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Cedrizuela, el barrio de Bogotá donde los venezolanos luchan contra la xenofobia

 

“Mira, venezolana, mañana habrá un bus aquí para regresarlos a todos”. Eso le dijo a Norka Castro el propietario de la farmacia a la que llevaba más de un año yendo, cada mes, a pagar los servicios de su casa. Prefirió hacer caso omiso, pero sabe que desde hace aproximadamente un año los colombianos “la ponen más difícil”. Ese no es ni el primero ni el último caso de xenofobia que se presenta en Colombia. Las acciones van desde amenazas hasta negarles trabajo o un arrendamiento de vivienda, e incluso ataques con bombas molotov.

Adriana Chica / InfoBae

Por ejemplo, hace pocas semanas, un audio amenazante comenzó a circular en Subachoque, Cundinamarca, luego de que se presentara un feminicidio cometido por un venezolano a su pareja, a quien acusaba de infidelidad; la asesinó a ella y se suicidó él. “Este es un ultimátum para los venezolanos. Tienen dos semanas para retirarse (…) Daremos muerte a cada uno de los que se encuentren en Subachoque, trabajen o no, roben o no. No los queremos más, fuera de aquí”, se escuchaba.

Maltrato y abuso laboral, acoso sexual, tráfico de menores en red de trata e incluso para reclutamiento forzado por grupos armados son otras acciones a las que se enfrentan más de la mitad de los 800.000 venezolanos que ingresan regular o irregularmente al país. Ya lo ha advertido la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur): “Nos reportan que apenas le sienten el acento tienen dificultades para arrendar y así tengan el permiso especial de permanencia tienen problemas frente al trabajo”, dijo su vocera oficial, Rocío Castañeda.

Eso lo conoce bien Norka. Hace cuatro años su esposo fue trasladado a Colombia por la empresa donde laboraba en Caracas, que cerró su sede en Venezuela obligada por la crisis. Le tocó empacar sus cosas, renunciar a su trabajo, dejar a su familia y cambiar de rutina, sin pensarlo mucho. “Allá no hay futuro para los chamos (hijos), pero comenzar de nuevo, con 40 años, en otro país y con familia, no es fácil”, expresa.

Llegó a Cedritos, alentada por varios amigos que se habían venido antes. Ese barrio tradicional de Bogotá, de estrato medio, ha recibido a cientos de venezolanos, por eso fue apodado Cedrizuela. “Hemos formado una colonia para sentirnos en Venezuela, se parece mucho a Altamira, un lugar de Caracas. Llegar aquí con tantos panas es más amable”, confiesa Norka, quien después de buscar trabajo por un año y laborar en una agencia inmobiliaria, montó un negocio de productos exportados desde Venezuela, que allá ya no se venden por la alta inflación.

Su tienda, Antójate, está ubicada en uno de los locales del centro comercial Futuro 140, en la calle principal del barrio. Son más de 15 negocios emprendidos por venezolanos los que se han tomado cada cuadra de Cedritos. Y ese lugar se convirtió en su punto de encuentro, sin intención. Cada semana, por ejemplo, se reúnen en el restaurante de comida típica de Venezuela, Entre Panas y Parceros, que realiza espectáculos con artistas connacionales.

“Así podemos estar cerca de nuestra cultura, y conocernos para ayudarnos. Porque llegan muchos venezolanos buscando empleo, vivienda, colegios para los niños”, explica Norka. Ella y otros emprendedores venezolanos de Futuro 140 recuerdan el drama detrás de la migración masiva. El desabastecimiento de alimentos, medicamentos e insumos médicos, y la violencia desmedida ha obligado a muchos a abandonar su país, incluso sin quererlo.

