder, a quien endiosarán para que esa presencia fulgurante les garantice su dominio feudal por muchos años.

En algún momento las fuerzas armadas pasarán a ser un ejército santanderista, petrista, profundamente revolucionario y antimperialista. Ese proceso es sinuoso y lento, pero constante. Primero la división entre los diferentes cuerpos, luego la fusión, en el transcurso se eliminarán los controles legislativos y concomitantemente se incrementará la importancia del comandante en jefe y presidente de la república. Las chaquetas de camuflaje serán parte de la simbiosis, para hacer pasar al civil por un comandante militar. Toda esta capacidad mimética y camaleónica será debidamente acompañada por una apropiada rectificación histórica. Algunos héroes caerán mientras que otros serán ensalzados, dependiendo de cuál personaje se ajusta más a la neo-épica socialista. Lo mismo harán con las iglesias, a las que fragmentarán entre socialistas e impostoras, ya que Jesús fue revolucionario, así como Bolívar el padre de la gran nación anfictiónica.

Una asamblea constituyente será objeto de un rápido plebiscito, aprovechando la luna de miel de los primeros cien días. Excusas sobrarán, pero se pondrá de relieve el agotamiento de la vieja política, los años perdidos en manos de la oligarquía, la necesidad de romper todas las amarras que impiden la felicidad del pueblo, y el objetivo supremo de darle pleno sentido a la paz. No se puede despreciar el papel que en toda esta trama tienen los intelectuales orgánicos y las clases medias resentidas. Todos ellos serán pasto de la oferta de revolcar al país y de castigar a los impíos cuyo proyecto histórico era el saqueo de las riquezas del país.

La mentira será el signo de los tiempos de la revolución Petrista. La verdad será relativizada y subordinada a los intereses supremos de la revolución. Mentira y destruccionismo, o mejor dicho, la difamación constante como arma de destrucción de todo lo establecido será usado como parte del esfuerzo de construir una hegemonía comunicacional desde donde tomarán ventaja contra todos sus adversarios o contendores. Petro ya comenzó en su discurso de aceptación de los resultados de la primera vuelta. Dijo literalmente que “son dos largas historias que vienen de muy atrás. Es una historia que ha marcado a Colombia con la desigualdad, violencia, autoritarismo y exclusión de las minorías…”. Esa es la marca de origen del socialismo del siglo XXI. Un discurso grandilocuente pero falsario, aprovechado, removedor de los peores imaginarios latinoamericanos, falaz y equívoco en las relaciones causales que plantea, y por supuesto, muy peligroso.

Los socialismos del siglo XXI en cualquiera de sus versiones son elíxires inútiles. No resuelven los problemas que denuncian, pero crean otros. No sanan a la sociedad, la intoxican y la enferman. El populismo marxista se vale del gasto público creciente, desordenado y sin respaldo para lubricar la etapa de decisiones trascendentales. Dependiendo de cada país, estos tramos se recorren más rápido o más lento, pero al final el resultado es la inflación, la escasez, la violencia, la ruina social, la debacle de los servicios públicos, el deterioro de los derechos de propiedad, la censura y el cierre de los medios de comunicación libres, la persecución de la disidencia y una vivencia en donde el miedo se alterna con el terror. El circo socialista tiene alegres payasos en la entrada, es animado por ilusionistas y magos, pero las salidas están obstaculizadas por fieras hambrientas de sangre y de libertad.

Ningún pueblo aprende de las experiencias ajenas. Además, cada circunstancia es inédita. Cuando los venezolanos visitábamos a la disidencia cubana, ellos tempranamente advirtieron los peligros que significaban ese acercamiento tan animoso entre Fidel y Chávez. No hubo un solo venezolano, y yo me incluyo, que presintió el riesgo. Todo lo contrario, con una jactancia que encubría un profundo desprecio, respondíamos que nosotros no éramos una isla, que Venezuela era diferente. Cuando hemos tenido la oportunidad de conversar con los fraternos colombianos, la respuesta es similar. Dicen que Colombia no es Venezuela. Ojalá, porque a nosotros, víctimas indefensas del socialismo del siglo XXI, lo único que podría empeorar lo que ya es oprobioso sería tener una Colombia gravitando alrededor de un único proyecto totalitario.

No hay otro antídoto que el más estricto sentido de realidad. Hay que evitar a toda costa la más mínima posibilidad de una entente chavista entre el Petrismo y el régimen Diosdado-Madurista. Eso significa votar por Iván Duque, ahora que todavía es posible cerrarle el paso a la conjura. El foco en la realidad también debería inmunizar a los colombianos de creer cualquier oferta alucinógena y almibarada de reivindicación, igualdad, rectificación histórica y justicia. Detrás de todas esas palabrerías se encuentra un ansia voraz de poder total que es capaz de acabar con la paz, el progreso y la prosperidad que mediante el trabajo productivo han logrado los colombianos.

La historia no tiene fin. Problemas, déficit y errores son el signo de lo humano. No es el momento de juzgar las alternativas al socialismo con exigencias preciosistas. Algunos pretenden votar a favor de la utopía aun sabiendo que los sueños, sueños son. El resentimiento y la envidia son vicios capaces de provocar exterminio y desolación, y estamos seguros de que esas son las emociones que están detrás de la oferta de Petro. Ojalá los colombianos no se permitan caer en esas tentaciones. El mundo funciona con otras reglas, las del mercado y las de los gobiernos prudentes y contenidos, que no ofrecen el paraíso aquí en la tierra, pero que garantizan un futuro sin complejos ni falsas facturas, con progreso y libertad para todos.

Ojalá que no tengamos que vivir con tristeza y sin remedio la esencia de ese bello poema de León de Greiff:

Y el tiempo he perdido

y he perdido el viaje…

Ni sé adónde he ido…

por ver el paisaje

en ocres,

desteñido,

y por ver el crepúsculo de fuego!

Pudiendo haber mirado el escondido

jardín que hay en mis ámbitos mediocres!

o mirado sin ver: taimado juego,

buido ardid, sutil estratagema, del Sordo, el Frío, el Ciego.

Dios quiera que Colombia no pierda ni el tiempo ni postergue el viaje hacia lo que queda de siglo.

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