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José Ángel Borrego: El cambio del Poder

 

A principios de los noventa, como colofón de una trilogía de libros, Alvin Toffler escribió una obra con el nombre de nuestro título, posterior a la publicación de El “shock” del Futuro y La Tercera Ola que disfrutaron millones de lectores en todo el mundo por lo prolijo del contenido de cada una y en especial de la última, referida a los cambios que Toffler predijo para el siglo XXI. Una frase se hizo inolvidable en aquél análisis: “Un cambio de poder no es una mera transferencia del mismo, sino una transformación”. Pero pareciera que pese  a esa advertencia los protagonistas del poder no han comprendido la inter-complejidad de sus propias actuaciones.

Uno de los puntos neurálgicos de la argumentación de Toffler expone el proceso de desintegración que observaría el mundo en sus diversos polos geográficos. Ya había predicho el autor la estrepitosa caída de la Unión Soviética, exhausto su modelo y huérfano de tecnología que debía buscar afanosamente en su principal antagonista en la Guerra Fría: Estados Unidos. Pero a la desintegración no escaparía nadie y así ha sucedido. En algunos puntos más devastadora, pero ninguno escapa a la acción desintegradora de espacios icónicos dentro de su estructura de poder. Y cada día se observan capítulos como la impulsiva arremetida fiscal de Trump contra sus aliados.

Sin embargo, pese a resquebrajamientos visibles las naciones del primer mundo se adaptan a sus inflexiones y superan las afecciones. Pero se impide una integración más sólida hacia una Agenda Social Global en donde los poderosos puedan socorrer al Tercer Mundo, no con dádivas volátiles, sino con programas que impulsen sus desarrollos en especial en las áreas alimentarias. Sembrar y criar no es un secreto para esas naciones pero lo sigue siendo para las nuestras. En lugar de avanzar, en el Caso Venezuela se observa un retroceso que según estudiosos estadísticos nos hunden a épocas superadas y muy pretéritas, gracias al yerro gubernamental.

Hacemos acopio de estos conceptos porque no aflora comportamiento alguno en la dirigencia oficial y política en general que nos permita confiar en sus propósitos. No hay vocación hacia la transformación sino en el solo cambio del poder que detenta uno por el poder que ambiciona el otro. Y mientras no surja esa doctrina para esquematizar los parámetros que transformen al país en una entidad productiva por convencimiento y no por apremio, la gente no comprará la tesis discursiva de los artífices del desastre y de la desintegración venezolana, que no son otros distintos a quienes impúdicamente se escudan en jerigonzas necias y paupérrimas.

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