“Los delitos los cometen por igual venezolanos o colombianos, pero por el flujo masivo, cuando lo realiza un venezolano los medios hacen énfasis en su nacionalidad. Eso hace que se generalice y nos metan a todos en la misma cochada. Lo que no entienden es que muchas personas llegan con grandes necesidades, con hambre, con sus familias pasando trabajo en Venezuela, y aquí no es fácil conseguir trabajo, entonces terminan delinquiendo. No es una justificación, pero detrás de cada persona hay un contexto y un drama individual”, afirma Alejandro Méndez, otro caraqueño residente en Cedritos, que realiza talleres y campañas con Acnur contra la xenofobia.

Las denuncias por xenofobia han alertado a las autoridades, pues saben que lo que comienza como un rechazo, discriminación y miedo, pronto puede convertirse en violencia. En Cúcuta, fronterizo con Venezuela, ya se ha presentado. Una bomba molotov fue arrojada a un grupo de venezolanos en un coliseo, nadie resultó herido, pero ese día los ciudadanos realizaron marchas para pedir el cierre del paso.

“No compartimos esa clase de manifestaciones y volantes que se están dando en algunas regiones del país. En primer lugar, tenemos que entender que este es un fenómeno que se viene presentando en todo el territorio nacional y en varios países de la región. Y no podemos olvidar que anteriormente la migración era contraria, de colombianos viajando a otros países, entre ellos, Venezuela”, recordó en su momento Cristián Kruger, director de Migración Colombia.

Y es que desde 1950, Venezuela se convirtió en el país receptor de mano de obra colombiana calificada, no calificada y campesina, porque la bonanza petrolera generó un aumento de 250% de ingresos fiscales y de empleo. Luego, en los años 80 los carteles del narcotráfico, y desde el 2002 el conflicto armado, obligaron a muchos nacionales a huir de la violencia. Más de 2,5 millones de colombianos cruzaron la frontera en busca de mejores condiciones de vida.

“Venezuela siempre ha sido sede de migrantes, en las guerras mundiales para los europeos y en las dictaduras y guerras latinoamericanas para los latinos. Lo que pasa, es que nos preocupamos mucho por conseguir vivienda y trabajo, pero poco por entender la cultura a donde llegamos, y el contexto social de cada país. Los venezolanos no sabemos migrar, nunca lo hicimos hasta ahora”, expone Méndez.

Por eso nació Cedrizuela -dice Alejandro- para guiar y asesorar a los venezolanos que llegan a Bogotá, y para dar a conocer la cultura venezolana entre los colombianos, y así, quizás, acercar a ambas culturas para fortalecer un tejido social en el que la convivencia sea mejor para todos.

Cedrizuela

Hace dos años, Alejandro Méndez decidió seguir al resto de su familia y abandonar a su natal Caracas definitivamente. Llegó a Cedritos, donde viven sus padres, hermanos, cuñados y suegros; junto a su esposa Faviola Rivero y sus dos hijos de 8 y 4 años, porque las cosas “se complicaban cada vez más”. “Vinimos a darle un futuro a nuestros hijos, porque en Venezuela ya no se vive con calidad, se sobrevive”, comenta.

Pese a que vivían en un barrio estrato 6 en la capital, tenían un año sin gas en su apartamento. Y el agua llegaba dos veces por día, durante dos horas. “Hacíamos todo corriendo, yo bañaba a los niños y él lavaba los platos. ¿La ropa? Ni pensarlo, tocaba ir a donde unos amigos”, cuenta Faviola. Nunca les faltó comida porque la compraban en cantidades. Cuando llegaba la carne, la harina o el azúcar compraban varios kilos de cada una, porque podían durar meses sin volver.

“Yo que trabajaba en radio y debía estar en la emisora a las cinco de la mañana, si no hubiera tenido carro no llegaba. En la madrugada y en la noche no hay servicio de transporte público de ningún tipo por la inseguridad. No podíamos llevar a los niños a parques públicos, era un robo seguro. Y los carros eran poralizados para que no se viera desde afuera qué había dentro, porque te rompían el vidrio. Aun así, no se podía usar el celular en el carro”, agrega Alejandro.

