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Rafael del Naranco: El ciego que más veía

 

El ciego visionario de la calle Maipú de esa ciudad porteña reflejada prematuramente en “Fervor de Buenos Aires”, ha compartido con mi persona una especie de complicidad, aún más curiosa cuando él no creía en la reencarnación y negaba cualquier existencia después de la muerte.

Igual a Schopenhauer, vivía solamente el presente.

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, orgulloso de una abuela inglesa protestante de nombre Frances Haslam Arnet, con la cual, desde muy niño, hablaba la lengua de Oxford, mientras el resto de la saga materna y paterna repleta de militares y guerreros, se enfrascaba en luchas civiles intentado organizar un país llamado, aún hoy y después de tantos avatares, Argentina, es un personaje de sus propios relatos.

Lo que escribió y ha sido publicado,  lo tengo en la biblioteca, antes en la calle Chacaíto de Caracas y ahora en la ciudad mediterránea de Valencia; igualmente entrevistas, ensayos y criticas sobre su obras. Y debido a esa cognición, hablo con Borges como otros lo hacen con la pasión amada, es decir, entre penumbras y cuartos de hotel.

No era  valiente el autor de los senderos que se bifurcan, pero  sentía  verdadera pasión por los tigres y miedo de los espejos cóncavos.

Bebía solamente una taza tras otra de mate.  Rechazaba el té y las infusiones de manzanilla como algo ajeno a su esencia rioplatense. Un día lo expuso:

“Tomar mate, para mí, es la forma de sentirme criollo viejo”. Se lo decía a Adolfo Bioy Casares mientras paseaban por San Telmo.

El autor de “El informe de Brodie” le tomó por el brazo, caminaron despacio hacia un inclinado sauce y comenzaron a contarse historias  inmortales y apócrifas.

– Mira Adolfo, si pudiera  vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico.

Se miran y  sonríen.

– Es más, en  un mundo donde casi todo parece estar consagrado a la gravedad de la situación, yo me levantaría a glorificar la liviandad del entorno. Porque estoy de acuerdo con Will Durant quien dijo: “La alegría es más sabia que la sabiduría”.

Borges camina hacia la orilla del Río de la Plata, cauce ancho como el mar; Adolfo lo sigue. La bruma los envuelve en celaje, música y baladas. Ernesto Sábato, inmóvil en el zaguán de una esquina, los mira con nostalgia partir y les grita:

“¡Pronto os alcanzaré, muchachos!”.

– No tengas prisa pibe, te esperamos, le dicen Borges y Bioy al unísono.

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