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Alberto Barrera Tyszka: El espectáculo de la libertad

 

Toma este tuit del canciller Jorge Arreaza. Todavía está algo tibio. Apenas lo publicó ayer sábado: “Como gesto magnánimo del Pdte @NicolasMaduro, la Comisión de la Verdad y Justicia comienza liberaciones de procesados por evidentes delitos de violencia política. Un aporte enorme de la Revolución Bolivariana por la Paz. Ojalá así lo asuma la oposición dentro y fuera del país”.

Tómalo y extiéndelo lentamente sobre la mesa. Alisa sus pliegues, recorre cada palabra, manoséala, ponla a sonar varias veces, deja que repique. Tratemos de entender a los poderosos ¿Cómo nos está hablando ahora la oligarquía? ¿Cuál es su mensaje? ¿Qué están tratando de decirnos?

Lo primero, sin duda, es lo del “gesto magnánimo”. Un gesto no es necesariamente una acción decidida. Puede ser también una mueca, un ademán derramado, con alguna intencionalidad, pero también con cierta displicencia. Un gesto siempre es más ambiguo que un movimiento directo. Pero el adjetivo le otorga otro resplandor: Se trata de un gesto magnánimo. Sospecho que el canciller no usa esa palabra con frecuencia. Es grandilocuente y dominguera. Su significado además alude a la benevolencia, a la clemencia, de Nicolás Maduro: ¿Nos habla del mismo Nicolás Maduro que bailaba salsa, mientras los soldados reprimían de manera sangrienta a la gente que marchaba en las calles?

¿A qué se refiere en concreto? ¿Qué pretende decirnos el canciller? Que la libertad de algunos presos políticos – muchos de ellos retenidos sin juicio dentro de las cárceles, otros juzgados de manera ilegal por tribunales militares, otros todavía prisioneros aun contando con órdenes de excarcelación – solo es una generosidad del poder; que la libertad de los ciudadanos depende, en el fondo, de la condescendencia de las élites, de un rapto de desprendimiento del presidente. Es una exhibición distinta del tema: La libertad presentada, no como un derecho legítimo, sino como una dádiva, como una piadosa concesión de la clase dominante, de la casta.

Continuemos con el tuit. Lo que sigue es la formulación de la “Comisión de la Verdad y Justicia”, como sujeto del saber y del poder a la hora de otorgar la libertad a “procesados por evidentes delitos de violencia política”. Cuando, a partir de las elecciones del 2015, la diversidad política comenzó a tener capacidad de movimiento y la posibilidad de convocar a un referendo revocatorio, el oficialismo decidió sustituir definitivamente la democracia por su propia representación de la democracia.

Por eso, existe la Asamblea Nacional Constituyente. Para liquidar definitivamente la ciudadanía. Para imponer la democracia en estado de apariencia. Es otra versión del espectáculo. El mismo cogollo del partido de gobierno simulando ahora que es una comisión independiente, una nueva e impoluta expresión original del pueblo, que puede decidir el perdón sobre crímenes prefabricados por el mismo partido. Las acusaciones oficiales son, en la gran mayoría de los casos, insostenibles. ¿O piensa el canciller que Juan Pedro Lares, detenido por ser hijo del ex alcalde Omar Lares, cometió un evidente delito de violencia política? ¿Piensa en verdad Jorge Arreaza que los cuatro adolescentes que estaban presos en El Helicoide también habían cometido evidentes delitos de violencia política? ¿Y la cosmetóloga Carmen Alicia Gutiérrez? ¿Y la cocinera y profesora de educación especial Brigitte Herrada? ¿Y María Uzcátegui? ¿Todas ellas, todas y todos los demás, también son criminales probados, peligrosos terroristas, culpables de evidentes delitos de violencia política?

Se necesita algo más que un tuit para enfrentar todos los informes y denuncias de violación de derechos humanos, abusos y torturas, en contra de la salvaje represión ejercida por el gobierno venezolano en los últimos años.

Pero Arreaza también escribe sobre la paz. No para debatir sobre las masacres perpetradas por las OLP, por ejemplo. No para analizar la violencia institucional de un Estado que ha convertido el sistema de salud en una experiencia criminal. No. Nuevamente: El canciller no quiere hablar de la paz, sino del espectáculo de la paz. Y sigue entonces, su libreto y señala que este gesto magnánimo debe ser valorado como se merece, dentro y fuera del país, recalca. Sobre todo fuera del país. La aclaratoria lo delata. Pero es el cierre necesario de la función. Hay que invocar una noble causa y apelar a la buena fe de la audiencia. Arreaza sale al escenario, pone su mejor cara de misionero discreto, confiesa que ahora andan en plan de paz, y de inmediato, saca la cesta para iniciar la colecta: No sean ingratos, quítennos ya las sanciones, apruébennos, reconózcannos. Nosotros somos los buenos.

La revolución es una fábrica de mayúsculas. Altera todo el tiempo sus propias palabras. Las dota de un brillo que no tienen. Las amplifica, las distorsiona. Su estrategia también se basa en ese principio: Someternos a su lenguaje. Por supuesto, que es magnífico que alguna de la gente, detenida injustamente, salga por fin de la cárcel y pueda regresar a su casa. Es una extraordinaria noticia. Pero eso no hace mejor al poder. No lo exime. Sobre todo porque pareciera que solo estamos ante un arrebato de tolerancia y no ante un acuerdo, ante una negociación. El poder sigue manejándose a su antojo, decidiendo quién sale y quién se queda, eligiendo a sus reos, dentro o fuera de los penales. Que los presos políticos salgan de las cárceles no libera al gobierno del delito de haberlos detenido. Ni siquiera garantiza que no pueda volver a detenerlos en cualquier momento. No. El mensaje es otro. No estar en la cárcel es algo excepcional. Depende de un episodio aleatorio de bondad, de un inesperado ataque de tolerancia. Valórenlo bien. Eso parece decir el Canciller en su tuit. De eso justamente habla. No de la libertad, sino del espectáculo de la libertad.

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