La llegada a Bogotá, como para el resto, no fue fácil. Dejaron atrás sus trabajos y sus sueños. Alejandro, un reconocido locutor que dirigía uno de los programas radiales de la mañana más escuchados; y Faviola, una economista con máster en Comercio Exterior, que era jefa de ventas de una empresa de exportaciones. Pero prefirieron “sacrificarse” por sus hijos.

“La situación ya es bastante complicada, pero con la perpetuación en el poder de Maduro, porque no es una reelección cuando todas las instituciones están a su favor, lo hará mucho peor. Venezuela no tiene futuro, tristemente hay que admitirlo”, afirma Alejandro. Como él, la comunidad venezolana en Cedritos se puso de acuerdo para no votar en las pasadas elecciones, como lo pidió una campaña de la oposición.

De todas formas, Faviola tuvo que hacer “catarsis” por su nueva situación, y así nació Cedrizuela hace dos años, desde su llegada. Primero en Facebook e Instagram, y luego con una página web. Las plataformas sirven de portales informativos para quienes apenas migran hacia Colombia, más específicamente a Bogotá. “Nadie te dice que aquí, en un mismo día, llueve, hace sol y mucho frío, o que las salchichas vienen recubiertas de una bolsita plástica”, expresa.

A Cedrizuela la han posicionado como una guía, donde publican recomendaciones, noticias de interés, empleos y arrendamientos de vivienda y dan publicidad a negocios de venezolanos de forma gratuita. Los contenidos los realizan entre los dos, con algunas colaboraciones esporádicas y con alianzas con medios venezolanos como El Nacional. Pero son autofinanciados, sacan de sus bolsillos para mantenerla.

“A nadie le dicen que tienen que adaptarse a una cultura completamente diferente a la suya. Por ejemplo, allá se trabaja en un horario más flexible y los fines de semana son de descanso, aquí la jornada laboral va hasta los sábados, algunos días hasta la 8 o 9 de la noche. Entonces, los venezolanos que llegan a trabajar creen que los están explotando, pero es igual con los colombianos”, manifiesta Alejandro.

El objetivo de Cedrizuela es precisamente ese, ayudar a los venezolanos a adaptarse a su nueva realidad, y servir de guía para que su llegada sea lo menos dura posible. Tienen alianzas con Acnur para prevenir la xenofobia que, dicen, también es promovida muchas veces por los venezolanos, sin intención. Y son apoyados por asociaciones y fundaciones con las que se ayudan mutuamente, recogen medicinas y alimentos para enviar a las regiones más afectadas en Venezuela.

Pero la intención es también hacer el diario de los venezolanos más llevadero. Para eso, a su manera, tratan de dar a conocer su cultura a los colombianos, esperan disminuir así las acciones de xenofobia. Con ese objetivo en mente, en diciembre pasado organizaron el ‘Tour de la arepa’. Por dos semanas, en 25 restaurantes de venezolanos en toda Bogotá, se vendían dos arepas rellenas por 10 mil pesos (3,5 dólares).

La idea era incentivar y dar a conocer los negocios de nacionales de Venezuela, a la vez que mostraban a los colombianos una de las comidas típicas de su país, para acercarlos a sus costumbres y cultura. La campaña fue todo un éxito, más de 3.000 comensales estuvieron en los restaurantes.

Este año volverán a realizar el Tour. Pero antes, están terminando de acomodar los equipos que compraron para la nueva emisora Cedrizuela, que al igual que la página, contará con noticias de actualidad, publicidad de emprendimientos, casos de éxito para animar a los venezolanos a crear negocio, e historias de vida para buscar ayudas a los que lo necesiten y comprensión entre los colombianos.

“Todos venimos con el ánimo de brindar un futuro a nuestros hijos, no para acaparar a esta sociedad o para hacer maldades. Queremos vivir en convivencia y ayudar a Colombia a ser un país cada vez mejor. Nos disculpamos por los delitos que cometen muchos, pero la mayoría no somos así, somos gente honesta. Faviola y yo estamos agradecidos con el país, porque nos brindaron la oportunidad de empezar de nuevo”, concluye Alejandro.

 

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